TELEVISIÓN

La revancha de una historia de amor que está fuera de tiempo

Lovesick, una comedia de enredos a la que Netflix le da otra oportunidad.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Amigos: Dylan (izquierda) protagoniza la historia. Foto: Difusión

Eel fútbol da revancha y la ficción, a veces, también. Al menos es el caso de la serie británica Lovesick, que se estrenó en Inglaterra en 2014 con un título para nada feliz (Scrotal Recall, algo así como Las memorias del escroto) que le terminó costando la cancelación al cabo de seis episodios.

"Quizás la verdadera sorpresa de Scrotal Recall, sin embargo, fue que era dulce y divertida, una comedia mucho más sofisticada que lo que el título sugería", decía The Guardian meses atrás, con razón. Eso también lo notaron los directivos de Netflix (cuándo no), que fueron al rescate de este material, solicitaron una segunda temporada y lo presentaron como un contenido original. Es algo que el servicio de streaming ya hizo, con buenos resultados, con Arrested Development y The Killing.

Así, con nombre nuevo y más sutil, Lovesick tuvo su segunda y definitiva oportunidad: se la merecía, porque es una buena serie de comedia, muy eficaz, que sigue la tendencia de otras (como Love, de la misma plataforma) y busca incluir a los hombres dentro de su público objetivo. Con un guión inteligente y bien llevado, consigue sin dramas su meta.

Como su anterior título, el arranque de la serie no tiene ninguna sutileza: Dylan (el protagonista, interpretado por Johnny Flynn) se entera que tiene clamidia y tiene que informárselo a todas sus parejas sexuales, situación para nada cómoda. Entonces hará una lista con los nombres de las chicas con las que se vinculó y, creyendo que una tarjeta es algo demasiado frío, decidirá llamarlas. Así quedará servida esta comedia de enredos que recorrerá dos caminos simultáneos y en permanente cruce, para ser cada vez menos directa y más profunda en su discurso: por un lado estarán los momentos que vive Dylan con sus excompañeras (cada episodio lleva el nombre de una chica), y por otro las andanzas con sus amigos Luke (Daniel Ings) y Evie (preciosa Antonia Thomas).

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El recorrido por esos dos caminos es bien interesante y complementario, construyendo de manera sólida el perfil de cada personaje que nunca es tan lineal como parece. Porque aunque simpática y adictiva —que los capítulos duren veintipocos minutos hace que se vea cada temporada como una película larga—, Lovesick es profunda y trabaja sobre sentimientos comunes pero siempre complicados. Todo sobre tremenda banda sonora que va de Tom Jones a Tame Impala, desde Radiohead a Alt-J.

Los vínculos del protagonista con las mujeres de su vida se presentarán a través de momentos puntuales de su relación más o menos breve, que alguna secuela siempre dejan en su personalidad y en su historia. Una historia que, aunque le pese, está ligada a la de Evie: los dos sienten que son más que amigos pero nunca es buen momento para decirlo, y esa distancia es angustiante.

Es probable que lo más lindo de Lovesick, una serie con mucha belleza, sea todo el diálogo implícito que se construye con las miradas de los actores: hay un trabajo muy exigente allí, que es conmovedor.

La segunda temporada que Netflix estrenó en noviembre, profundiza en la historia de este trío y se detiene más que nada en la evolución de Luke, un mujeriego que esconde algunas cosas interesantes tras su fachada. Y mientras Dylan sigue tachando nombres de la lista con fines informativos, su historia con Evie no avanza demasiado y se queda, como en la primera, en un final abierto.

No hay tercer ciclo confirmado todavía, pero este sentimentalismo bien trabajado ha conseguido resultados de la mano de Netflix (tiene un 93 por ciento de aprobación de los espectadores en Rotten Tomatoes) y es más que probable que se seguirá desarrollando.

Porque aunque las relaciones que plantea Lovesick están bastante cercanas a la de la realidad en cuanto a su complejidad, no deja de ser ficción, entonces siempre podemos soñar con un final feliz.

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