TEATRO

Un apasionante juego de reflejos

Inconfesable [****]Texto y dirección: Lucía Trentini. Actores: Lucía Trentini, Josefina Trías. Música en vivo: Juan Martín López Cariboni. Escenografía, vestuario y luces: Lucía Acuña. Visuales: Diego Ferrando. Dónde: Sala Zavala Muniz, del Teatro Solís. Cuándo: viernes y sábados a las 21:00 y domingos a las 20:00. Entradas: Tickantel y en boletería a $ 390.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Reflejos: Josefina Trías y Lucía Trenti en un gran montaje. Foto: Diego Ferrando

Hay una estética muy utilizada cuando se quiere dar en escena un registro antinaturalista, que casi se ha convertido en un código. La caja escénica despojada, con predominio de tonos claros, y poco mobiliario y metálico. La tradicional caja negra está siendo sustituida por la caja luminosa (como en El bramido de Düsseldorf), junto al infaltable trabajo de video.

Algo de esa resolución escénica (bastante transitada en la danza y en la performance audiovisual) se está viendo con más frecuencia en el teatro, e Inconfesable es un buen ejemplo. De algún modo, el trabajo en video estructura este montaje, lo que no quita que en él haya trabajos actorales de nivel. Y además, el uso de la cámara ostenta en este caso mucha originalidad, a través de una pluralidad de formas, más tecnológicas a veces, más artesanales otras.

No fue una sorpresa que el espectáculo fuera bueno, dado que está escrito, dirigido e interpretado por Lucía Trentini, una artista visceral, que viene ofreciendo muestras de tener fuerte personalidad artística. Y en este caso fue bien a fondo, tomando como tema la cuadriplejia, y sentándose ella misma en una silla de ruedas, desde donde desarrolla una gran actuación. Un segundo personaje, una asistente de la lisiada, que interpreta Josefina Trías, redondea esta notable escenificación.

Como todo buen espectáculo, en él hay originalidad formal y temática, y una y otra encajan entre sí. En lo que tiene que ver con la forma, está montado con muy buen ojo, en tonos de gris con algún toque fuerte de color. Las escenas son cambiantes, pero guardan coherencia estética entre todas. Y el trabajo de proyección abarca múltiples formas, con juegos de imágenes dentro de imágenes. Así como existe el teatro dentro del teatro, también existe el video dentro del video. Al respecto, el aporte de Diego Ferrando en visuales es destacable. Y todo el conjunto tiene una factura de cierta irregularidad estética que lo hace muy atractivo.

Semánticamente la obra despierta interés. El tema de la discapacidad severa abre todo un planteo sobre la identidad de una persona, sobre los límites de sus fuerzas y su personalidad. Porque el espectáculo trata también sobre los bloqueos de cada ser humano. Y el personaje de la asistente complementa esa línea de reflexión, y por momentos la obra ofrece un único personaje desdoblado, o las dos partes de todo individuo. Esa dinámica de identidades (que crea climas trágicos pero también eufóricos) encuentra a su vez un correlato en todo ese universo de proyecciones y video, al que se suman la radiografía, el juego del registro sobre uno mismo, el testimonio, la escritura, la caligrafía. También se hurga en un pasado, en un accidente, en un trauma. La luz es un poco estridente, pero no es un recurso gratuito, sino que encaja con el carácter fuerte del espectáculo. Para psicoanalistas, un plato especialmente rico.

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