EL PRINCIPIO DEL FINAL

Crítica: así es "Manon", la obra con la que Riccetto empezó a despedirse del público

La primera bailarina estrenó anoche el último título de su carrera, interpretando un personaje tan rico en términos dancísticos como teatrales

Manon
Manon, un espectáculo imperdible para el público de la danza. Foto: Amalia Pedreiras

Anoche se estrenó Manon, título con el que María Noel Riccetto cerrará su carrera, el día que haga la última función, el sábado 28. Y realmente el espectáculo tiene muchos filones para deslumbrar al público de la danza, y para hacer lucir a la primera bailarina uruguaya, cuya ausencia se va a extrañar, lógicamente. El gran pilar sobre el que se afirma la hermosa escenificación es la coreografía del escocés Kenneth MacMillan (1929-1992), artista que revolucionó la danza clásica de su tiempo, a través de varios elementos, que se expresan con claridad en este montaje que ahora ofrece el BNS.

La profundidad psicológica del argumento y los personajes, la atención hacia los conflictos sociales, y cruda exposición la pobreza, son aspectos que distinguen la obra de este notable creador. Y en el terreno netamente dancístico, ofrece una potente conjunción entre el lenguaje clásico y formas más experimentales, dando como resultado una coreografía impresionante, llena de sorpresas. Esto último fue aprovechado anoche por Riccetto, pero también por sus compañeros de escenario, para brindar un espectáculo exquisito, que hará que el BNS pueda cerrar esta temporada 2019 todo por lo alto.

Desde el papel de Manon, Riccetto pudo en la función de estreno mostrar muchas de sus capacidades, y exhibir que cerrará su carrera de bailarina en un estado físico y en un punto artístico admirables. En dos horas y media de espectáculo, la artista recorre el enorme arco que le demanda su personaje, desde la jovencita locamente enamorada, pasando por la mujer que se deja seducir por el lujo a cambio de ofrecer su belleza, hasta la caída, la miseria y la muerte. El papel es difícil, y la artista lo maneja con su habitual soltura, naturalidad y parsimonia, rasgos que conserva incluso en las muchas situaciones aéreas, en las que ella alcanza un brillo especial.

La obra, entre coreografías muy variadas (unas bien simbólicas, otras de corte naturalista, otras de tono cómico, otras dramáticas), tiene un pie en la Francia de inicios del siglo XVIII, y el otro en la cruel realidad de hoy. Fiel a su estilo, la bailarina ofreció no solamente muy buen ballet, sino una interpretación teatral que el público pareció disfrutar también mucho. Sin abandonar en ningún momento su personaje, ni por un instante. La sincronía con la música, hasta en el menor detalle, es otro de los factores que dieron excelencia al resultado.

Afortunadamente (aunque no por casualidad), en la función de estreno Riccetto se vio rodeada de dos de los grandes bailarines que la han acompañado en este último tramo de su carrera como coprotagonistas. Ciro Tamayo (el favorito del público, merecidamente) y Gustavo Carvalho tuvieron ayer muy solventes desempeños, en el marco de un conjunto de primeras figuras notable. Tamayo, además de su flexibilidad asombrosa, brindó una composición muy disfrutable, jugando con pinceladas de soberbia y de maldad. Y con escenas de corte farsesco que el público se encargó de hacer notar su aprobación.

La última escena, de marcado entorno onírico, pero a la vez muy realista, y de coreografía maravillosa, cerró el espectáculo magistralmente. La serie de escenografías es fantástica, de colores muy bien matizados, así como el vestuario, del que el espectador seguramente no podrá abarcar su variedad y detalles. La Orquesta Sinfónica del Sodre hizo lo que tenía que hacer, redondeando una velada artística de altísimo nivel. El espectáculo será recordado sin duda como un hito, y también como el cierre de una etapa del BNS.

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