"FUE MI MONSTRUO"

La confesión de Salma Hayek sobre Weinstein: desde acoso hasta amenazas de muerte

La actriz publicó un artículo en el New York Times donde habla en detalle de su historia con el productor

Salma Hayek
Salma Hayek. Foto: Archivo

La ola de denuncias sobre acosos en Hollywood, lejos de disminuir, sigue creciendo y arrastrando gente con fuerza arrolladora. Pero es el productor Harvey Weinstein, el hombre con el que se destapó la olla que no ha parado de salpicar a la industria desde hace semanas, el que sigue siendo más señalado por todo su entorno.

Y la última en denunciarlo es Salma Hayek que, cuando todo parecía estar volviendo a la calma en la medida de lo posible, se despachó con una nota en el New York Times donde cuenta su propia experiencia. En primera persona, la actriz mexicana revela el horror que le tocó vivir cuando decidió que para cumplir su sueño de llevar la historia de vida de Frida Kahlo al cine, debía hacerlo con la que entonces era la compañía que más brillaba, la de Harvey Weinstein (Miramax).

"Harvey Weinstein era un cinéfilo apasionado, alguien que tomaba riesgos, un promotor del talento fílmico, un padre amoroso y un monstruo. Durante años, fue mi monstruo", comienza el desgarrador texto de Hayek, en el que da cuenta de cómo intentó silenciarse a sí misma hasta que, los hechos de las últimas semanas, la hicieron remover un viejo dolor.

El drama de Hayek comenzó cuando empezó a trabajar con Weinstein en Frida. Como ella misma dice, en ese momento no era "nadie", y era hasta una osadía para una mexicana aspirar a meterse en Hollywood. En un productor amable, amigo de sus amigos y con claros intereses artísticos, encontró —creyó encontrar— lo que necesitaba.

"No me importaba el dinero; estaba extremadamente emocionada por trabajar con él y con la empresa. En mi ingenuidad pensé que se había cumplido mi sueño. Había validado los últimos catorce años de mi vida y había apostado por mí, la 'nadie'. Dijo que sí. No sabía que muy pronto yo tendría que decir no", escribió Hayek.

"No a abrirle la puerta a cualquier hora de la noche en hotel tras hotel y locación tras locación donde se aparecía inesperadamente, incluido un sitio en el que estaba rodando una película en la que él ni siquiera estaba involucrado. No a bañarme con él. No a dejarlo que me viera bañarme.No a dejarlo que me diera un masaje. No a que un amigo suyo, desnudo, me diera un masaje. No a dejarlo que me hiciera sexo oral. No a desnudarme junto con otra mujer.No, no, no, no, no…", siguió.

"Con cada rechazo surgía la ira maquiavélica de Harvey. No creo que odiara nada más que la palabra 'no'. Las demandas absurdas iban desde recibir una llamada iracunda a la mitad de la noche en la que me pedía que despidiera a mi agente por una pelea que tenían sobre una película distinta con otro cliente, a sacarme de una gala de estreno en el Festival de Cine de Venecia, que fue organizada por Frida, para estar en una fiesta privada con él y unas mujeres que pensé que eran modelos pero después me enteré que eran prostitutas. Sus tácticas de persuasión iban desde hablar dulcemente y prometer cosas hasta aquella vez que, en un ataque de ira, dijo las palabras más temibles: 'Te voy a matar, no creas que no puedo'", aseguró.

En el texto, Hayek detalla el martirio que padeció en el vínculo que vino a continuación, con la continuidad de la película en vilo, la mediación de abogados y la intención constante de Weinstein de que en el film hubiera más sexo y sobre todo, más sensualidad. El hostigamiento fue tal, que Hayek tuvo que acceder a filmar una escena de sexo.

"Pero ¿por qué tantas de nosotras, las artistas, tenemos que ir a la guerra para poder contar nuestras historias si tenemos tanto que ofrecer? ¿Por qué tenemos que pelear con uñas y dientes para mantener nuestra dignidad? Creo que es porque, como mujeres, nos han devaluado artísticamente como si fuéramos indecentes a tal punto que la industria fílmica dejó de esforzarse en averiguar lo que quieren ver las audiencias femeniles y las historias que queremos contar", reflexiona Hayek.

La nota completa puede leerse en New York Times.

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