OBITUARIO

Daniel Vidart, la búsqueda eterna del hombre

A los 98 años falleció ayer el antropólogo, filósofo y poeta uruguayo que deja un legado prolífico de más de 40 libros, dos de ellos de poesía

Daniel Vidart
Daniel Vidart, 1920-2019

Llegó a tener títulos académicos de una sonoridad apabullante como el de Profesor ad Honorem et a Perpetuam de la Universidad Nacional de Colombia, y sin embargo nunca dejó de ser percibido entre los uruguayos como el más ciudadano de los antropólogos, el que estaba con el oído alerta a las circunstancias de cada día de la gente para que el conocimiento no quedara encerrado en ámbitos académicos, y sí fuera parte de la vida de todos los de a pie. Por eso sus libros, conferencias, entrevistas y otras participaciones públicas tenían eso raro que quedaba a medio camino entre lo engolado de la academia y el conocedor campechano, entre el profesor y el comunicador atento, para ser percibido como algo común, cercano, familiar, entendible, instalado en la vecindad. Y allí estaba él, brindándose para compartir las peripecias del viaje que siempre asumió: el que lo llevaba a tratar de entender al hombre.


Daniel Vidart falleció ayer con 98 años y dejó tras de sí una vida intensa de viajes y pensamiento, de búsqueda y preguntas, siempre en el marco de las ciencias sociales aunque no circunscripta a un área determinada. Debía ser reconocido como antropólogo pero confesó sentirse en un área indefinible, sin límites, entre la antropología, la psicología y la poesía, aunque reconoció que también le gustaría, sobre todo, ser reconocido como escritor. A sus casi 40 libros, que abordan temáticas que pueden ir desde la identidad nacional al carnaval, pasando por la ropa interior masculina y femenina, el tango, la sociología rural, los indios, los negros, los gauchos y los hombres de a caballo, o el diálogo campo-ciudad, se suman dos libros de poesía, porque hay que insistir aún cuando no encontramos respuestas, y si es necesario, trascender. Confesó, en entrevista para El País Cultural, sentirse “un torero en el ruedo. Soy un francotirador. Me siento en un barranco apuntando, haciendo blanco en lo que me interesa saber y captar”. Era su ética, su forma de ser antidogmático, de evitar ir con ideas fijas hacia algo, y de navegar siempre hacia “lo concreto”, consciente de que el camino más corto para comprenderse a sí mismo es dar la vuelta al mundo, porque ese es el camino para encontrar al otro, para hallar la alteridad. Por eso viajó, pero también recopiló textos de viajeros en varios libros, plasmando así la mirada de gente que vino, vio y escribió sobre cómo eran los habitantes de esta comarca. Porque ese era el camino para desentrañar “las telarañas de prejuicios, las deformaciones impuestas por la ideología y el nefasto papel desempeñado por los estereotipos, esas falaces secuelas del etnocentrismo cultural” escribió en la introducción a El Uruguay visto por los viajeros, Tomo II, Tierras de ningún provecho.

Se definió a sí mismo como un “curioso impertinente” que no calla. “Nunca he querido herir”, aclarando que puede llegar a tener, sí, “pensamientos inoportunos” en el viaje de largo aliento donde busca tratar de entender. Ahí, también, sintió necesidad de actuar como lingüista, “porque siempre me ha preocupado devolver a las palabras el sentido que efectivamente tienen aquí y ahora”. Esto lo dijo en una entrevista de 1999, anticipándose así en dos décadas a una era que se ha ido vaciando de palabras, sobre todo en el espacio público, el lugar desde el cual toda comunidad debe construirse.

Su padre fue dentista, batllista y diputado del primer gobierno de Batlle y Ordóñez, y sabía mucho de historia. Su mamá era pianista y dominaba la historia musical. Cuando tenía tres años su familia se mudó de Paysandú a Montevideo pero a los pocos años, cuando tenía siete, ya estaba de vuelta en el campo. Escribió desde los 25 años, y sus libros, entendía, eran su autobiografía. “He escrito microvisiones, psicovisiones del mundo que tienen mucho del otro mundo. Me ha interesado mucho el paisaje como escultura viviente de la cultura humana. Ese decir, de la historia engarzada en la geografía. Y ahí entra todo”.

Se quejó, a menudo, de la identidad charrúa. “La búsqueda de las raíces charrúas me parece un fundamentalismo desnorteado”, un lugar que carece de estudio y tiene mucho de improvisación e invención. Entiende que todo lo que se le atribuye a la tribu charrúa parte de exageraciones “que me perturban”, pues está convencido que en la Banda Oriental pesaron mucho más los guaraníes, y en segundo lugar el negro. Todos aportes que sumaban a su discusión sobre la identidad uruguaya, las circunstancias y su ambiente, y que ocuparon varios de sus libros como por ejemplo El mundo de los charrúas (Banda Oriental, 1996), o el prólogo que escribió para la edición facsimilar del libro de François de Curel Reseña sobre la tribu de los indios charrúas (Vintén Editor, 1996). En El mundo de los charrúas se preguntaba: “¿No será más metafórico y voluntarista que real el entronizamiento de un charruismo cuya casi invisible hebra se pierde en el collage de nuestra colcha de retazos nacional?”
Daniel Vidart pidió que sus restos fueran velados en el Paraninfo de la Universidad de la República.


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