Crítica

Una voz y una guitarra que se hicieron gigantes en la oscuridad

Reseña del concierto que dio el argentino Gabo Ferro en la Sala Zitarrosa

Gabo Ferro
Gabo Ferro en la Sala Zitarrosa. Foto: Alfonso Montañez Prodanov

Pongo unas canciones de Gabo Ferro (una, la que me persigue desde la semana pasada), y trato de entrar más o menos en el mismo estado de ese viernes, para tratar de estructurar en palabras una reseña de un concierto al que le caben un montón de palabras y, al mismo tiempo, ninguna. No es la primera vez que escribo una idea similar en estas páginas, pero tengo la certeza de que lo he hecho sólo las veces en las que salí realmente conmovida de un concierto, y en general eso tiene que ver con una voz y una guitarra, una de las combinaciones más poderosas que ha existido. La pareja perfecta, tal vez.

Sin embargo, el saldo del concierto de Gabo Ferro son un montón de dudas, interrogantes gigantes como la capacidad de resonancia de la caja de su guitarra. ¿Cómo se puede “puntuar” a un recital cualquiera después de haber visto una performance (y ahora vuelvo sobre esta palabra) así? ¿En qué lugar queda la vara con la que luego tendré que medir al resto de los artistas? ¿Qué es el rock? ¿Acaso lo suyo ante el público montevideano no fue un acto roquero?

Como si no alcanzara con eso, están todas las preguntas que fue formulando su repertorio, uno que tiene muy aceitada la capacidad de interpelar al espectador. Eso se notó en una Sala Zitarrosa casi repleta, en la que un público (de más de 30 años, en general) en extremo respetuoso retribuyó, más que con aplausos largos y gritos de euforia —que los hubo—, con un silencio absoluto. En la oscuridad y casi sin ruidos, Ferro y su música fueron gigantes.

El argentino entró al escenario cantando unos versos al aire sobre la melodía que sonaba de fondo, en un entorno propio de una ensoñación: la luz rojiza bañaba todo y se combinaba con el telón de fondo, el tapizado de la silla y la carpeta con las partituras, con un humo sutil que quedaba suspendido en el aire, como un recurso escenográfico muy bien utilizado.

Pareció una estrategia para entrar en el clima de esa sala tan entregada a su música, y de un repertorio que como toda su obra, va al extremo. Ferro es cantante, intérprete, instrumentista, actor y orador, todo a la vez (de ahí lo de performance), y todo eso confluye en cada uno de los temas que elige cantar.

La fuerza arrolladora que le imprimió a “Como la maleza” es hermana y a la vez opuesta al humor que puso en la enunciación de “El beso urgente” —hubo mucho de su último disco solista, El lapsus del jinete ciego—, así como fueron hermanos y opuestos los juegos y las exigencias que le impuso a su voz, versátil, bella, potente, que fue del grito al susurro, de la solemnidad al histrionismo. Una voz con la que enunció preguntas en forma de poesía, una voz con la que encantó a todos en la Sala Zitarrosa.

Ficha

Gabo Ferro [*****]

Canciones: "Una deuda del bien", “Cuando el amor no entra”, “Soy todo lo que recuerdo”,
“Costurera y carpintero”, "Lo que te da terror", "Detenido y andando", "Como la maleza", "A quien", "El beso urgente", "Un eco, un gesto, una señal", "Como un motivo", "Aunque hayas roto la copa", "No te alcanza", "La silla de pensar", "El cuadro de mi daño", "El ojo del cazador", "Tan", "El extrañante", "Por qué no llorás un poco", "Cuando el futuro se fue", "Camino a la balacera", "Solo tenemos ciencia", receta del libro Recetario Panorámico Elemental Fantástico & Neumático, "Soltá", "Volví al jardín", "La peor suerte", "Voy a negar el mar", "Volver a volver", "Hay una guerra", "Dios me ha pedido un techo". Dónde: Sala Zitarrosa. Cuándo: Viernes 1 de junio.

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