Entrevista a Mario Morgan

"El arte es diverso, no es xenófobo"

El reconocido teatrista estrena Nuestras mujeres, en Teatro del Notariado

Mario Morgan
Mario Morgan. Foto: Ariel Colmegna

Es uno de los teatristas uruguayos que más ha trascendido al exterior, desde los días que en dirigió los recordados musicales protagonizados por Susana Giménez. Pero también es un gestor cultural de primer orden, responsable de haber hecho llegar a Montevideo a innumerables artistas extranjeros, desde Les Luthiers hasta Julio Bocca.
Y también es un gran director de comedia, un conocedor del ritmo escénico, y este jueves estrena en Teatro del Notariado Nuestras mujeres, del dramaturgo francés Eric Assous, que interpretarán César Troncoso, Franklin Rodríguez y Diego Delgrossi. Va de jueves a domingos, y las entradas están en Tickantel, a $ 480.

-Vos trabajás en Colombia, en Argentina. ¿Qué diferencia hay cuando trabajás en Uruguay?

-En Colombia, como en Argentina, al espectáculo lo rodea una estructura, y el director solo se dedica a dirigir. Acá yo tengo que salir a la calle a promocionar el espectáculo, y también a hacer el montaje de la producción. Igual aclaro que ni en Argentina ni en Colombia me he sentido un director extranjero. Siempre me sentí un director local. Nunca sentí la xenofobia que de pronto siento que en Uruguay existe hacia los extranjeros.

-Tu sos el responsable de traer siempre a Les Luthiers a Montevideo. ¿Cómo viste aquella polémica sobre si el grupo de humoristas se tenía que presentar en el Sodre, o en una sala privada?

-Eso fue un enfrentamiento personal de alguien contra Gerardo Grieco. Igual que todos los problemas personales que ahora existen contra Julio Bocca, que terminaron con su ida del Ballet del Sodre, que fue de las cosas más lamentables que le pasaron al país. Porque las acusaciones que le hacían no eran válidas: ningún ballet del mundo está integrado totalmente por bailarines nacionales. El arte es diverso, no es xenófobo. Y el arte exige severidad, sobre todo cuando las carreras son cortas, como en el ballet. Yo que viví la época de Margarita Xirgu, te puedo asegurar que ella no era una señora amable, piadosa, con sus actores. Era despótica, para sacar lo mejor de ellos. Y la Comedia Nacional llegó a aquel punto de trascendencia en el exterior, gracias a ella. Como lo hizo Bocca con el BNS. Y Julio Bocca es Julio Bocca, con o sin el Ballet del Sodre. De hecho, tiene una agenda de trabajo para el 2018 que se la envidiaría cualquiera.

-¿Cómo viste la última edición de los Premios Florencio?

-Creo que hay un error al decir que el premio lo otorga la Asociación de Críticos Teatrales del Uruguay, porque el jurado está integrado por críticos y otras personas que no lo son. O que en la actualidad no escriben. Porque escribir en Facebook no es ser crítico teatral. Y ser espectador, por más buen criterio que tengas, no te convierte tampoco en crítico. El premio debería llamarse Amigos del teatro, o no sé qué título: pero no de Críticos de teatro.

-En Uruguay todavía hay actores que se resisten a trabajar con micrófono, ¿verdad?

-Nosotros, los uruguayos, quizá por causa del teatro independiente, tenemos dos prejuicios. Uno es el micrófono, y el otro la cucaracha, es decir, el auricular para que te pasen letra. Pero yo creo que uno tiene que estar acompasado con el tiempo que vive. Hoy en día, los buenos micrófonos son tan sensibles que no deforman la voz. Y creo que va tanto público mayor al teatro, que agradece que el espectáculo sea amplificado, y que pueda oír incluso más matices en la voz del actor. Y lo mismo pasa con la cucaracha. Son cuestiones técnicas.

-Pesan también sobre el actor las convenciones.

-Fijate, en mi época, pasábamos horas tirando telas delante de los focos de luces, para taparlos. Porque los focos de luces estaba mal que se vieran. Hoy en día los dejan, y no hay nada más bonito que ver el foco de luz. Y algo similar pasa con la cucaracha. Es mucho peor cuando el actor se queda en blanco.

​-¿Qué te pareció Falladas?

-Falladas

-¿Cómo era dirigir a Carlos Perciavalle?

-Con Perciavalle fuimos al liceo juntos. Y tuvimos una vida en común. Y cuando chicos éramos muy parecidos. Tanto que en algunos espectáculos de él que yo dirigía, él salía de escena y yo entraba disfrazado de él para hacer tiempo. Y él se moría de risa porque yo lo imitaba exactamente igual, sin hablar, porque la voz sí era reconocible. Pero sus gestos eléctricos los hacía igual, y teníamos el mismo físico. Nosotros escribíamos juntos el libreto. Y teníamos una gran autocrítica. Yo me sentaba en la platea para ver qué no quería el público. Porque yo no concibo el teatro sin el público.

-¿Cómo era la calle Agraciada, cuando tú eras chico?

-Era como el lugar soñado. A una cuadra de mi casa estaba la tienda Soler, había una juguetería enorme, dos cines, el Astor y el Montevideo, donde yo iba a pasar la tarde. Cuando paso hoy, me parece que pasara por Siria. Como si el Estado Islámico hubiera derruido todo aquello. Yo vivía en una casa en la que en la planta baja, mi padre, para no ser menos, como era judío tenía una tienda. Y luego ese predio, que era tan grande, lo convirtieron en una pensión. Y donde era la vidriera, vivía gente. Yo ahora paso por el lugar donde nací, y a mí no me avergüenza, por ejemplo, decirle a Martín Bossi, “yo nací aquí”. Y Bossi me dice, “pará, tengo que sacar una foto”. Porque es como que hubiera nacido en un cantegril. No me avergüenzo. Al revés, lo digo como hecho histórico, porque es como que pasara por otro mundo. Por un mundo que se perdió.

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