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En la Tierra como en el cielo

The Good Place, una comedia desopilante que está disponible en Netflix

The Good Place
"The Good Place". Foto: Difusión

Dios, el amor para toda la vida, la existencia misma del ser humano... Al menos una vez en la vida, todos nos enfrentamos a unas preguntas que pueden pasar sin alterarnos, o nos pueden perseguir por siempre. Pero tal vez la más recurrente y por qué no, la más temible, es la pregunta de qué hay después de la muerte. ¿Hay otra vida? ¿Resurrección? ¿No hay nada?

Sea cual sea la respuesta que nos hayamos dado, en ningún plan entra algo parecido a lo que se plantea en "The Good Place", la serie de NBC que ya tiene sus dos temporadas completas en Netflix (y renovó por una tercera).

En The Good Place hay un cielo y un infierno. No, no hay cielo ni infierno: hay un Buen Lugar, que es más bien un barrio estereotipado de Estados Unidos, con colores pastel y restaurantes y almas gemelas y necesidades ajustadas a cada persona; y hay un Mal Lugar repleto de demonios, dispuestos a hacerle las torturas más inimaginables a los pobres humanos. En el medio, nada, o más bien un “lugar medio” en el que vive una persona, Mindy St. Claire.

En The Good Place no hay un dios barbado, sino más bien un gerente, Michael (un inmejorable Ted Danson) que usa trajes feos y el pelo hacia atrás, y que es ridículamente encantador. A él lo conocemos en los primeros segundos de esta comedia, cuando recibe a Eleanor Shellstrop (Kristen Bell) para comunicarle que acaba de morir atropellada por carritos de supermercado, y que por los puntos que literalmente sumó en la Tierra, se merece estar en lo que vendría a ser el paraíso.

En el Buen Lugar también están la bella Tahani y Jianyu, un monje con voto de silencio; Chidi que es el alma gemela de la recién llegada; y Janet, el humanoide omnipresente y omnipotente que es mano derecha de Michael. Forman una pequeña patota que se verá directamente afectada por una falla: en realidad, Eleanor fue de lo peor en su vida terrenal, y su estadía en un lugar al que no pertenece pondrá todo al borde del colapso.

El día a día en un paraíso absurdo y los vínculos entre este sexteto son los dos ejes sobre los que marcha esta historia de Michael Schur, un estadounidense cuarentón con un don nato para la comedia. Estuvo en el equipo de producción de la serie The Office, después hizo la sátira política Parks and Recreation (que a partir de The Good Place está siendo redescubierta), y luego su sitcom más conocida, Brooklyn Nine-Nine, ganadora de dos Globos de Oro en 2014, y también disponible en Netflix.

Parte del éxito de esta última creación de Schur —una comedia ligera, de capítulos de 20 minutos y renovada para una tercera temporada— radica en una premisa original, y en la construcción de un “más allá” que no tiene nada que ver con el cielo imaginado. No hay ángeles volando o gente durmiendo en almohadas con sonido de arpas, sino casas, oficinas, dramas, largas clases de ética y moral y agregados desopilantes de la vida moderna como la moda del yogur helado, las referencias constantes a la farándula y las series televisivas, y esa obsesión por el celular.

O sea, todo es muy mundano.

Un gran plot twist al final de cada temporada confirma el ingenio de esta comedia de enredos fresca e inteligente, que evade con cintura los lugares comunes y nos obliga a reírnos de lo que estamos viendo, pero también de nosotros mismos. Hay un nivel bastante parejo que se sostiene a lo largo de las dos temporadas (con puntos altísimos de risa como “Janet and Michael” de la segunda), que logran su cometido de hacer reír aunque sin hacer sacrilegios: la aventura de Eleanor es prioridad, y cada giro está pensado cuidadosamente para que entretenga, pero sin irse por las nubes.

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