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Los vericuetos de Fernando Cabrera

Acaba de editar un nuevo disco en vivo, uno que grabó el año pasado en el Teatro El Galpón y que está exclusivamente dedicado a las canciones de dos de sus autores e intérpretes favoritos: Eduardo Mateo y Eduardo Darnauchans.

Fernando Cabrera baja y abre la puerta del edificio en el cual vive, una impresionante puerta llena de ornamentos hechos con destreza y buen gusto. Ante los comentarios de admiración por esa imponente entrada, enseguida aporta datos sobre su origen, la época en la que debe haber sido hecha (en el siglo XIX) y otras curiosidades. Ya adentro, el entusiasmo sigue. Un comentario inocuo como “cuántos libros de tango que tenés”, da pie para que Cabrera traiga al presente las orquestas, los cantantes y los discos que definieron a la cultura musical rioplatense durante tanto tiempo. Anda cerca de los 60 años, pero luce y se lo oye vital y brioso.

—¿Cómo nació este disco?

—No iba a ser un disco. Tuve un recital en agosto en El Galpón, con motivo de su 65 aniversario. Y un día me acordé que tanto “Darno” como Mateo tuvieron vínculos con El Galpón. Y conmigo. Como siempre me gusta versionar a otros, sobre todo gente que me marcó y de la cual aprendí, armé un repertorio de ellos, sin canciones mías. Además tuve a otro Eduardo en el escenario, Lombardo. Dos o tres días antes del concierto, la gente del sello Ayuí me dice: “¿Por qué no grabamos esto?”. Les dije que no lo tenía previsto, y que además tenía un disco mío para sacar, uno cuya salida ya había retrasado varias veces… Pero me dejé convencer. Y luego me gustó el resultado. Cuando escuché lo que habíamos grabado, fue un descubrimiento muy grato: estaba bien grabado, y es un material jugado. Que el público no espere versiones iguales a las originales. No era mi intención, y nunca lo fue.

—¿Cómo hiciste, si es que te lo propusiste, para aunar los repertorios de dos artistas tan distintos?

—¿Cómo han vivido los repertorios de cada uno de ellos desde que murieron?

—De distintas maneras. El de Mateo ha tenido un gran empuje desde su fallecimiento. Muchos músicos, de acá y de Argentina, lo han descubierto, reversionado, se lo han mostrado al público. Se estableció un fenómeno. Está mucho más presente que el repertorio de Darnauchans, que no ha tenido hasta ahora la misma suerte. En Argentina, por ejemplo, es totalmente desconocido. Lo he comprobado. Pero también me he sentido muy feliz por el hecho de que ahora en Argentina todos me preguntan quién era. Yo aprovecho para recomendarlo a los periodistas, a los colegas, a los productores. Les digo que lo busquen, que se metan a Internet, que escuchen sus canciones, les digo que es un compositor maravilloso, único, que se lo están perdiendo. De a poquito, quizás, eso sirva para hacerlo más conocido.

—Tanto con uno como con el otro tuviste vínculos profesionales y personales. Ambos tenían fama de complicados o excéntricos. ¿Cómo te llevabas con ellos?

—Los dos eran bohemios, pero sus bohemias eran diferentes. Los dos fueron descuidados con su vida y con su salud. Una cosa que a veces es bueno remarcarla, cuando muchas veces se oye decir “el Uruguay mata a sus artistas” “Qué injusto fue el sistema con Mateo y Darnauchans”. Todo bien. Pero también ellos aportaron poco a su salud, a su bienestar y supervivencia. Porque vivían al límite. Tengo una facilidad —y me imagino que esto le pasa a todo el mundo— para vincularme con el distinto. ¿Por qué? Porque de ambos lados se establece una atracción. El que es muy diferente a mí, siente en mí cosas que le faltan. Y yo siento lo mismo. Eso me ha pasado muchas veces.

—Sonás muy concentrado, muy intenso, en el disco. ¿Lo viviste de esa manera, tan intensa?

