UNA SEMANA

Pasó el mundo

Cuando uno está un jueves a la tarde cobijado del afuera nervioso de la Ciudad Vieja, hablando del cine de Theo Angelopoulos con el maestro Miguel Ángel Bategazzore, tiene que saber que ese es un gran momento. La vida da esas pequeñas evidencias para no alardear de toda su belleza.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Domingo Battegazore. Foto: Difusión.

La excusa es hablar de Lo simbólico entre el orden y el desorden, la retrospectiva de Bategazzore que se inauguraría ese mismo jueves pero un rato más tarde, en el Museo Gurvich. Allí, en el cuarto y quinto piso del reciclado edificio de la calle Sarandí, se puede andar entre un conjunto de cuadros y esculturas que abarcan casi 60 años de una carrera siempre fermental, aún muy activa.

Bategazzore tiene 85 años, y es, además, parte del arte urbano de Montevideo: es el artista que hizo ese mural que hoy se deteriora en una de las paredes del Cuartel de Bomberos sobre Magallanes. Es una obra hermosa y es una pena verla así.

Pero esa gigantografía callejera llena de símbolos dialoga, sin proponérselo y con sus colores desgastados, con la muestra en el Gurvich, tan llena de luz.

La obra de Bategazzore habla de un mundo que se derrumba, de un orden que se desorganiza, de un deterioro inevitable, y el título de la muestra refiere a eso. No lo hace desde una nostalgia que lo uniformiza todo, sino desde una obra casi lúdica, colorida, siempre con recovecos ocurrentes, repleta de sorpresas y profundidad. Es una invitación franca.

De esos asuntos, aunque en tono más sombrío, habla Angelopoulos, y de ahí que el director griego haya sido invocado esa tarde. En el catálogo firmado por Ángel Kalenberg se incluyen tres fotogramas del momento en que, en La mirada de Ulises, una estatua desguazada de Lenin surca cansina el arroyuelo que la conduce al olvido, mientras desde la orilla la miran pasar los campesinos con el temor y la curiosidad de quien queda abandonado a su suerte: los espera un mundo sin utopías. Hay que volver a ver a Angelopoulos.

Ese pasaje del orden al desorden está en ese juego que lleva al desmoronamiento de los símbolos del orden constructivo tan presente en Bategazzore.

Sólo sobreviven algunas estructuras que pueden ser como bibliotecas (o compartimientos torresgarcianos) en medio del desastre, o vestigios arqueológicos de la obra de Augusto Torres y las baldosas de la plaza San Marco. Es todo muy vivaz y el maestro se entusiasma mostrando referencias, contando historias, hablando de aquel mundo que ya no es. Esto no es una crítica de arte: apenas un intento desordenado de entusiasmar por una obra que demuestra que la única arma contra lo que nos está pasando es que nos alerten sobre los riesgos de tanta puerilidad.

De eso nos avisa, como sin quererlo, Bategazzore, quien dice, "después de 85 años", estar más allá del bien y del mal". Y esos —apelando al Brecht más repetido— son los imprescindibles.

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