Polémica

Ignacio Álvarez respondió a las críticas

El periodista escribió un extenso descargo en respuesta a los cuestionamientos por el último programa de Santo y seña, que se centró en el caso de abuso de dos niñas. "La niña entrevistada no fue revictimizada, sino que se le dio la oportunidad de contar lo que estaba padeciendo y quería dejar de padecer", escribió.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Ignacio Álvarez. Foto: Julmart Bueno

El periodista Ignacio Álvarez escribió un extenso descargo en respuesta o "en contraataque" a los cuestionamientos que recibió por la última edición de Santo y seña. 

El programa reflejó el caso de una historia de abuso sexual padecido por dos niñas, presuntamente en manos de la pareja de su madre y, al parecer, con la negligencia de ella. 

Pero lo más cuestionado del programa ha sido que una de las niñas, de siete años, cuenta con lujo de detalles los episodios de abuso de los que ha sido víctima. 

Algunos periodistas, diversas ONGs y la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU) manifestaron su rechazo a esa prácitca. 

En su descargo, Àlvarez defendió el trabajo del programa. "Me sigue costando creer cómo ninguno de los que salió a repudiar que entrevistáramos a una niña abusada, reconozca el logro de que en base a esa entrevista el juez encarcelara a la negligente madre de la niña y a su novio abusador", escribió.

También habló del rating, del morbo y de los entretelones de la investigación. 

Lee el descargo completo: 

Rompiendo el silencio
Escribo estas líneas no como una defensa sino como un ataque; o mejor dicho como un contraataque que va dirigido a todos los que salieron a condenar el último informe de Santo y seña titulado “Rompiendo el silencio”. Pero no es una contraofensiva despechada ni vengativa, sino un alegato que en última instancia procura una mejor sociedad, sin tanta hipocresía y con una mayor madurez. Se lo dedico a la gente de bien, a los librepensadores, a los ciudadanos que con mente abierta se cuestionan, a los que no tienen preconceptos negativos sobre mi trabajo: en definitiva, a los que me importa hablarles. Y es una respuesta al coro de periodistas, psicólogos, ONGs, fundamentalistas, operadores oficialistas, resentidos, y también gente de bien, pero enceguecidos aún por las mejores intenciones.

