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Venezuela, Dios, Braulio y el romance: crónica del show de Montaner en el Palacio Peñarol

El cantante pop agotó entradas en su nueva visita a Montevideo, y demostró que atraviesa todos los públicos

Ricardo Montaner en el Palacio Peñarol, 2019. Foto: Marcelo Bonjour
Ricardo Montaner en el Palacio Peñarol. Foto: Marcelo Bonjour

"Todas las chicas con las coronitas”, insiste un señor de voz ronca, con la típica impostación de vendedor ambulante o de feriante. En el antebrazo, lleva colgadas las coronitas que promociona: cuestan 100 pesos, intercalan florcitas con luces blancas (a lo Gilda o, más acá en el tiempo, a lo Mon Laferte) y la verdad, no están tan mal. Vende bien el señor; en un rato, adentro del Palacio Peñarol, será fácil distinguir a todas las mujeres con vinchas recién compradas.

Envueltas en bufandas, en tapados, en camperas —es miércoles, pasadas las 20.00 y es de las noches más frías del otoño—, todas las mujeres parecen querer comprar algo, y para los vendedores, el negocio es un éxito. Los almohadones, las vinchas, las tazas, las chalinas de un celeste feo, los llaveros, los portarretratos: todo lo que tiene la foto o el nombre o alguna letra de Ricardo Montaner (aunque no faltan productos de Braulio Assanelli, el ganador de La Voz Argentina que integró el Team Montaner), por lo menos en el puesto de Magallanes y Galicia, ahí cerquita del carro de panchos, se venden a gran velocidad.

Adentro, en el Palacio Peñarol, la temperatura no es muy distinta a la de afuera, y no hay mucho que hacer al respecto más que aprovechar las instancias más bailables del show, para mover el cuerpo y entrar en calor. Pero para eso falta.

Primero, suena el Himno Nacional en versión completa; es feriado, sí, pero no deja de ser una curiosidad esto de cantarle a la patria antes de cantarle a, o mejor dicho, de cantar con Montaner. Los más apurados aplauden cuando termina la primera vuelta, y retoman entre resignados y ansiosos.

Después, suena la voz dulce de Laura Chinelli, vestida toda de negro, frente a un telón negro, con su guitarra negra. Chinelli hace un set pequeño y bilingüe de sus canciones que rondan el universo indie pop; dice que admira profundamente a Montaner y que luego disfrutará del show como una más del público; y se emociona porque había pensado que nunca más iba a tocar en vivo y ahí está, y porque hace apenas días se murió su padre. Los miles que están en frente la sostienen con un aplauso largo, porque los uruguayos somos solidarios y generosos cuando queremos.

Que Chinelli lo admire, que yo le tenga tanto cariño a su repertorio (yo, con un tatuaje de los Buenos Muchachos y otro de los Beatles), que las historias que subo a Instagram tras el recital me las contesten rockeras, cantautoras y candomberas por igual, manifestando un amor unánime, que los punks que conozco se sepan más de un tema suyo, que casi todo el mundo conozca al menos una canción/himno romántico de Montaner, no es para nada consumo irónico. Es un síntoma, o más bien un reflejo, de la conquista de este argentino diminuto de acento caribeño, porque en general ese conocimiento viene acompañado de un aprecio del que no gozan muchos de sus colegas latinoamericanos.

Montaner se metió en la vida de la gente, con más o menos hondura, gracias a la radio, la televisión o a la insistencia de alguna madre (la mía, por ejemplo) de musicalizar jornadas enteras con sus discos y casetes. Lo hizo con un pop melódico que repite una fórmula efectiva en gran parte de sus hits: un teclado despojado sirve de introducción; bajo, batería y guitarra se suman de a poco, y el in crescendo explota en estribillos desgarradores, en los que el cantante se luce sosteniendo notas altas, cantándole al amor o al desamor. Sus letras son sencillas, están recargadas de detalles cotidianos, y hasta el más recio puede identificarse en alguna de sus expresiones, aunque le moleste un poco el tono edulcorado.

Y eso está en juego en este Palacio Peñarol, para el que las entradas se agotaron con días de anticipación, lo que llevó al cantante a anunciar otro show en Uruguay, para octubre de este año. El público, aunque predominan las mujeres, es muy amplio en edades, y canta (cantamos) a viva voz todo un repertorio que hace hincapié en la primera mitad de su discografía.

La primera que suena es “La chica del ascensor”, de 1989, y después pasan “Corazón fracturado”, “Será”, “Solo con un beso”, “Me va a extrañar”, “Déjame llorar”, “La cima del cielo” y tantas más. En las movidas, como “Cachita” o “Vamos pa’ la conga”, por ejemplo, sus tres coristas y un segundo cantante ofrecen un respaldo clave en voces para Montaner, que a veces se cansa, aunque el protagonismo se lo lleva la sección de metales (tres trompetas, dos saxos y dos tambores), y todo su swing. Las coristas y el coro que viene desde las plateas, también le sirven para evitarse aquellos falsetes que al principio lo caracterizaron y que hoy, años de por medio, parecen costarle un poco más.

“No puedo evitar, cada vez que piso un escenario en Uruguay, recordar mis comienzos acá”, dice en un momento Montaner, y después dice que sus hijos Mau y Ricky, que tienen un dúo, mandaron saludos y dijeron que quieren venir a tocar por acá; igual que su hija Evaluna, con el elenco de la serie Club 57, de Nickelodeon Latinoamérica. “Es una serie para niñitos, y yo la estoy viendo”, comenta y todos rieron.

Después, lo aplauden con fuerza cuando habla de Venezuela, tras cantar “Aunque ahora estés con él”, momento que aprovecha para denunciar los “miles de muertos a causa de la represión y de la dictadura”, y para hacer un pedido claro. “En las manos y las voces de los uruguayos está exigirle al gobierno que apoye a Venezuela, para que recupere su libertad”, pide, y señala que la postura de Uruguay respecto al tema, “es una lástima”.

Pero los mayores aplausos llegan cuando convoca al escenario a Assanelli, algo que, evidentemente, todos los presentes esperaban. Para recibirlo, Montaner habla de las alegrías que le ha dado Luis Suárez en el fútbol (es hincha de Barcelona), y cambia de rubro para mencionar talentos musicales como Ruben Rada o Jorge Drexler. Ya con el uruguayo en el escenario, Montaner hace pasos de comedia, improvisa una entrevista, promete un show en San Ramón, anuncia la presencia de otros uruguayos en la próxima La Voz Argentina, y da pruebas de su generosidad. Hace que Assanelli cante una estrofa a capella del tema de Pablo Alborán con el que dio la audición a ciegas del reality; le pide que entone el single que está por lanzar (“Toco el cielo”); cantan juntos “Tan enamorados”, y después le regala unos minutos largos de un aplauso masivo.

Su generosidad, su pedido por Venezuela, sus comentarios al público sobre cualquier situación, y la oratoria vinculada a Dios que hace al final, antes de cantar “La gloria de Dios”: todo en Montaner suena auténtico. La despedida, repartiéndole a la gente camisetas blancas, tiene una cosa de entrecasa que es lo único que le faltaba a esa audiencia para irse feliz, tras el reencuentro con un viejo amigo que ha conquistado corazones en los lugares y las personas menos esperadas.

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