TELEVISIÓN

"Game of Thrones" cerró un círculo de honor y de dolor, y regaló sus últimas lecciones

El domingo se terminó una serie que cambió la televisión

Game of Thrones 8. Foto: HBO
Game of Thrones 8. Foto: HBO

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Atención: esta nota contiene spoilers.

El domingo, un rato antes de la medianoche, terminó una era de la televisión y el acontecimiento, más allá de las opiniones, fue removedor para los millones de personas que, alrededor del mundo, al mismo tiempo, estuvimos frente a la pantalla despidiéndonos de Game of Thrones, una serie como ninguna otra. Una serie que cautivó, que sorprendió y amargó y enojó, que deslumbró con su despliegue y que, sobre todo, dio lecciones hasta último minuto. Lecciones sobre la vida, sobre el amor, el libre albedrío y los ribetes turbios en torno al poder. Game of Thrones terminó y el tiempo pondrá las cosas en su lugar pero, a 24 horas de emitido el final, parece un desenlace justo para una historia enorme.

El final de Game of Thrones fue perfecto en cuanto a circularidad. La serie terminó como empezó: con una expedición por un bosque nevado en busca de lo desconocido, que es, más allá del contexto, de lo que siempre se trata el futuro.

Terminó con los Stark emprendiendo un nuevo viaje por caminos separados, pero más unida que nunca, porque el lobo solo muere, pero la manada sobrevive. El reencuentro de Arya, Sansa, Bran y Jon Snow en esta última temporada les garantizó la supervivencia a aquellos cuatro que, en el piloto, eran niños con sueños distintos, más o menos concretados al final. Arya, que cambiaba flechas por bordados aunque no la dejaran, se fue sola a averiguar qué hay más allá de donde terminan los mapas. Sansa, que en el piloto le dijo a su madre que todo lo que quería era ser reina, logró su cometido pero sin necesidad de un rey, dando la mayor lección de empoderamiento y resiliencia de la ficción. Jon terminó volviendo al Muro, el lugar que originalmente eligió como hogar. Y Bran, de quien nunca tuvimos muy en claro sus aspiraciones, terminó como inesperado rey. De todo el final, este giro fue el que más gusto a poco dejó. Pero después de haber disminuido tanto a Tyrion Lannister en las últimas temporadas, David Benioff y D. B. Weiss, showrunners, le devolvieron su importancia para este último capítulo y le dejaron a su cargo una gran explicación de por qué Bran el Roto debería ser el nuevo monarca.

Game of Thrones 8. Foto: HBO
Game of Thrones 8. Foto: HBO

“Tengo un lugar en mi corazón para tullidos, bastardos y cosas rotas”, dijo Tyrion en la primera temporada, cuando le regaló el diseño de una silla de montar a Bran. Su asunción, al final, como Mano del Rey, consolida una alianza que es un triunfo para los distintos, para los marginados del sistema.

Tyrion, además, como en aquel primer episodio, volvió a recordarle a Jon Snow quién era. Si en aquella charla le aconsejó que nunca se olvidara de que era un bastardo, acá le recordó en lo que se transformó a lo largo de las ocho temporadas. “Eres el escudo que protege el reino de los hombres. Siempre has tratado de hacer lo correcto, sin importar el costo”, le remarcó, en una conversación que selló el destino de Daenerys Targaryen. Su forma de entender cómo arreglar este mundo roto fue la misma de Thanos en Avengers: hay lugar para cuestionarse qué tan mal está su postura, pero el precio a pagar por su utopía liberadora era demasiado alto. Eso lo entendió Jon, y con su jugada se terminó el Trono de Hierro que tantos problemas generó, y se rompió la rueda que Dany quería romper: cambió la forma de acceder al poder, cambiaron los reinos, terminó la guerra.

Y el otro gran punto de encuentro de esta circularidad fue el amor. Si el primer episodio se cerró con aquella frase de Jaime Lannister, “Las cosas que hago por amor”, este tuvo como eje otra forma de pensar el amor, en función de las misiones propias. “El amor es más poderoso que la razón. Todos lo sabemos”, dijo Tyrion; “El amor es la muerte del deber”, citó Jon; y su interlocutor remató: “A veces el deber es la muerte del amor”.

En función de eso, el de Game of Thrones no fue un final edulcorado. Fue un final más feliz del que muchos podríamos haber esperado, sí, pero el camino hasta ahí fue de pura amargura: de muertes, sacrificios, sangre derramada, violaciones, abandonos, dolor y sobre todo, de mucha soledad. Hay, en la mirada de reencuentro entre Jon y Tormund al final, mucho de eso: de reconocerse en la soledad y en el dolor, a pesar de todo. “Si piensas que esto tiene un final feliz, no has estado prestando atención”, dijo alguna vez Ramsay Bolton, y bien vale recordarlo ahora.

Es difícil pensar cómo podría haber terminado Game of Thrones para complacer a más fanáticos. El consenso dice que faltaron episodios, y sí: aunque hubo capítulos más largos que de costumbre, acortar la séptima y octava temporada llevó a hacer giros toscos, apurados, que hubieran sido mucho mejor saboreados si hubiesen tenido el desarrollo correspondiente. Esa torpeza se compensó en parte con una formidable realización. El domingo hubo algunas composiciones espectaculares: la pequeñez de Tyrion quitando uno a uno los ladrillos de un desastre gigante para comprobar la muerte de sus hermanos; Daenerys con alas, Daenerys colgando en los brazos de Jon con el trono de fondo, y Daenerys insignificante en la pata de su dragón, ya muerta. Y Jon partiendo una vez más del muro, con el ejército que lo aceptó, que más bien, como nadie nunca, lo eligió. Y la música imponente mientras todo ocurría. En todo eso y a pesar de los errores, hubo una grandeza y una poesía nunca vista hasta ahora en televisión.

Con Game of Thrones se cerró una era de la televisión, que ahora perseguirá su próximo gran hito, que buscará su nuevo fenómeno. Lo encontrará HBO, otra cadena, tal vez ninguna: ahora, por algún tiempo, eso no va a importar. Ahora a nosotros, fans, nos queda hacer el duelo y entender que ya nunca más habrá Game of Thrones.

Próximo domingo

Dos horas más para el adiós

El domingo próximo a las 22.00, HBO emitirá un documental que se llamará Game of Thrones: La última guardia, y durará dos horas. Se trata de un trabajo dirigido por Jeanie Finley, que se mete en el armado de estos seis episodios que le pusieron el broche de oro a la ficción. Se anuncia como una “historia divertida y desgarradora contada con intimidad e ingenio”, sobre hacer un mundo para después despedirlo.

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