COLUMNA FARANDULERA

Osvaldo Laport y el show como un síntoma más

El último uruguayo que quedaba en concurso abandonó Bailando por un sueño.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Osvaldo Laport y Macarena Rinaldi. Foto: Ideas del Sur

Ya no hay lugar para los uruguayos en Bailando por un sueño y eso es lo que me hace salir de mi ostracismo periodístico. Espero que me hayan extrañado.

La salida de Osvaldo Laport al perder el duelo con Charlotte Caniggia es uno de los acontecimientos culturales de un año en que, para que vayan llevando, actuaron en Uruguay José Luis Perales y Pimpinela.

Laport no estuvo cómodo en el show de Marcelo Tinelli. Estaba visto, él es un galán, un actor, un padre de familia y ahí no hay mucho lugar para eso. Incluso tuvo ataques directos de algunos señores del jurado cuando lo acusaron de no ser todo lo “hot” que se necesitaba en el reggaetón porque ese día fueron al piso, su esposa y su hijo.

¿Cómo le van a hablar de no ser hot a él que fue Catriel y se bancó todo una telenovela en taparrabos y abdominales?

Fue una pena verlo irse (aunque quizás para él haya sido un alivio) vencido por Charlotte Caniggia, que es un zonza importante pero que por lo visto tiene su encanto: a pesar de ser claramente la peor bailarina del certamen siempre la termina salvando el voto popular. Para que vayan sabiendo cuán mala es en la pista sepan que sin el voto secreto había hecho cuatro puntos, venciendo el record que antes tenía el acartonado Tirri, que es otro también.

Charlotte Caniggia no es sólo una personalidad televisiva, es un síntoma de cómo están las cosas. Es un espejo que todos nos negamos a mirar.

Ahora Laport deberá buscar otros horizontes artísticos que estén más a su altura. Es un director, es un actor y siempre habrá lugar para los talentosos. Es de esperar.

Deja atrás un circo que, aunque este año parece mejor que otros, necesita payasos, acróbatas de la supervivencia mediática, domadores de fieras faranduleras, y no la simpatía de un señor grande que es puro corazón y simpatía. Con esas armas, ahí no se gana.

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