Entrevista con Cristian Amacoria

"No hacía comedia por preconcepto"

En verano alternaba las presentaciones de Zíngaros con los ensayos de dos obras, una que lo llevó a los escenarios con tres grandes de la comedia uruguaya dirigida por Gerardo Begérez, otra que narra una historia de amor del siglo XXI. En entrevista con El País habló sobre las propuestas.

Cristian Amacoria. Foto: Marcelo Bonjour
Cristian Amacoria. Foto: Marcelo Bonjour

—Miércoles y jueves sos Alex en Smiley y los fines de semana sos Javier Pastor en Tres, ¿cómo vivís el pasar de un personaje a otro?

—Es un ejercicio precioso desdoblarse todo el tiempo. Son personajes absolutamente distintos y eso está de más. Llega un punto en el que estás como en un viaje y fue así desde los ensayos, porque venía de tener cinco o seis tablados por noche en carnaval y de mañana a ensayar para una y a la tarde la otra. Puede ser un poco caótico, pero llega un momento en el que te acostumbrás y es divertido.

—¿Qué te atrapa de estos personajes?

—El de Smiley me encanta porque a primera vista puede parecer que es el típico estereotipo del flaco que le gusta hacer fierro, pero tiene una fibra mucho más profunda, una fragilidad muy grande y para mí trabajar eso es alucinante.

—¿Y en Tres?

—Javier es un poco más predecible, pero estar en escena con Graciela Rodríguez, Silvia Novarese y Virginia Méndez, que de verdad son grosas, y trabajar en clave de comedia con ellas es un disfrute.

—Son figuras de la comedia uruguaya, habrás aprendido mucho ...

—Sí, obvio. Sobre todo cómo manejan los tiempos, porque en la comedia eso es fundamental. Está todo bien con actuar y llevar bien el personaje, pero es todo tac tac tac y el chiste tiene que entrar justito. Ellas lo manejan muy bien porque son comediantes de toda la vida.

—¿Cómo te sentís con la comedia?

—Bien. Igual no me quiero encasillar, empecé ahora a hacer comedia y es un género alucinante, se puede decir una cantidad de cosas y entra a la cabeza de una manera distinta que con otros géneros. Estás dispuesto a reírte y de repente te enfrentás con algo que es muy interesante, con una reflexión.

—La comedia es un género bastardeado a veces, ¿lo has sentido?

—Tengo que confesar que no hacía comedia el preconcepto que tenía. El actor de comedia no es tan respetado como el de teatro más convencional y la verdad que no sé por qué, nada que ver, el actor de comedia tiene que tener una inteligencia brutal, lo del tiempo, por ejemplo, para mí es increíble.

—¿Cómo cambiaste tu perspectiva?

—El carnaval, el parodismo, me sirvió mucho para entender que con el humor la gente está dispuesta a recibir el arte desde otro lugar. Para mí la clave para que una comedia sea buena es la inteligencia en el texto, ahí está todo servido. Es como el mundo de las series hoy en día, hay mucha oferta, pero las más inteligentes tienen más llegada.

—¿Qué más te ha dado el carnaval?

—Más allá del trabajo de la voz y la energía, una de las cosas que me sensibilizó más fue la llegada al barrio. Es hermoso para un actor frecuentar otro tipo de público. Muchas veces sucede en el teatro que la gente está muy habituada y se transforma un poco en crítico también, está en una postura más resistente. El público de carnaval no, es abierto, responde inmediatamente, si le gusta se ríe, larga la carcajada y no le importa nada. No tiene el código del hombre culto que tiene que ser recatado. Pero también es un público que necesita contenidos y no le llegan más allá de febrero. Creo que el teatro está en debe.

—¿Qué tendría que hacer el teatro para llegar?

—Yo amo el teatro, ante todo soy actor de teatro y jamás lo renegaría, pero se ha intelectualizado mucho, y al entrar en ideas tan grandes la gente común, como lo soy yo, nos perdemos y no entendemos. La gente quiere pasarla bien. Si vos empezás a enredarla mucho, la gente se pierde y no le interesa. Desde ahí se tendría que trabajar diferente.

Cristian Amacoria y Nicolás Pereyra son pareja en la ficción
Cristian Amacoria y Nicolás Pereyra son pareja en la ficción "Smiley". Foto: difusión

Smiley es una obra con una historia muy actual, ¿ves que llegue más?

—Para mí sí. Trata sobre el amor, pero además está atravesado por las redes, por estas aplicaciones para cita. Miro a mi alrededor y todo el mundo ha curtido Tinder o se lo ha hecho por curiosidad a ver qué onda. Uno alguna vez se enamoró y también alguna vez le clavaron un visto o no le contestaron un mensaje. Tiene que ver con el hoy y con el mundo virtual, que cada vez está más aceptado, y con ese jugar a ser distinto.

—¿Todavía es revolucionario llevar una pareja gay al escenario?

—No creo que sea revolucionario porque hoy, aunque falta mucho, está cada vez más aceptado. Pero esta obra me parece revolucionaria porque va a lo simple, no quiere ser panfletera. Es un “te vamos a contar una historia de amor que podría ser entre hombre y mujer, pero en este caso no lo es". Se naturaliza y no se toca como una cosa sufrida. La verdad es revolucionaria y me parece la mejor forma de plantear algo profundo.

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