TEATRO

Un autor, dos obras y la voz de una generación nueva

Snorkel y Odio oírlos comer de Federico Guerra en El Galpón.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Vínculos. "Odio irlos comer": es un muy duro relato familiar. Foto: A. Persichetti.

Dos obras de Federico Guerra vuelven a la cartelera por todo abril. Ambas estarán en El Galpón: Snorkel, que va por su sexta temporada y estará los sábados a las 23.00 y Odio oírlos comer, que va por la tercera y estará los martes a las 21.00 (y el jueves 14, a las 23:00). Sentado en una mesa del café de El Galpón, Guerra contó detalles de la reposición.

Allí, Guerra tiene rastros de Juan, su personaje en Snorkel. Es que, además de haber escrito esta pieza que es dirigida por Bernardo Trías, Guerra encarna en ella a un joven neurótico que se peleó con su novia, se quedó sin trabajo, tiene una relación especial con su mamá que "está mal" (al decir de Juan), en fin, está en una situación de vulnerabilidad extrema.

"A los personajes de Snorkel los escribí a todos desde mí", cuenta Guerra, "claro que Juan al interpretarlo es el que tiene más cosas mías. Yo soy muy neurótico, un poco obsesivo compulsivo, también". Así, Snorkel reúne a una serie de personajes que viven situaciones totalmente reales y cotidianas, con la diferencia de que en escena estas situaciones, al ser mostradas explícitamente, se vuelven extremas: un joven abandonado por su novia que perdió el trabajo e intenta recuperarse yendo a la psicóloga, Madelón, la conductora de un talk show un tanto frívola, que se ríe de todo y todos, que es incapaz de tomar postura, otro joven que vive envuelto en las drogas y hace lo que sea por conseguir plata, dos policías corruptos; una señora que sufre la soledad y la depresión, otra señora que tiene cáncer .

"Son escenas que llevan a los personajes al límite y un ser humano al límite deja al desnudo sus inseguridades, sus miedos, su violencia, y hace cosas estúpidas", dice Guerra.

En Odio oírlos comer, estrenada en 2014, dos jóvenes ven pasar la vida en su puesto de trabajo, que consiste en cuidar algo que en realidad no saben qué es. Dos prostitutas despiadadas. Una familia en la que el padre está enfermo, la madre loca y se juntan todos los domingos a comer en una especie de ritual. Situaciones, también cotidianas, pero con personajes más maduros.

"Mi situación cuando la escribí era muy distinta a cuando escribí Snorkel, y se refleja en los personajes". Por eso se animó a dirigirla.

El desencadenante para volver con ambas obras fue la invitación a un festival en Buenos Aires. "Teníamos en mente volver. Como este festival no nos cubre pasajes, gastos ni nada, la idea es poder recaudar para poder ir y es también una excusa para volver", cuenta Guerra y dice "durante estos años en ambas obras invitamos a un montón de gente, regalamos entradas a todo el mundo. Ahora necesitamos que la gente nos apoye".

"Las cosas que se ven en las dos obras son cosas que pasan cotidianamente: la violencia es cotidiana, la falopa es cotidiana, la prostitución es cotidiana, no fue que los metí a propósito", dice. "Soy de Sayago y varias de las historias que se cuentan en las obras son reales".

Guerra cree que, justamente, una de las razones por las que las obras tuvieron éxito y se mantuvieron tantos años en cartel (especialmente en el caso de Snorkel) es que son totalmente descontracturadas y contienen "el hoy. Snorkel es la voz de una generación nueva, que es muy distinta al teatro clásico. Cuando escribí este texto lo hice sin tener ni idea de lo que era un espectáculo teatral".

Esta quizás sea la razón por la cual, los sábados en los que va Snorkel, El Galpón se llene de gente joven que, aunque no suela frecuentar los teatros, se sentirá identificada con algún personaje, movilizada por alguno de ellos, o simplemente se dará cuenta de que el teatro puede ser un buen plan.

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