EL TEATRO EN 2016

El autor nacional en el exterior y en el elenco oficial

La obra local: entre el túnel del tiempo y la novedad.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Marianella Morena apostó fuerte en Barranca Abajo. Foto: María Fernández

Yendo a contrapelo de su propia tradición, la Comedia Nacional dedicó este año exclusivamente al autor nacional, dejando de lado a la literatura extranjera que tantos éxitos le permitió concretar en los escenarios a lo largo de casi 70 años de historia. Y el resultado, en general, tuvo mucho de viaje al pasado, tanto estéticamente como en cuanto a temas e ideologías ofrecidas desde el escenario.

Algunas obras escenificadas por el elenco oficial invitaron a meterse en un túnel del tiempo, con resultados a veces divertidos o interesantes, pero poco novedosos. Lucas, de Dino Armas, es un típico texto hecho con oficio, pero que remite a un mundo del pasado en los aspectos formales y en el modo de trazar los personajes.

En la misma dirección, una serie de títulos del elenco municipal brindó obras que hacían dudar al espectador en qué año estaba viviendo. Desde la pintura descarnada de la realidad urbana, como en El pan nuestro de cada día a Las artiguistas, una galería de personajes de los tiempos de la Independencia, la programación se mostró más atada al pasado que proyectándose al futuro. Aunque hubo excepciones.

Entre los títulos más felices que concretó la Comedia Nacional este año, la discutida versión de Barranca abajo de Marianella Morena es un buen ejemplo de teatro plantado en la actualidad. Aunque bastante resistida por parte del público (e ignorada en los Premios Florencio), la puesta brindó una buena síntesis entre la mejor tradición de literatura para el escenario, y la búsqueda de formas nuevas.

Mientras el elenco oficial ponía énfasis en el pasado (llevando a escena, entre otros, a autores como Milton Schinca, Alberto Paredes y Dino Armas), una serie de dramaturgos más experimentales se han afirmado dentro y, sobre todo, fuera de fronteras, marcando presencia en sitios clave de la escena internacional.

Quizá el ejemplo más sonado y más reciente sea la versión de Tebas Land, de Sergio Blanco, que causó gran efecto en Londres, donde ha sido nominada para los Award West End. La obra tiene todos los elementos para atrapar al público local y al de otras latitudes. Formalmente es una estructura creativa que juega con los tiempos y los personajes, a la vez que suma elementos de video a la propia dramaturgia. Temáticamente trata de la cárcel, del delito, del homicidio y de la educación, pero más en el fondo habla con palabras sencillas del lugar de un individuo en el mundo, mientras describe lo complejas que son las relaciones humanas.

Blanco volvió a mostrar este año dos títulos que reafirman su solvencia como dramaturgo y director. La ira de Narciso, que se vio en la Sala Balzo, y Ostia, que esta vez se presentó en la Alianza americana. En ambas el dramaturgo uruguayo radicado en Francia, logra la capacidad de ser ameno y a la vez analítico y cuestionador, compaginando formas novedosas con contenidos que muevan a pensar.

Son ya bastantes los autores uruguayos que están llevando sus puestas en escena al exterior, o logrando que sus textos lleguen a compañías extranjeras. Los ejemplos de Sergio Blanco, Marianella Morena, Angie Oña o Santiago Sanguinetti tienen que continuarse para que la dramaturgia local sea una de las vías para mostrar lo mejor de Uruguay fuera de fronteras. Una ruta que hay que seguir transitando para afianzarla.

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