—Le puse mucho trabajo, sí. Pero eso siempre lo hago. Aparte Edú, que me acompañó en algunas canciones, es un obsesivo. En eso me hizo acordar a Mateo en algunas cosas: obsesivo de los ensayos, de repetir hasta que quede perfecto. Traté de no pensar en que se estaba grabando. Te puede venir un exceso de control mental y podés perder un poco de frescura. Lo que hice fue lo que hago en todos mis recitales: meterme en un trance, olvidarme del mundo y tratar de ser un canal, una canaleta por donde pase el agua, que es la música. Y yo neutro, que pase por mí. Repito “trance” a propósito. Es un trance subirse a un escenario, conectar con las notas, el eco, el sistema de sonido, la vibración que te transmite el público... Son muchas cosas en las que uno se mete. Esos momentos se han convertido los posiblemente más profundos de mi vida, esa hora y pico que dura un recital. Ahí siento que me voy a otro lugar y si tengo suerte, una cantidad de gente viene conmigo. O vamos juntos, mejor dicho.

¿Te propusiste que este disco fuera distinto a los que hiciste con Mateo y Darnauchans?

No, no me lo propuse. Salió naturalmente distinto. Este disco sí me sirvió como experiencia, banco de pruebas para cosas que me propongo aplicar para mis próximos discos. Cosas relacionadas con la guitarra eléctrica, con cómo grabar. No había calculado eso, pero así se dio. Voy a dejar que este disco tenga un poco más de vida antes de sacar mi disco de canciones.

—Antes, podían pasar hasta cuatro años entre dos discos tuyos. Ahora, dos años. ¿Sos más prolífico en esta etapa de tu trayectoria?

—No sé. Estoy en un momento en el cual no paro de hacer cosas, más allá de que hace un par de años que no saco un disco con canciones mías. En cada recital mío hay canciones nuevas, hay versiones nuevas de canciones de otros, hay un trabajo arreglístico permanente, hago cosas para otros… Pero es otro ritmo. Cuando uno tiene veinte y pocos años, está como pidiendo cancha, mostrando todas las cartas porque nadie te conoce. Es un impulso que ya no necesito, y obvio que no es lo mismo tener 23 o 24 que cerca de 60. Tampoco es lo mismo haber hecho 10 canciones, que haber hecho 300. Todas esas cosas actúan en mi actual proceso creativo. Pero afortunadamente sigo teniendo muchas ideas. Tengo muchas canciones nuevas guardadas, y sigo teniendo muchas ganas de hacer recitales y grabando discos. También es cierto que tengo más trabajo como intérprete: más recitales y más viajes. Eso roba tiempo y atención.

—Ahora tenés un público en Argentina. ¿Cómo te llevás con ese público?

—He tenido un gran crecimiento en los últimos años allá. Cada vez que voy, vuelvo con el pecho hinchado. Me dan un trato muy preferencial.

¿Eso te revitalizó como artista?

—Pienso que sí. Sumado a otras cosas, eso cambió mi estado de ánimo en los últimos diez años. Es lógico ¿no? Si a vos, como periodista, te felicitan por esta nota, te ponés más contento. Es un poco injusto, pero nosotros los artistas reciben muchos más halagos que el común de la gente. Si vos te tomás un ómnibus y el chofer es un excelente conductor, vos te bajás y no le decís nada. Si vas a la panadería y comprás un excelente pan, no le decís nada al panadero. Sin embargo, a nosotros nos gritan, nos piden otra, nos dicen “maestro”… Es un poco injusto.

—¿Eso también te dio un impulso creativo?

—No. El que nace con el oficio este puesto como yo, porque yo nací para hacer canciones como otro nace para ser poeta, o bailarín, lo vas a hacer en la felicidad, en la angustia, en la riqueza, en la pobreza… Es tu signo. Yo he compuesto y trabajado con todos los estados de ánimo.

—Has hecho cosas muy variadas en los últimos años. ¿Te sentís con mayor libertad o confianza?

No. Yo ya arranqué con una gran libertad, y no porque me lo propusiera. Estaba en el aire. Si vos repasás la década de los sesenta y primeros años de los setenta, todo lo que se respiraba en el mundo en materia artística –el cine, la música, la poesía la narrativa– todo era de una inmensa libertad. Se había naturalizado la ruptura de las estructuras, el juego con el lenguaje, la innovación. Eso era Los Beatles, Daniel Viglietti, Almendra, Tom Jobim, Piazzolla, el cine de aquellos años, removedor, jugado. Así era el teatro también. Yo, formado en eso, llevo esa impronta desde que era chico. Siempre me gustó ser jugado en lo que hago. Ya en mis primeros discos era así. Me he mantenido en esa línea porque no tengo otra. Es más: a veces siento que tengo menos libertad ahora que cuando era más joven.

—¿Por qué?

—No. Quizá ahora me pesan otras cosas. La mochila esa de las canciones que hiciste. O que se te considere de cierto modo. Ya no sos un anónimo o un chiquilín que recién empieza. La psiquis humana tiene sus vericuetos.

