¿En qué anda?

Jorge Martínez, un galán eterno habla de su vida, sus telenovelas y sus romances

Fue uno de los actores más conocidos para varias generaciones, hoy retirado escribe sus memorias y acá recuerda algunos de los momentos de una carrera llena de éxitos

Jorge Martínez
Jorge Martínez

Fue uno de los galanes de telenovelas por quien suspiraron varias generaciones. Trabajó con Luisa Kuliok en La extraña dama; con Grecia Colmenares en Manuela, Amor sagrado, María de nadie; con Jeanette Rodríguez en Micaela y con Verónica Castro en El rostro del amor. Hoy, Jorge Martínez está escribiendo sus memorias, que recorrerán su historia, desde su infancia en el club Ferro Carril Oeste donde empezó a jugar al tenis por pura casualidad y su primera oportunidad como actor mientras estudiaba arquitectura y trabajaba como modelo.

El aviso que lo hizo popular fue aquel en el que aparecía diciendo: “Soy un león vendiendo Durax”. Desde entonces no paró de trabajar e hizo decenas de películas, obras de teatro y novelas..

—¿Cómo transcurren tus días?

—Casi no salgo a la calle porque estoy haciendo cuarentena total. Ya tengo la primera dosis de la vacuna y espero la segunda, pronto. Me cuido todo lo necesario y hago todo lo que se debe hacer.

—¿Vivís solo?

—Sí, aunque hablo a diario con mis hijos. Tengo tres: Natalia, que vive en Barcelona y Agatha, de mi matrimonio con Graciela Gramajo, y Emiliano, de otro matrimonio, con Tití Rodríguez. Nos visitamos de vez en cuando, pero poco por todo lo que está pasando.

—¿Se te hace pesada la soledad?

—No, para nada. Soy un tipo solitario. Me gusta estar en casa mirando televisión, leyendo un libro, escribiendo.

—¿Qué va a contar ese libro?

—Toda mi vida. Nací en el barrio de Constitución pero enseguida fuimos a Caballito y por eso tengo una relación tan estrecha con Ferro Carril Oeste.

—Ahí empezaste a jugar al tenis…

—Si, jugué hasta mis 70 años (tiene 74). Y a los 21 llegué a la Copa Davis. Me sacaron de una cancha de pelota paleta a los 13 años. Estaba en el club jugando y Eduardo Prado, que era el 2 o el 3 de Argentina en tenis en ese momento, me dijo: ‘Nene, vení que me falta uno para el Interclubes de menores’. Yo ni tenía raqueta, pero fui. Le puse garra, entrenaba mucho, me gustaba. Fui campeón en juveniles.

—Pero abandonaste para ser actor.

—Sí. No podía con todo. Me ofrecieron hacer una publicidad y la paga era muy superior a lo que yo estaba ganando, y acepté. Arquitectura era muy difícil, se me complicaba con los horarios y mis otras actividades, pero mi papá era arquitecto y quería dejarme el estudio. No pudo ser, le fallé. Al final, él terminó trabajando conmigo en la película Los comandos azules en acción: lo llamó a Emilio Vieyra para preguntarle si había un personaje para él, porque quería hacer algo conmigo. Fue muy lindo.
Martínez estudió teatro con Agustín Alezzo, Carlos Gandolfo y Augusto Fernandes. La primera película que hizo fue Pájaro loco, en 1971, junto a Luis Sandrini, y en teatro debutó con Mirtha Legrand, en 40 kilates.

—Fuiste el galán número uno durante muchos años.

—Y lo disfruté, lo viví con humildad, con alegría y sin subirme a un pedestal. Fui muy feliz.

—Con la popularidad que tuviste, debe haber sido difícil no creérsela.

—Nunca me la creí porque tengo una cultura y una educación que me dieron mis padres y todavía hoy recuerdo sus ejemplos. Lo viví con humildad y honestidad de trabajo. Durante 54 años me dediqué full time a esta profesión.

—Cuando hubo menos trabajo, ¿te desalentaste?

—No, cuando hubo menos trabajo me acordaba de mi vida, de mi trayectoria y con eso ya estoy contento y alegre. Hice muchas cosas, grabé en Italia, en Estados Unidos, en España. También en Puerto Rico y Costa Rica y gané varios premios. Ya no extraño porque no estoy en condiciones de llevar el ritmo de ese momento. Viví una vida muy bien vivida, me rodeé de figuras como Muhammad Ali, Al Pacino, Robert De Niro, Arnold Schwarzenegger. En un momento me acostumbré a eso y me parecía lo normal. Pero no extraño esa vida, al contrario, estoy feliz así, solitario escribiendo mi libro. Empezamos recién, con mi editor Alfredo Bernardi, y a través de charlas van saliendo los recuerdos.

—¿Te retiraste de la vida pública?

—Me fui despidiendo de a poco. Lo último que hice en teatro fue Viva la vida, antes de la pandemia, con Nora Cárpena, Mercedes Carreras, Rodolfo Ranni y Alberto Martín. Y con la pandemia nos despedimos. No hace tanto que no hago nada.

—¿Es una decisión tomada?

—Es casi una decisión tomada. No está dicha la última palabra.

—¿Cuál fue la novela que más disfrutaste hacer?

—La extraña dama, con Luisa Kuliok, con quien también hice Soy Gina. Teníamos buena relación profesional aunque no éramos amigos.

—En cambio fuiste amigo de Grecia Colmenares.

—Sí, nos hicimos muy amigos con ella y con el marido (Marcelo Pellegri) también. Solíamos vernos los fines de semana y comíamos asado en casa o íbamos a andar en la lancha que ellos tenían. Ahora viven en el exterior y hablamos y es una de esas amistades que perduran.

—¿Y con Jeannette Rodríguez cómo te llevabas?

—Bien. Hice una novela, Micaela. No fuimos amigos pero teníamos buena relación.

—¿Qué pasó con Verónica Castro? No habla muy bien de vos.

—Mientras trabajamos juntos estaba todo bien pero lo que terminó mal fue nuestra relación personal. Después ella se fue a México, se cortó el romance y se terminó todo. Nunca más volvimos a cruzarnos, ni a hablarnos. Quedó todo atrás. Es mi pasado.

—También tuviste un romance con Rafaela Carrà. ¿Qué recuerdos tenés de ella?

—Hicimos la película Bárbara, en el 80. Fue una pareja muy linda pero con la distancia se rompió. Es un ser humano excepcional.

—¿Y había rivalidades con los otros galanes?

—No, para nada. Siempre tuve buena relación con todos, en especial con Osvaldo Laport, o con Carlos Mata, con quien todavía hablo y vive en México.

—¿Vas a contar tus romances en tu libro?

—Voy a contar todo. Quizá no con detalles, pero si contás tu vida tenés que contar todo. Voy a recordar las 35 películas que hice y más o menos la misma cantidad de obras de teatro y de novelas, porque intentaba diversificar para no repetirme y quedarme en galán de novelas.

—Buscabas que no te encasillaran...

—Es que cuando uno pasa cierta edad se acostumbra a no ser galán y busca hacer otros personajes. En mi época los galanes éramos tipos vestidos con traje, corbata, gomina y maquillados. Y hoy son barbudos, de pelo largo. Es otra la onda de galanes y también trabajan de una forma totalmente diferente. En la televisión cambió todo.

—¿Qué reflexión hacés al repasar tu vida?

—Pienso que tuve una linda vida, que disfruté esos momentos y ya no los extraño. Pero en 52 años de carrera me di todos los gustos.

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