En primer lugar, me sigue costando creer cómo ninguno de los que salió a repudiar que entrevistáramos a una niña abusada, reconozca el logro de que en base a esa entrevista el juez encarcelara a la negligente madre de la niña y a su novio abusador. Insólitamente, ninguno de ellos parece valorar lo que a todas luces es lo más importante: que después de años de abusos a dos chiquitas que hoy tienen tres y siete años sin que las denuncias de su padre y abuela encontraran una respuesta efectiva por parte de la Justicia ni de las autoridades y organismos competentes -muchos de los cuales ahora nos señalan- finalmente y gracias al trabajo periodístico de Santo y seña, ese calvario haya terminado. Sin dudarlo eso es para mí -y para muchos- lo más importante.
La crítica al programa se basa en el supuesto daño que nosotros le causamos a la niña de siete años entrevistada. Niña que ahora está feliz junto a su abuela, y que le acaba de mandar "un beso a Patri"; la periodista que hizo el informe. La misma Patricia a la que durante la nota le dijo "yo te quiero contar todo", y a quien terminada la entrevista le entregó un dibujito con la palabra "gracias". Y sin embargo hay que bancarse el sonsonete condenatorio de la "revictimización" que hicimos de la pobre chica. (Para el que no lo sepa, ese término alude al daño que supuestamente le provoca a una víctima, el tener que revivir en su mente la experiencia traumática experimentada, cuando es hostigada por su interlocutor). Una revictimización que claramente en este caso no existió por dos razones que cualquiera que haya visto el programa pudo advertir: la periodista fue sumamente empática y cuidadosa con la niña, y la niña -por muy terrible que suene- no sufrió la entrevista, y en su relato no se advierte mayores signos de angustia (algo que algunos psicólogos me explicaban que tiene sentido en la medida que la niña no se estaba refiriendo a un evento traumático puntual -como puede serlo una violación ocurrida hace un tiempo-, sino que las experiencias de manoseos y demás abusos que relató, eran parte de su vida cotidiana desde que tiene memoria, y se las había narrado infinidad de veces a su abuela).
Pero además, aun cuando revivir lo ocurrido le pudiera haber generado un malestar, no tengo la más mínima duda de que sería un precio bajísimo a pagar, si con ese testimonio se logró poner fin al abuso que venía sufriendo, como terminó ocurriendo. Es lo que pasa a diario en los juzgados, cuando los jueces ordenan una pericia psicológica a los niños supuestamente abusados, y terminan decidiendo si procesan en base a su resultado. Se me dirá que justamente para eso existen psicólogos especializados en periciar a las víctimas, pero les recuerdo que la abuela de estas nenas llegó a Santo y seña después de peregrinar por varios juzgados y comisarías, sin que nadie actuara eficazmente (ni qué hablar de disponer de una atención psicológica para contenerles y apoyarlas) hasta que nosotros entrevistamos a la niña y presentamos la denuncia en el Juzgado de Atlántida. Es más: en una de esas instancias se le realizó una pericia psicológica a una de las chiquitas, y el psicólogo actuante concluyó que no podía expedirse al respecto del eventual abuso, porque la niña no había abierto la boca y se había hecho pichí (¡yo no soy psicólogo, pero me parece que los indicios del abuso estaban ante sus propios ojos!)
Dicho esto, no cometo una infidencia si digo que uno de los profesionales presentes en el Juzgado, felicitó a la periodista comentándole que en sus años de trayectoria judicial, nunca había visto a un perito que tratara con tanta delicadeza a una víctima. Conclusión: la niña entrevistada no fue revictimizada, sino que se le dio la oportunidad de contar lo que estaba padeciendo y quería dejar de padecer, narrándolo en un ambiente amigable, al lado de su abuela y en la casa de ésta.
Por otra parte, a los que se rasgan las vestiduras indignados por haber osado entrevistar a una niña de siete años, no tengo ningún prurito en confirmarles que deliberadamente quisimos contar con el testimonio de esa niña, si bien su abuela ya nos había hablado a cámara sobre los supuestos abusos. Y esto por la sencilla razón de que tratándose de una acusación tan seria, debíamos ser sumamente responsables a la hora de hacerla pública. No sería el primer caso de un adulto responsabilizando equivocadamente a alguien de un abuso –por error o intencionalmente- , por lo que al momento de chequear la información, nada más contundente que el propio relato de la niña abusada. Y de hecho fue ese testimonio el que resultó clave para que el Juez Marcos Seijas procesara con prisión a los responsables, entregando a las niñas a sus abuelas, con quienes querían estar. No somos irresponsables para cobrar al grito, ni timoratos para dejar instalada una duda sin procurar transformarla en certeza.
En este sentido es bueno aclarar que la legislación no prohíbe entrevistar niños abusados. Y dos días antes del informe, una comitiva del Inau se apersonó en el Canal para solicitarnos que tomáramos los máximos recaudos a fin de proteger la identidad de los involucrados, pero subrayando que no procuraban que dejáramos de emitir los testimonios de las niñas (y al día siguiente me transmitieron su “plena satisfacción” con las medidas adoptadas). De hecho, en numerosas oportunidades en Santo y seña hemos denunciado malos tratos narrados por menores infractores internados en dependencias del Sirpa, bajo la premisa de que sus palabras eran el elemento fundamental para que se investigara (pero curiosamente, en esas oportunidades nadie pareció alarmarse). A su vez, en el caso de las niñas en cuestión, al no haber habido violación, difícilmente una pericia forense fuera de utilidad, porque el manoseo no deja mayores huellas en el cuerpo. De ahí la importancia fundamental de sus testimonios en primera persona, que probablemente ayuden a otros niños a también romper el silencio.
Siguiendo con las críticas recibidas, una abogada nos increpó por haber entrevistado a la menor sin el consentimiento de sus padres. Una vez más, el “deber ser” queda ridiculizado por el sentido común aplicado al caso concreto: ¡¿cómo le íbamos a pedir autorización a la madre para entrevistar a la hija que la acusa de llevar novios a la casa, que abusan de ella?! Y el padre, para más datos, está en prisión por rapiña.
Después están los colegas que se erigen en jueces, como los integrantes del Tribunal de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU), que salieron a condenar lo realizado por Santo y seña por estar reñido con su Código de Ética. Código de Ética que en abril de 2013 fue aprobado con apenas 35 votos en un total de 890 asociados, entre los cuales no me encuentro. Y baste como muestra que ese Código censura el uso de la cámara oculta, salvo en ocasiones excepcionales en las que “estén en riesgo derechos básicos como los relacionados a la vida, la salud o la seguridad”. (O sea que hacer una cámara oculta para desnudar una trama de corrupción en el gobierno, no está aprobado por las rectas luminarias de APU. Sin palabras).
