GUSTAVO ESPINOSA

"El reconocimiento fue inesperado"

Hay quienes dicen que Espinosa (nacido en Treinta y Tres en 1961) es el escritor uruguayo del momento. Como toda opinión, podrá tener algo de capricho, es cierto, pero no le anda errado: este profesor de liceo que vive en su ciudad natal tiene varias novelas elogiadas (acaba de editar la última, Todo Termina aquí con Hum) que, encima han recibido premios como el Nacional de Literatura por Carlota podrida, y el Bartolomé Hidalgo por Las arañas de Marte.

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Gustavo Espinosa. Foto: M. Bonjour

En sus historias hay una especie de costumbrismo localista muy original; además escribe muy bien. En una de sus escapadas a la capital, Espinosa habla de su proceso de escritura, de lidiar con los elogios y del rock olimareño.

—¿Cómo está Treinta y Tres?

—La banda de sonido allá es la cumbia y el reggaetón atravesados por motos chinas. Y los muchachos se matan en accidentes de moto. Lo que quiero decir, y no creo que sea una buena noticia, es que la civilización (o su ruina) ha llegado a Treinta y Tres.

—¿Qué otras síntomas hay?

—No sé. Vas a una agencia de pagos y hay quien pide que haya otro golpe de Estado, por ejemplo. Y a pesar de los esfuerzos de algunas autoridades por acercar las "bellas letras", no hay una agenda interesante de espectáculos. Y tampoco hay transporte público. Lo que sí hay es buen rock and roll pero no tiene público.

—¿Cuál es la gran banda de Treinta y Tres?

—Hay dos bandas de los 90, Rock al mate y La Mariana. Hoy está Trapera Power, un trío de hard rock y hasta una banda de rock progesivo de gente que no tiene ni 20 años.

—¿Y de su juventud cuál era la banda más fuerte?

—No había. Lo que había era, como aparece en Todo termina aquí, una industria de conjuntos que tocaban pop, porteñada, melódico internacional y hacían bailes. Y hubo un grupo un poco legendario donde tocaba un primo mío que aparece en Carlota podrida, Credo, la gran banda hippie.

—Está en contacto con jóvenes por su labor como docente. ¿Cómo es la muchachada hoy comparada con la de su época?

—Antropológicamente, la cuestión tecnológica hace inconmesurable una realidad de la otra. A veces trato de contarles a mis alumnos cómo era vivir en un mundo desconectado y es tan difícil hacérselos vivenciar como un canto de la Divina Comedia.

—¿Cómo es un adolescente de liceo público del interior?

—El estado actual de la educación pública es catastrófico pero tampoco creo que sea realista aquilatar demasiado alto a la gente de nuestra generación. Si uno hace un catastro de la memoria de los compañeros de clase, ¿quién leía algo? Algún freak, uno y un par de amigos. Hay que andar con cuidado con esas cosas.

—Pero uno piensa que hay conductas que han cambiado. El respeto, por ejemplo.

—No. Doy clases en un bachillerato público que al ser el único bachillerato en Treinta y Tresaún conserva algo de la tradición patrimonial de la educación pública uruguaya: es pluriclasista. Los estudiantes están en una enorme penuria cultural muy radical, peor de lo que puedas imaginar y sin embargo, creo que son hasta demasiado ejemplares, como que están resignados a aceptar alegremente lo dado.

—Hablemos de literatura. Sus libros han recibido premios, edita con cierta periodicidad, es un escritor reconocido pero tiene perfil bajo. ¿Cómo lo lleva esa exposición?

—¿De qué manera no ser un tipo de perfil bajo si sos un escritor uruguayo?

—Sí pero usted y su obra son reconocidos, aparece en antologías...

—El reconocimiento fue inesperado. Soy un escritor tardío (bromeo con que soy un autor "retardado") que empezó a publicar a los 40. Y uno nunca sabe bien por qué llegó ese momento donde hubo cierta devolución: la crítica ha sido benevolente y mis libros circulan bastante siempre dentro de los límites de la pequeñez del mercado. Pero no es más que eso. Cualquier alharaca o envanecimiento no tienen correlato con la realidad.

—¿Cuánto de la Treinta y Tres de sus libros es real y cuánto hay de construcción?

—Cuando uno elige acercarse a la narrativa desde el realismo, siempre selecciona qué rasgos convienen a su propia estética y cuáles no. Siempre hay una equidistancia entre lo que está allí verdaderamente y cualquiera puede ver y otras cosas que al elegirlas vas metabolizando de la realidad en la cual vivís. Así que ese territorio que tiene continuidad en mis libros, siempre es un territorio fabuloso como lo era el Macondo de García Márquez. Si bien he tratado de desmarcarme expresamente de esa voluntad del realismo mágico.

—Pero en su evocación, hay algo mágico.

—Ese extrañamiento no lo pone el escritor, sino el lector urbano y hasta capaz que me ha jugado a favor. Es como leer un poema en una lengua que no es la tuya, que la entendés pero no es tu lengua nativa. Así te pueden maravillar cosas que son banales pero que a vos te generan ese extrañamiento que es el fenómeno estético. Es un plus del cual soy inocente.

—¿Cómo fue el proceso de Todo termina aquí?

—Del origen de todas mis novelas es el que ha tenido una irrupción más inesperada: partí de imágenes. Estando en Puerto Montt, vi el monumento a Los Iracundos, un adefesio que impresiona y, encima, tuve una leve intoxicación por frutos del mar, que es una cosa complicada que produce alucinaciones, (si te acercan un fósforo, sentís frío, cosas así). Junté ese armatoste bizarro y un intoxicado con esa lisergia occidental y el resto vino solo.

—¿Cuándo escribe algo, lee otras cosas para inspirarse?

—Sí, trato de contaminarme. Cosas que me pueden contagiar de un procedimiento, de una cadencia.

—¿Cómo trabaja?

—Ahora estoy escribiendo poesía y es totalmente distinto: es como el pintor que anda con su libretita y hace bocetos. En la narrativa, una vez que tengo decidido que historia quiero contar, por lo general trato de ponerme una disciplina. Escribo de tarde y en verano.

—¿Escribe a mano?

—No, en computadora. La primera novela la escribí a mano y no lo volvería a hacer. He perdido esa habilidad. Ni podría hacerlo a máquina de escribir, Creo que lo me hizo escritor fue la computadora.

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