REPASAR A ZITARROSA

Entre las tantas cosas en las que está Fernando Cabrera, el concierto homenaje a Alfredo Zitarrosa por su 80 aniversario el 10 de marzo en el Estadio Centenario. Ahí, Cabrera es el director artístico. “Zitarrosa es un baúl muy grande de cosas, un paradigma de la canción, porque reúne todo: la excelencia letrística y la excelencia musical. Él era un gran músico. Se habla poco de esto y yo lo confirmo cada vez más: la enorme valía de Zitarrosa como músico”.

—¿Por qué decís esto?

— Porque siempre se piensa que su música descansaba mucho en sus guitarristas, que ellos eran los virtuosos. Y sin duda que lo eran. Pero no es tan así. Zitarrosa tenía una clara idea de lo que quería que tocara cada uno de sus guitarristas. Se lo transmitía en los ensayos, o bien silbando, o tarareando. Tenía su autoridad al respecto y marcaba ‘esto sí, esto no’. He estado escuchando muchas grabaciones familiares, de sus ensayos, cosas que no han salido a la luz. Y queda clarísimo esto. Por otra parte, escuchando muchas grabaciones de él, caseras, también se desdibuja la idea de que era un mal guitarrista, que no sé por qué mucha gente propaga erróneamente. Era muy buen guitarrista, tocaba con enorme gusto, con rítmica, sabía tocar los ritmos que llevan rasguido, sabía tocar muy bien la milonga, el estilo, la vidalita, la cifra. Con muy buen gusto, con muy buen sonido. No en vano él se preocupó toda la vida por tener excelentes guitarras. Ya desde joven se había comprado una de las famosas guitarras españolas marca Fleta, algo que no era nada fácil. Eran guitarras carísimas, y había que esperar meses a que las hicieran. Él tenía una de esas. Era muy completo.

—¿Qué otras cosas descubriste?

—Una cosa curiosa es que era un tipo muy moderno. Como él tenía contacto con muchas radios importantes de acá, estaba familiarizado con lo más moderno de la tecnología de grabación. ​

—¿Cómo te influyó Alfredo Zitarrosa?

—Como toda influencia, te despierta las ganas no de copiar, sino de hacer algo parecido, te dispara. FIjate que mi primer canción… Si no es la primera es la segunda, se llama “Vidalita fea”. La hice, tendría 17 años, debido al brutal shock que me produjo escuchar la vidalita de Zitarrosa “La desvelada”. Quise hacer una vidalita impulsado por Zitarrosa. Me puso en movimiento para componer. Y ahí se ve también la importancia de Zitarrosa para rescatar esos géneros que, como ahora la ballena azul o el oso panda, estaban desapareciendo. Él tomó y volvió a popularizar géneros como distintos aspectos de la milonga, la vidalita, la huella, el triunfo, el gato, el estilo, la cifra… Mirá, te nombré siete géneros nuestros, propios de acá del Río de la Plata y la Banda Oriental, que él volvió a poner en el tapete y van a seguir estando porque Zitarrosa sigue vigente y la gente lo sigue escuchando. Esos géneros estaban en el límite de su existencia y son hermosuras nuestras, hechas acá. No los trajimos de Alemania o de otro lado. Son cosas nuestras inventadas por los músicos criollos del siglo XIX.

EL DISCO QUE QUEDÓ ESPERANDO

—¿Cómo describirías el disco de canciones nuevas que quedó postergado por la salida de Fernando Cabrera canta Mateo y Darnauchans?

—Como todos mis discos anteriores, tiene un grupo de canciones heterogéneas, porque nunca mis discos son conceptuales. Algunas tienen más años, otras son más recientes, algunas las recuperé. Va a haber temáticas variadas. Hay una canción a Bolivia, lugar donde yo viví y considero mi segunda patria. No quiero ser injusto con Argentina que también lo es. Hay una canción dedicada a Jorge Lazaroff, músico importantísimo de este país, muy tempranamente fallecido, a los 39. Compañero de conservatorio y fundador de Los Que Iban Cantando. Alguien que me dejó huellas en la forma de ver la música. A él le hice una canción muy sentida. Hay una canción que habla de camiones y carreteras. Una para mi madre, que nunca había hecho. Una para un caballo, algo que llama la atención en una persona tan urbana como yo. En fin...

"Actuar en vivo es entrar en un trance". Foto: Juan Gari
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