Pero lo más chocante de su resolución, fue la alusión al “sensacionalismo” mostrado por el programa Santo y seña, entendiendo por tal “el sobredimensionamiento de algunos factores“. Sinceramente no entiendo a qué se refieren. ¿Es que acaso hacer un informe periodístico en base a la situación de dos niñas abusadas desde hace años, entrevistando a familiares, procurando documentación, y presentándolo ante la Justicia es “sobredimensionar” la gravedad de esa realidad? ¿Dónde está el “sensacionalismo” en un informe que se limitó a poner en conocimiento del público y de la Justicia lo que ocurría en un hogar (y lamentablemente se repite en tantos otros hogares uruguayos bajo el manto cómplice del silencio)?
Por supuesto que no faltan los que conjeturan que el programa apuesta al morbo como una forma de obtener rating. Pues les informo que, a diferencia de lo que un muy poco profesional conductor de un programa de farándula dijo en la web, el programa pasado de Santo y seña tuvo un rating inferior al habitual. Y más allá de la poco democrática campaña de algunas ONGs exhortando a no sintonizarlo, es algo recurrente cuando se tocan realidades tan duras, al revés de lo que algunos cráneos aviesos nos atribuyen. Santo y seña no busca el morbo; busca mostrar la realidad, sin edulcorantes, por más morbosa que sea. Por eso mostramos a los pobres viejitos de la Etchepare desnudos y comiendo excremento, en un informe que también despertó la indignación popular, aunque en ese caso no contra nosotros, sino contra las autoridades. Claro que siempre están los que nos acusan de medrar y lucrar con el sufrimiento ajeno, pero esa es una atribución que desconoce una de las funciones fundamentales del periodismo de investigación, como lo es la divulgación de las bajezas y disfuncionalidades que ocurren en la sociedad, para que su publicidad alerte a la opinión pública, y en última instancia precipite los cambios necesarios.
De todas formas, soy de los que cree que el periodista debe ponerse determinados límites a la hora de cubrir un tema sensible, y obviamente rechazo los primeros planos de muertos, o la sangre a borbotones tan común en el sensacionalismo de la crónica roja. Y en el informe en cuestión, decidimos no mostrar una foto de la vagina lastimada de la niña, si bien demostraba el abuso denunciado. Claramente la foto aportaba información más que pertinente, pero entendimos que exponía en demasía la intimidad de la niña, y en su lugar optamos por citar el informe médico que daba cuenta de las heridas.
Y esto nos lleva a otro aspecto objetado por los iluminados del periodismo nacional: “¿qué necesidad había de poner a la nena contando los detalles de lo que le hacían?”, reprochan. Lo expliqué al aire y lo repito: la gravedad y la verosimilitud de lo ocurrido, están dadas justamente por el grado de detalle proporcionado por el relato de la niña. Dicho de otra forma, si sólo hubiéramos editado la parte en que dice “el novio de mi madre me hace cosas feas”, difícilmente el público habría calibrado la magnitud del abuso experimentado, y mucho menos el juez habría podido procesar. “Cosas feas” puede ser un tirón de pelos o una mala cara. Pero escucharla decir que “con la parte íntima me tira una agua en mi panza” no deja lugar a dudas de que estamos frente a un aberrante delito.
También están los que sugirieron que diéramos las grabaciones a la Justicia, pero no las emitiéramos (¿entonces la “revictimización” no era tan grave?) Aquí hay que explicar que nosotros no trabajamos de asistentes de la Justicia, sino que somos un programa periodístico cuyo destinatario es el público. Y si –como ocurrió tantas veces- luego de emitido un informe la Justicia nos pide una copia para actuar, bienvenido sea y contará con nuestra colaboración. Sin embargo en este caso hicimos una excepción, y fuimos a la Justicia antes de emitir el programa, en algo que también fue criticado por las mentes brillantes de APU: “Un periodismo de calidad tiene como principal función la información a los ciudadanos y no la denuncia ante la Justicia de los hechos conocidos”, pontifica su comunicado. Pero a estos paladines de la ética no se les ocurrió que si hubiéramos emitido el programa esperando que después actuara la Justicia en consecuencia, esa madre podría haberla emprendido contra sus hijas por haberla denunciado en cámaras, o subirlas a un ómnibus rumbo a cualquier punto del país –como ya lo había hecho años antes- para escapar de las garras de la Justicia. Por eso hicimos la excepción.
Nuestro trabajo consiste en contarle a la gente lo que pasa, convencidos de que la transparencia informativa es fundamental para saber lo que ocurre en la sociedad, y que se actúe en consecuencia. Salvo las anotadas y contadísimas excepciones, nuestra premisa es informar, y no erigirnos en dioses que deciden qué cosas ustedes tienen derecho a saber y qué cosas no. Y en el caso de involucrar la intimidad de una persona, evaluar la posibilidad de tomar medidas para que no sea expuesta masivamente. Esa fue la única recomendación que nos hizo el Inau antes de la emisión del informe (pero ya vimos que algunos son más realistas que el rey). Por supuesto que fue lo que hicimos, y se taparon las caras, se cambiaron los nombres y se distorsionaron las voces de los protagonistas, además de tener el cuidado de no mostrar las fachadas de las casas ni nada que los identificara. Hubo algunos conocidos de la familia que sí los reconocieron (“lo que demuestra la ineficacia del anunciado resguardo”, acotan los celosos guardianes de APU), pero ese reconocimiento marginal es inevitable y ocurriría de todas formas: imaginen que Santo y seña no hubiera entrevistado a ningún familiar… ¿qué habría pasado en ese barrio al día siguiente de ver en la tele un informe sobre dos niñas abusadas por el novio de la madre, con el resultado de ambos procesados? ¿Cuánto demorarían los vecinos y sus allegados en atar cabos y relacionarlo con la familia de esa casa que ahora y de golpe luce deshabitada? La respuesta es simple y no está en los manuales que usa el Inau ni en el Código de la APU, sino en la conciencia crítica que analiza los hechos caso a caso: vivimos en sociedad y los hechos generan consecuencias que debemos asumir. Nuestra responsabilidad como periodistas es minimizar esos riesgos cuando recaigan sobre los más vulnerables, pero sin perder de vista nuestra misión de informar. Porque todo se sabe.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)