entrevista con Julio Calcagno

"La Comedia Nacional fue mi gran escuela"

Un repaso por las historias de un gran actor uruguayo, que desde hoy se presenta en Sala Verdi.

Julio Calcagno
Julio Calcagno. Foto: Ariel Colmegna

El reconocido actor sube a escena desde hoy, junto a Pepe Vázquez, para protagonizar un espectáculo francamente recomendable. Aeroplanos, sobre texto de Carlos Gorostiza, invita a un mano a mano actoral, para contar la historia de dos ancianos, muy amigos, que viven un drama cotidiano, en una obra con humor y llena de optimismo. Va hoy y mañana a las 21.00 en Sala Verdi, con entrada gratis.

-¿Estás preparando algo nuevo para este año?

-Tengo un proyecto que es reponer una obra que hice hace mucho tiempo, en el año 87. Potestad, de Eduardo Pavlovsky. Es un monólogo, y lógicamente no lo voy a hacer como lo hice cuando era mucho más joven. La voy a hacer de acuerdo a mis posibilidades físicas. El tema de la obra es bárbaro, y no es un panfleto, ni mucho menos, pero sí tiene un mensaje muy fuerte. Y muy intensa, aunque tiene humor. Siendo que es muy difícil escribir, con humor, sobre una niña desaparecida. Y el autor lo logró hacer. La haría en Sala Dos de Teatro Circular. En aquel entonces la dirigió Walter Silva, que luego se fue a Barcelona. Y le escribí, y loco de la vida se va a venir para acá a poner en escena la obra.

-¿Tu compartiste mucho escenario con Alfredo Zitarrosa?

-Sí, trabajé mucho con él, fue mi hermano. Trabajé con él en La claraboya amarilla, junto a Daniel Viglietti, Federico García Vigil, Mary Minetti. Y en algún momento estuvo Pepe también. Eran espectáculos musicales, donde yo decía poemas. Te estoy hablando de la época de Pacheco. Tengo que confesar que eran poemas panfletarios. Pero eran buenos poemas. Era un show de lujo. La marca de Zitarrosa era su forma de pararse en el escenario, varonil, y cómo decía los textos, cómo los interpretaba. Sin ningún adornito. Era todo cortita y al pie. Y esa era su forma de llegarle a la gente.

-También hiciste radioteatro.

-Sí, me llamaba Roberto Rey. La Emad no te dejaba actuar, y yo quería actuar de cualquier manera. Entonces me cambiaron el nombre. Y cuando no actuaba trabajaba de apuntador. “No escuche ruido, escuche radio, escuche a Roberto Rey”, decía el eslogan. Trabajé con Julio Alassio, con Blanca Burgueño. Esas obras que se hacían en la radio y después se llevaban al teatro, al Odeón. Me acuerdo que hicimos El león de Francia, que vendría a ser como la película La marca del Zorro. Estuvo dos o tres meses con el teatro lleno, que eran como 800 localidades.

-¿Cómo recordás tus años de formación en la Emad?

-Hice tres años, pero no egresé, porque no me gustaba mucho la tiranía que había en ese momento. Cuando entré a la Emad, tuve un curso de seis meses con Margarita Xirgu: no me llevaba bien con ella. Pero era un poco por mi incultura. No engrapaba con ella, por su forma de enseñar, de marcar las cosas. Yo sabía que era una gran señora, en todo sentido, pero a mí no me amoldaba. Luego abandoné y empecé a hacer bolos con la Comedia Nacional, que fue mi gran escuela, junto a actores como Alberto Candeau. Te estoy hablando de 1960.

-¿Qué diferencias había entre aquella Comedia Nacional y la que tu integraste ya en el siglo XXI?

-Bastante grandes. Antes el elenco estaba comandado por cuatro o cinco cabezas, maravillosas. Candeau, Guarnero, Maruja Santullo, China Zorrilla, y Margarita Xirgu, por supuesto. Y todos los rodeaban a ellos. Eran otra cosa. En este momento es un elenco moderno, con otra perspectiva de lo que puede ser el teatro. O de lo que tendría que ser el teatro, porque nadie tiene la verdad. Y el público que había antes era excepcional: hacíamos funciones de martes a domingos, con doble función los fines de semana. Eso hoy es impensable.

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