balance teatro 2018

El año de las creadoras escénicas

En 2018 destacaron Cheta, de Florencia Caballero y Ejecución pública de Lucía Trentini

Cheta
Cheta, de Florencia Caballero Bianchi. Foto: Gonzalo Nogueira

Hay una actividad teatral muy a la vista, que a veces acapara la atención, que tiene que ver con las grandes compañías, con la Comedia Nacional, El Galpón, y otros grupos históricos. Pero muchas veces el teatro más novedoso no anda por esos espacios. Y no es fácil para el espectador que elige un poco al azar qué va a ir a ver, dar con un espectáculo innovador. Pero esta temporada que ya prácticamente terminó dejó algunos buenos ejemplos, que este balance busca tanto destacar como reflexionar sobre ellos.

Uno de los aspectos que más llama la atención actualmente cuando se asiste a muchas obras teatrales montevideanas, es lo lejos que el teatro uruguayo está de todo lo que se ve en la vía pública, de la miseria que está a la vista en las calles. Y uno entra a El Galpón y asiste a La ronda, o Los cumpleaños de Irina, mientras en la puerta del teatro hay personas viviendo en la calle. Es por eso que este año Cheta, de Florencia Caballero Bianchi, fue uno de los espectáculos más valiosos, pese a la escasa difusión que tuvo.

La creadora teatral, que ya había dado muestras evidentes de talento (el año pasado hizo Inés. Eventualmente el amor triunfará) ideó y puso en escena este montaje que cuenta una historia de amor, desde la que se describe una realidad a la que muchas veces el teatro uruguayo da la espalda. El mundo de delincuencia, la cárcel, la marginalidad, fue abordado sin prejuicios ni idealizaciones ni estigmatizaciones, en este trabajo cuya acción escénica transcurre por los barrios Coppola, Marconi, Las Acacias y el Cerrito.

Ejecución pública
Ejecución pública. Foto: Diego Ferrando

La autora no se quedó además en un buen texto, que plasmó la realidad circundante. Lo llevó a escena con emoción y gran vitalidad, echando mano tanto a los elementos técnicos como humanos. Los actores, en el despojado escenario de la sala Tractatus, desplegaron un abanico de modos de trabajar lo escénico, armando escenas rápidas y contundentes, muy bien subrayadas por lo musical. Y con un apoyo audiovisual de tipo documental, que daba un marco reflexivo mayor a la historia de amor y dinero que se contó en escena.

En esa misma sala, que se va convirtiendo en un bastión del mejor teatro experimental, otro espectáculo logró cotas de excelencia. Fue Ejecución pública, de Lucía Trentini, otra creadora que va camino a ocupar un gran lugar en la escena local. Un grupo de percusionistas interpretó esta obra de lenguaje original, que conjugó video, sonido, música y texto, para incursionar en un universo antiutópico, sencillo en el planteo pero ambicioso en el campo experimental. 

También este año, Marianella Morena, con Ella sobre ella, ofreció otro camino por donde el teatro tiene mucho para recorrer, utilizando lenguajes múltiples y bombardeando al espectador con una batería de efectos, frases, imágenes y juegos de sentido, que por momentos desborda la capacidad de asimilación por parte del público. Curiosamente, creo que las obras más novedosas son las que muchas veces dan menos funciones, mientras títulos de menor interés permanecen muchísimo tiempo.

Otra sala que este año dio buenos dividendos estéticos fue Casa de los Siete Vientos, que ofreció dos montajes interesantes, quizá más por las ideas que los animaron que por los resultados en sí. Por un lado, Sandra Massera hizo Vida íntima de una muñeca, en la que jugó con el insondable mundo del psicoanálisis, a través de una escenificación que confrontó muñecos a escala humana con actores, conquistando algunas escenas de alto nivel onírico.

En el mismo lugar, Graciela Abeledo presentó Casa Masucci, un divertido juego felisbertiano de representaciones, en el que el público recorría la vivienda, para encontrarse con escenas de distintas épocas, que de algún modo sintetizaban momentos clave de la historia uruguaya. También ahí la creadora ideó un collage de lenguajes muy estimulante, que utilizó con ingenio video, música en vivo, ilusionismo y efectos visuales de diversa índole. Como va quedando claro, son muchas las creadoras escénicas que en este momento están trabajando fuerte.

Vida íntima de una muñeca
Vida íntima de una muñeca. Foto: Lucía Rehermann

Volviendo al principio, las grandes compañías teatrales no parecen estar con margen para fuertes innovaciones escénicas. Quizá porque la propia realidad institucional, y normativa, de ellas mismas, les limita el vuelo. Tanto en el ámbito público como en el privado, los grupos teatrales de más tradición e infraestructura, parecen estar atados a todo un mecanismo de producción donde no parece haber mucho terreno para la libertad imaginativa. Como suele ocurrir, la verdadera iniciativa, la mayor pasión, el empuje creador, anida en este momento en los grupos pequeños, que llevan adelante las obras sin demasiados trámites burocráticos. La vieja modalidad, de los espectáculos que nacían en la comisión de lectura de una compañía teatral, hoy no parece ser el camino más fecundo. Y ante eso, una serie de creadoras escénicas han mostrado esta temporada que tienen garra y vuelo para asombrar a los más variados públicos.

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Del teatro breve a megashow: la variedad se multiplica

Más allá de la calidad estética, hay otro filón del teatro uruguayo que va creciendo temporada a temporada, y que tiene unas posibilidades enormes. Son los montajes que apuestan a formas muy lúdicas, muchas veces para un espectador menos formado, al que busca entretener a toda costa. Es un tipo de teatro más informal, menos convencional, que por momentos parece tocarse con elementos del parque temático.

Analía Torres y Yamandú Fumero mostraron una vez más ese Don Juan Tenorio hecho en el Cementerio Central, ofreciendo un tipo de representación alternativa, que no solamente se hace fuera de las salas teatrales, sino que apuesta a un público amplio, más dispuesto a la experimentación.

Otro ejercicio escénico tan descabellado como audaz lo llevaron adelante Kairo Herrera y Jimmy Castilhos, invitando a vivir la experiencia de Apagón. En un salón totalmente a oscuras, el público degustó comidas y bebidas mientras escuchaba una historia. Los espectadores, además, hablaban, intervenían y comentaban en voz alta la propia obra. Otro caso raro de espectáculo

En un registro totalmente distinto, Gutenberg, que llevó adelante Coral Cine en Antel Arena, fue otra propuesta fuera del trillo, que buscó captar a un público que no es solamente el de teatro. Más allá de los resultados, el trabajo dirigido por Andrés Varela dejó algunas escenas que están entre lo mejor (y más audaz) de este 2018.

Son muchos los ejemplos de ese teatro que crece por las orillas de la plaza teatral. Otra modalidad en ascenso, y prometedora, es el teatro de piezas breves. En Sinergia Design, Marco Manfrini y Gastón Torello brindaron esta temporada obritas de 15 minutos de duración, mostrando que el arte teatral tiene muchas maneras de romper los moldes y convocar gente que no está habituada a ir al teatro. Son todos ejemplos muy distintos, de cómo la variedad se va multiplicando año a año.

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