fernando noy

"En la patria de la poesía, no hay propiedad privada"

Un excéntrico protagonista de la cultura porteña actúa este sábado en Montevideo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Montevideo es parte de mí, yo vine muchas veces a refugiarme".

Es escritor y gestor cultural, y supo estar en el momento justo en el lugar exacto. Productor de la movida cultural porteña post-dictadura, fue figura fundamental de lugares clave, como "Cemento" o "Parakultural", de donde nacieron artistas que luego serían famosos, como Humberto Tortonese, Alfredo Casero, Diego Capusotto, y bandas como Sumo y Los Redondos.

Antes había vivido en Brasil otra historia digna de figurar en las crónicas artísticas, como productor de grandes nombres del tropicalismo, como Caetano Veloso, Chico Buarque y Elis Regina. Fue al regreso a Buenos Aires de esa experiencia brasileña que junto a Batato Barea comienza una renovación de la escena porteña, donde se decía lo que tenía que decirse, sin concesiones pero con un fuerte sentido estético. "Con la poesía siempre estaré al borde del abismo", asegura. Poeta, performer y dramaturgo, es autor de varios libros interesantes (entre ellos "Te lo juro por Batato"), y acaba de lanzar "Historias del under", jugosa crónica de los eufóricos años de la apertura. Este sábado se presenta en un boliche montevideano, para ofrecer su veta más poética.

—Tu vida está muy vinculada a Montevideo...

—Me siento tan uruguayo como argentino, porque creo en un estado poético, que no tiene fronteras y que incluye Montevideo, Bahía, lugares en los que viví muy fuertemente el hecho poético. La poesía no está solo en los libros. Uno no se sienta a escribir un poema: el poema se sienta junto a uno. Por eso para mí los poetas no tienen un registro de nacionalismo, ese ismo perverso. Se es o no se es poeta. Yo soy poeta y además testigo de la poética. Un poema de Marosa di Giorgio para mí es como si fuese mío, lo hago mío. En esa patria no hay banderas, ni propiedad privada.

—En el show que vas a hacer este sábado vas a rendir un tributo a Marta Gularte. ¿Cuándo la conociste a ella?

—Montevideo es parte de mí, yo vine muchas veces a refugiarme, en la época de las terribles canalladas que vivimos. Para mí esa ciudad es parte de un museo futurista, porque tampoco quiero hablar del pasado. Cuando la conocí a Gularte, con ese pelo, parecía Nina Hagen, y nos pusimos a tomar cerveza hasta el amanecer. Ella vivía realmente una vida poética: era la puesta poética en el mundo negro de todo. También tuve la dicha de llevar a Rosa Luna a Buenos Aires. En los años 80, en Obras Sanitarias, hicimos el primer encuentro de música popular uruguaya, con Las lonjas del Cuareim, Marta Gularte, Rosa Luna. No me hagas acordar que me pongo a llorar. Llenamos el Obras: fue una cosa muy cálida.

—¿Tú le presentaste a Batato la obra de Marosa?

—Cuando nacía el Parakultural, Batato me llama porque prefiere, en lugar de usar las típicas morcillas de los viejos payasos, colocar poesía. Y le empiezo a dar material mío y también de Marosa. Y él siempre soñando con conocer a Marosa. Y cuando le dijeron que le quedaban 20 días de vida, él decidió tomarse un barco e ir con su madre y su enfermera a conocer a Marosa. Él tenía Sida y, mirá qué loco, justo lo invitan desde Montevideo, a un festival de teatro. Y Batato dice, yo quiero ir, porque no me puedo morir sin conocer a la poesía viva. Se vieron, y a los tres días me llama Marosa y me dice, Fernando, estuve con una persona que sabía más de mí que yo, y que dijo mis poemas de una manera increíble. Y volvió de Montevideo y murió.

—¿Y para vos, Marosa qué significó?

—Marosa fue una especie de Janis Joplin de la poesía. También queremos a Idea Vilariño, a Ida Vitale, pero a Marosa nos une algo en común, que tiene que ver con esa época posterior a la dictadura. Ella nos dio muchas herramientas, nos enseñó, en su decir, en su andar descalza, en su maquillarse raro. Aprendimos mucho de ella, le debemos mucho, aún. Marosa acá en Argentina es mi-to-ló-gi-ca. Di Giorgio acá significa María Callas.

