OBITUARIO

Hugh Hefner, el anfitrión de una fiesta eterna

El creador de Playboy lideró una revolución cultural y sexual rodeado de lujos y mujeres

Hugh Hefner
Hugh Hefner

Con su gorro de marinero, su pipa de madera y su bata de seda puesta las 24 horas del día (la tela satinada le irritaba), el empresario editorial estadounidense Hugh Hefner fue un capitán peculiar. En lugar de marineros, su tripulación fue conformada por rubias exuberantes y en lugar de un barco tradicional, la embarcación que lo llevo a nadar en los mares del éxito fue la revista Playboy.

Con ella, Hefner -quien falleció a sus 91 años el miércoles según lo anunció la compañía Playboy- inició a principios de la década de 1950 un imperio millonario. Revolucionó el mercado editorial con una revista que mezclaba la exhibición de mujeres desnudas (célebres y no) con artículos y entrevistas periodísticas, y expandió su empresa hacia la industria cinematográfica y televisiva y hasta el negocio gastronómico.

Sobre todo, Hefner promovió un estilo de vida que mantuvo hasta su muerte. Definido por sí mismo como “el hombre que vivió todos los sueños”, como director y editor de la revista Playboy se encargó de alimentar las fantasías de la sociedad estadounidense. Ya sea en su revista o en sus shows de televisión, en el apogeo de Playboy Hefner se mostró como un empresario sofisticado rodeado de mujeres bellas, y un amigo cercano a figuras culturales populares.

El origen de su deseo en transformarse en un símbolo popular del hedonismo contemporáneo puede encontrarse en su juventud. Nacido en 1926 en Chicago, Illinois, Hefner fue criado en un hogar metodista y solía describir su infancia como rigurosa. Se mostró como un artista creativo en su juventud al dibujar historietas e involucrarse en proyectos artísticos, y encaminó una vida modelo para un estadounidense de la época. A su regreso de la Segunda Guerra Mundial, decidió casarse con Mildred Williams, el amor de su juventud y la mujer responsable -según él- de hacerle perder la virginidad a los 22 años.

La confesión consecuente de un engaño amoroso por parte de Williams y la perspectiva de una vida adulta sin sorpresas lo motivaron a abandonar su inocencia. Continuó su matrimonio con Williams, tuvo su primera hija y decidió tomar sus conocimientos de la industria editorial para crear su propia revista para hombres.

Hefner tomó prestados unos 1.000 dólares de su madre, recaudó otros 7.000 más, y compró los derechos de un calendario de la actriz Marilyn Monroe poco difundido. Hefner -que a esa altura ya se hacía llamar “Hef”- publicó el primer número de la revista Playboy en 1953 con una portada en blanco y negro protagonizada por Monroe que convirtió a la revista en un éxito comercial instantáneo.

Con Playboy, Hefner se adelantó al inicio de la revolución cultural estadounidense de la década de 1960, protagonizada por el movimiento hippie y que tuvo su punto máximo en el llamado “Verano del amor” de 1967.

Pero mientras que el imperio económico de Playboy se expandió en la producción cinematográfica, la apertura de clubes y casinos y hasta la venta de joyas, los límites entre hombre y personaje se hicieron menos distinguible.

Al querer construirse a sí mismo como el hombre más envidiado de Estados Unidos, Hefner se propuso “vivir las fantasías de las películas de su juventud”, cuando se veía encantado por mujeres de un rubio platinado que protagonizaban musicales de 1930 a cargo de directores como Busby Berkeley.

Así, Hefner promocionó una vida de entretenimiento constante desde su mansión en California y se exhibió como un polígamo entrañable, capaz de tener hasta siete “novias”.

En el siglo XXI, Playboy luchó por mantenerse cultural y económicamente relevante en un tiempo en la que la pornografía le ganó al erotismo a fuerza de clics, y donde la revolución sexual de la revista ya no tenía una respuesta para el activismo feminismo contemporáneo.

Hefner, por su parte, se mantuvo hasta el momento de su muerte en piyama y acompañado de sus inquilinas, las llamadas “conejitas”, sonriendo ante la idea de siempre postergar el fin de la fiesta un poco más.

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