COLUMNA FARANDULERA

La señora Mirtha Legrand cumplió 89 años

Por eso, el columnista Ruben Rouben la homenajea con estos párrafos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Mirtha Legrand en el estreno de la obra de Susana (Foto: La Nación)

Aunque de niño me enseñaron, y siempre fui bien aprendido, que no se debe revelar la edad de las damas, no puedo resistir saludar los 89 años de Rosa María Juana Martínez, la señora, la Chiqui, Chiquita, la gran Mirtha Legrand.

No me siento descortés en este caso porque hay que ver lo bien que está Mirtha. Ella misma reconoció que está maravillada de llegar a su edad con ese grado de lucidez, esa capacidad de trabajo y ese cariño de la gente. Eso la ha mantenido siendo la número uno, 75 años después de su primer gran éxito en el cine, Los martes orquídeas que en Uruguay se estrenó en el cine Ambassador, según me contó una tía cuando, tiempo después, me llevó a verla a un cine de barrio.

Mirtha desde entonces ha acompañado la vida de los rioplatenses ya sea en el cine o en la televisión, donde nos sigue invitando a esos almuerzos tan elegantes que en casa conseguíamos ver en aquel blanco y negro de antena de cobre que a veces alcanzaba Argentina. Aún hoy, los domingos, es un placer ver gente tan distinguida sentada a la mesa: sus almuerzos son el último bastión de la elegancia y el buen gusto.

Y encima su transformación en los últimos años en una periodista inquisidora que suele incomodar a algunos de sus invitados. A veces se le va un poco la moto, como dice mi sobrino, pero a ella, por lo visto, todo se le termina perdonando.

Incluso que, como alguna vez le robó la primicia a su nieta Juana Viale del anuncio de su embarazo, ayer haya salido a confirmar el romance de Carolina Ardohain con su nieto, Nacho Viale, una pareja que, ya lo hemos dicho, nos encanta.

Fue un ejemplo de belleza juvenil y ahora nos avisa cómo es envejecer. Quizás su capacidad de trabajo sea el secreto de su permanencia y su carisma. Quizás sea porque no quedan señoras como ella. De esas un poco impertinentes a las que uno le termina teniendo cariño. Como a una madre.

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