—¿Cómo la conociste?

—Yo había publicado en una revista en los años 60, donde había algo de Marosa. Y ahí la descubrí. Luego fui a Montevideo, me fui al Sorocabana, junto a la Plaza Cagancha, y la veo, sentada, y me presenté. Ella o te amaba o no te daba bola. Ella era huidiza, impresionaba no solo lo que escribía, sino su belleza personal. Tomamos algo, conversamos, y nos hicimos tan amigos, que pasamos una semana entera de la mano. A ella le encantaba que yo le cantara traducidas del portugués.

—¿Tú lo del Parakultural lo viviste consciente de lo que significaba?

—Bueno, yo me autoexilié en Brasil, y venía del Tropicalismo, de todo ese desbarajuste, de improvisación, de juego, con los cantos y la poesía. Y yo el Parakultural pensaba que era como una continuidad de eso. Pero pronto que di cuenta que era como una usina, que generaba una nueva época. Yo ya había vivido el tiempo del Instituto di Tella, el amor y paz, luego el tropicalismo, luego el Parakultural, y en los 90 cambia todo, con la diversidad. Antes de los 90 era el lugar lo que llamaba a la gente. Luego fueron las personas. Pero para mí siempre va a haber undergound, pero ya no está tan centrado en tres o cuatro espacios como antes. Antes con Batato, Urdapilleta, salíamos a gacetillear. Hoy están las redes sociales. Hoy en Buenos Aires hay artistas maravillosos, pero están esperando su cuarto de hora.

—¿Tú por qué te fuiste de Argentina?

—Yo me tuve que ir de Argentina porque yo era muy escandalosa, era muy loca, muy muñecota. Y mi padre que dijo que corría peligro, que me fuera a Francia, donde tengo parientes. Y un día, mi amiga Ginamaría Hidalgo, me dice que la pase a buscar a medianoche, que a la salida de un show, que me quería mostrar un cantante que yo tenía que conocer. Y nos fuimos como a la una al Embassy (todavía no era La Fusa), y veo a Vinicius de Moraes, con Toquinho. Y ese día, cuando volví a casa le dije a mi papá, En lugar de irme a Europa me voy a ir a Brasil. De un país represor, me fui al paraíso.

—¿Como guiado por el destino?

—Siempre son fuerzas superiores las que manejan mis hilos. No soy yo. Es un destino, un sino, no sé ni quiero saberlo. Como dice Clarice Lispector, a quien conocí: la creación es un misterio mayor al propio misterio que estás escribiendo.

Es una cuestión de actitud

"Voy a leer poesías propias y de poetas favoritos: es un mix de poesía interpretada, dicha, exhalada, y canciones de mi repertorio antiguo, de los tiempos del Parakultural. Hay una relación entre los poemas y las canciones: siempre soy yo, siempre hay un ego que me traspasa. Yo hago como con los talleres de poesía, armando algo que busca transmitir una experiencia poética", sintetiza Fernando Noy para El País, buscando explicar cómo será el show que dará este sábado a las 21.30 en "La Cueva de Uapití", en Gonzalo Ramírez esquina Emilio Frugoni.

El espectáculo se llama El nudo poético: poesía en concierto, y las entradas se venden en la puerta, a $ 100. "Ojalá que haya buen sonido", dice Noy.

"La poesía está en la actitud", explica el poeta, que mezclará su obra con a de sus compañeras de ruta: Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Marosa di Giorgio, Amelia Biagioni, y Adelia Prado, esta última una poeta brasilera que él tradujo al español. En esta celebración, como él prefiera decir, habrá también una evocación en memoria de su amiga, Marta Gularte.

"Yo acá vengo a dormir", dice Fernando Noy con respecto a su casa, una edificación antigua ubicada en el Abasto. "Yo soy tan vagabunda, no estoy nunca acá. Pero de acá no me moverán, ni muerto me mueven del Abasto".

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