crítica de La bella durmiente

El Ballet Nacional Sodre más colorido que nunca

El ballet oficial arrancó su temporada con un notable montaje sobre el clásico infantil

La bella durmiente
El gran despliegue visual de La bella durmiente. Foto: Pancho Pastori

La espectacularidad que alcanza La bella durmiente está fuera de discusión. Y aunque el mérito está siempre en el desempeño de los bailarines, la estética del espectáculo es quizá lo que le da su mayor personalidad a este montaje, el primero que el BNS ofrece bajo la gestión de su nuevo director artístico, Igor Yebra.

Del vestuario de Ágatha Ruiz de la Prada se habló (y especuló) mucho previo al estreno, tanto por la singularidad del mismo como por el prestigio de la notable diseñadora de moda española. Pero una vez estrenada la obra, es fácil afirmar que se trata de un vestuario de primer nivel, que sobresale por su creatividad, por el uso del color, por sus distintos diseños y la armonía entre todos los vestuarios. Y eso es más que bienvenido, en una compañía como el BNS, que tantas veces ha presentado diseños de vestuarios vistosos, incluso deslumbrantes, pero poco originales.

Porque ante un título de ballet clásico, es muy común ver esa estética de cuento de hadas que recrea desde el presente los vestuarios de otras épocas. Y Ruiz de la Prada ofrece una estética sólida, aunque en general tiene como base cierta sencillez. Y esa estética tiene que ver, en primer lugar, con trabajar colores fuertes, firmes, incluso estridentes, que muchas veces no son utilizados por los vestuaristas de ballet.

Jugando con lo esférico (aunque con algunas prendas rectilíneas, que están entre las mejores), la diseñadora supo conjugar elegancia con un guiño paródico. Creó a la vez un vestuario sofisticado, simple, y de fuerte llegada popular. También utilizó en las prendas un juego de dos tonalidades, y algunas transparencias, y afortunadamente descartó toda esa paleta apastelada, tan común en ese terreno. Desde el vestuario la artista impuso su estética, con un aire de vanguardia, remarcado con accesorios de mucha delicadeza.

Todo ese trabajo de vestuario fue un estímulo fundamental para el escenógrafo uruguayo Hugo Millán, quien creó una hermosa serie de decorados, en la misma dirección estética, pero con personalidad propia. Millán tomó el concepto de lo esférico y lo multiplicó en un espacio que transita perfectamente entre lo figurativo y lo abstracto. El artista creó una serie de escenografías de algún modo también sencillas, muy potentes, que dialogan perfectamente con el vestuario. Y realizó algún recurso visual de enorme calidad, como ese hueco que aparece en una escenografía, que a su vez enmarca una escena que ocurre hacia el fondo del escenario. Millán, además, desde los decorados, atenuó los tonos tan vivos del vestuario.

La paleta de la escenografía es fantástica, y el diseño de iluminación (de Sebastián Marrero) completó el gran trabajo de Millán y Ruiz de la Prada. La modulación y los tonos de las luces es realmente asombrosa, y acompaña los muchos climas que esta Bella Durmiente ofrece. Afortunadamente, la obra, de dos horas larga de extensión, corre ante los ojos del espectador como una gran obra de arte en movimiento. Porque estos cuentos de hadas, nacidos tantos siglos atrás, necesitan de una escenificación con mucho carácter para dialogar con el presente. Y para que el argumento, que lógicamente avanza muy, muy lento, corra en el escenario sin pesadez.

En ese marco, la rica coreografía de Mario Galizzi luce enormemente. Y el trabajo del coreógrafo también aporta, además de belleza, mucha agilidad y hasta momentos lúdicos que refrescan mucho el espectáculo. Un verdadero catálogo de coreografías armó Galizzi, y las reunió todas con armonía. Y trabajó también mucho los aspectos simbólicos de los movimientos de los bailarines según las distintas situaciones de la trama. La escena de los cuatro príncipes que piden la mano de la princesa está cargada de riquísimas gestualidades.

El desempeño de la compañía volvió a ser muy solvente, y una vez más (en la función del pasado miércoles), María Noel Riccetto volvió a demostrar su excelencia. La bailarina fue aplaudida apenas salió a escena, y saludada con aplausos a lo largo de sus muchas intervenciones. La capacidad actoral de Riccetto le permitió darle precisas notas dramáticas interesantes al espectáculo. Pero son muchos los bailarines que aportan calidad al conjunto, entre ellos Gustavo Carvalho, quien también arrancó fuertes aplausos del público con su preciso desempeño. La buena dupla que arman Riccetto y Carvalho quedó una vez más en evidencia, aportando ella su delicadeza y él su firmeza, y trabajando con mucha complicidad. También resaltó Eunsil Kim, quien con Riccetto y Carvalho transitó momentos muy elegantes.

La bella durmiente había sido hecha por el ballet oficial en 1959, con coreografía de Jurek Shabelewski, con escenografía y vestuario del artista plástico Luis Alberto Fayol, y en el rol protagónico alternaron Tola Leff y Margaret Graham. Ahora, esta deslumbrante versión alcanza cotas altas de majestuosidad escénica, aunque la orquesta fue la gran ausente.

ficha

La bella durmiente [*****]

Coreografía: Mario Galizzi. Música: Piotr Ilich Tchaikowsky. Libreto: Versión de Marius Petipa e Ivan Vsevolozhsky, basado en el cuento de Charles Perrault. Diseño de escenografía: Hugo Millán. Diseño de vestuario: Agatha Ruiz de la Prada. Coordinadora de vestuario: Paula Villalba. Iluminación: Sebastián Marrero. Sala: Eduardo Fabini, del Auditorio Nacional Adela Reta. Funciones: hasta el jueves 29 de marzo. Localidades agotadas.

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