GABO FERRO

“Todo el tiempo estoy bien, tengo una vida fenómena”

El cantante y compositor argentino Gabo Ferro vuelve a Montevideo para presentar su último disco solista en Sala Zitarrosa.

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Gabo Ferro. Foto: Alejandra López

Su primer encuentro con la guitarra fue a través del folclore. Después echó raíces en el hardcore y el punk, y ahora recorre los caminos de la canción popular argentina desde un abordaje muy particular, casi inclasificable.

Ahora, Gabo Ferro vuelve a Montevideo para presentar este sábado a las 21:00 en la Zitarrosa su último disco solista, El lapsus del jinete ciego (entradas a 700 pesos).

—Tocás el sábado en la Sala Zitarrosa, sólo con tu guitarra. ¿Traés varias?

—Uso una sola porque es una guitarra preparada por un luthier, porque trato de hacer algo más que pulsar cuerdas. Suelo tensarlas, destensarlas, golpear la guitarra como si fuera un instrumento de percusión, arrojarla. En apariencia es una guitarra clásica, pero por dentro hay chistes.

—¿Con esa guitarra grabaste el disco "El lapsus del jinete ciego"?

—Sí.

—Ese disco, lo grabaste en un teatro vacío. ¿Cuál fue la sensación?

—La sensación era la presencia de la ausencia. Era un lugar que no estaba para mí vacío, era como cantarle a los fantasmas, a todo eso que estaba en ausencia, pero no por eso ausente. Quería probar como era esta experiencia, y fue muy estimulante.

—¿Te lo imaginaste así?

—No, para nada. Es más: sabía que si grababa ahí, ponía en riesgo la fidelidad del audio del disco. Y fue un riesgo que tomé sabiendo que podía no funcionar, pero yo tenía fe.

—Por primera vez estás con un sello multinacional. ¿Te cambió en algo esta alianza?

—No cambió en nada porque es una asociación de mi sello con Sony, así que una vez que el disco estuvo terminado, como cualquiera de los otros que hice, se hizo una licencia por un tiempo para ver cómo funcionaba. Y hasta ahora ha sido un trato tremendamente amoroso. Ha sido una experiencia en el sentido de laboratorio para mí pero, por supuesto, este disco es mío.

—¿De dónde salió esta imagen de un jinete ciego, que da título al álbum?

—Los títulos son siempre pautas para la escucha. En este caso era un juego inquietante, de lo que significaban esas asociaciones entre estas imágenes muy hondas. El lapsus es una irrupción de la verdad cuando quien la enuncia no quiere decirla de manera consciente. Después hay un jinete que no ve, que nos está guiando, pero no por eso se puede desconsiderar la voluntad y la mirada del caballo. El caballo jamás se tiraría. Es una tensión que a mí me interesa mucho trabajar: naturaleza - cultura.

—Personalmente, "El lapsus del jinete ciego" me hizo sentir triste, que no es necesariamente algo malo. ¿Te pasa, en el escenario, que las canciones te generen una tristeza de la que luego necesitás salir?

—Mirá, si ves un show mío te vas a dar cuenta de cómo se descomprime todo el tiempo. Es una melancolía o una tragedia encapsulada en esos tres minutos, y después de eso es la risa. Debo ser uno de los tipos que más ejerce alegría. Todo el tiempo estoy bien (se ríe), tengo una vida fenómena, y me ponen triste ciertas cosas como las bestialidades que están sucediendo acá en Argentina. Pero soy un tipo muy divertido; lo que hago es ejercer tragedia a lo Shakespeare. Estas canciones ejercen tragedia: tomás eso que te sucede, lo atravesás y después te vas. Lo que pasa es que a veces las cosas se toman muy en serio.

—Entre las imágenes que aparecen en el disco —el amor, las luces y sombras, la tierra— resalta Dios.

—Sí, porque me puse a revisar todo lo que era número uno en la década de 1960 en los rankings, y la figura de Dios estaba tremendamente presente. El bolero estaba atravesado por lo divino, Dios presente en las relaciones de pareja. Aparte es una figura que siempre me resultó intersante.

—Tu manera de cantar ha ido cambiando en tus discos solistas, y en este último aparece como el instrumento central, con la guitarra sugiriendo direcciones, más que nada.

—Hace 10 años que estoy con un ejercicio de trabajo en la ópera contemporánea, acá en Buenos Aires, entonces estoy en una búsqueda, de encontrarme con cosas que no se asocian en general con la canción popular. Yo vengo del hardcore, pero ahora estoy habitando esto que a grandes rasgos se ha dado en llamar música contemporánea del Siglo XX.

—¿Y qué le queda de punk a tu obra?

—Hay una cosa formal que tiene que ver con la duración de las canciones: dos, tres minutos, porque cuando creo que no hay más para decir, no digo más. Pero en lo que tiene que ver con el punk directamente, es esta cuestión de tirarse al límite sin que importen los resultados estéticos. Poner en crisis el canon de belleza.

Si no puede escuchar el disco, haga click aquí.

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