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¿Cómo es "Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico", lo más visto de Netflix en Uruguay?

La docuserie de cuatro capítulos sigue la vida de un poderoso hombre de negocios que lideraba una organización de corrupción de menores

jeffrey epstein
Jeffrey Epstein, un escándalo americano

Jefrrey Epstein era, y hay muchos hechos que lo demuestran, un tremendo cretino. Un monstruo que usó su narcisismo y su poder económico para crear una red de corrupción de menores durante décadas. Era un esquema perverso del que casi sale ileso.

Los cuatro episodios de la miniserie Jeffrey Epstein, asquerosamente rico —que Netflix estrenó la semana pasada y ayer era lo más visto en Uruguay—- no hacen otra cosa que mostrar de la manera más contundente el desgarrador testimonio de una decena de sus víctimas, a las que acá se llama “sobrevivientes”. Ellas no salieron ilesas.

Está en el mismo nivel de denuncia e indignación que carga Leaving Neverland, la docuserie que revelaba los abusos de menores perpretados por Michael Jackson a partir de testimonios de sus víctimas, o Surviving R. Kelly, sobre las mismas prácticas en otro cantante exitoso.

Para espectadores de acá lejos, que en todo caso han seguido el tema a partir de los titulares o incluso menos, el documental es esclarecedor de una red de influencias y perversión que implica décadas de sortear a la Justicia. Más allá de la confirmación que dan los testimonios, no hay mucho nuevo.

Cada capítulo contiene una advertencia sobre el caracter gráfico de algunos testimonios.

Epstein era poderoso egocéntrico y excéntrico y de quien, como Gatsby, no estaba muy claro el origen su riqueza. Estaba vinculado a las grandes finanzas y a un par de esquemas fraudulentos, pero no hay nada específico y el documental no ahonda en eso. Los testimonios de quienes los conocieron se limitan a negar haberlo conocido o lamentar el momento en que lo hicieron.

Lo que tenía era buenos amigos, incluyendo el ahora presidente Donald Trump (quien dice que Epstein es muy parecido a él porque a los dos les gustan las mujeres rubias y bonitas), el expresidente Bill Clinton y el príncipe Andrés de Inglaterra, quienes son citados por algún testigo como visitantes de la mansión de Epstein (en la “isla de los pedófilos”, como alguien la denomina) en Islas Vírgenes.

En una ocasión, el príncipe Andrés habría estado acompañado de dos jovencitas en topless, según un técnico de comunicaciones que visitó el lugar un centenar de veces como empleado. Terminó renunciando cuando alguien le hizo ver que muchas de las invitadas a la casa tenían la edad de sus hijas, 13 y 15 años.

Algunas de esas “invitadas” cuentan cosas atroces y se suman al coro de víctimas/sobrevivientes de más de 30 años de un modus operandi similar.

Epstein y su compinche Ghislaine Maxwell (alguien la asemejó con Renfield, el lacayo que le acercaba víctimas al Conde Drácula) armaron una suerte de “pirámide del abuso” en el que cada nueva muchacha que aparecía llevaba hasta 20 o 30 víctimas. Algunas eran compartidas con otros sujetos poderosos y despreciables y en general eran chiquilinas vulnerables, deslumbradas y aterradas.

Definido, en el documental como un narcisista con una ausencia total de empatía por el prójimo, Epstein fue sorteando todas las investigaciones que durante años armó la policía de West Palm Beach, su centro de operaciones. Un acuerdo extrajudicial con la fiscalía (a cargo de Alex Acosta, el secretario de Trabajo de la administración Trump que terminó renunciando por la presión sobre ese asunto) lo llevó algo más de un año a una cárcel que fue definida por alguien como “unas vacaciones en un motel barato”.

En 2019, una corte federal revocó aquel fallo y Epstein fue nuevamente arrestado por tráfico sexual, Aparentemente se suicidó en su celda, dejando a las víctimas sin la satisfacción de verlo castigado y un montón de teorías conspirativas.

Su historia tiene todos los ingredientes que han hecho de las docuseries una tendencia mundial: hay morbo, celebridades, millonarios y la confirmación conspirativa de que las élites se salen con con la suya. Y también carga con las contraindicaciones del género: hay redundancias para abarcar cuatro episodios y cierta llanura periodística que se aprovecha de la contundencia de los testimonios y no ve necesidad de profundizar más allá.

Asquerosamente rico es devastador e indignante. Es una de las piezas más contundentes en salir desde que el movimiento #MeToo (acá también aparecen Kevin Spacey y Harvey Weinstein) empezó a visibilizar a tipos que, como este, habían salido impunes de sus actos.

Podría ser un mejor documental (la realización es tirando a barata), podría haber profundizado más allá de lo que ya se sabía, pero al exponer su caso a una audiencia mundial, es un nuevo alerta sobre prácticas que algunos tienen asumidas como naturales. Y que -acá queda clarísimo- son repugnantes.

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