TABARÉ LEYTON

"Trato de ser auténtico con mis sentimientos"

Entrevista con el cantante de tangos que mañana presenta su nuevo disco.

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Tabaré Leyton. Foto: Darwin Borrelli

Tiene una de las voces más singulares de la escena tanguera uruguaya (aunque se lo ve poco por aquí), y la plasma ahora en un nuevo disco, Vivo por el tango, que grabó con el dúo Los Fabricantes en guitarra y guitarrón. Con ese formato se presenta, para estrenar este álbum, mañana sábado a las 21:00 en la Sala Hugo Balzo del Auditorio. Quedan las últimas entradas en Tickantel a 350 pesos.

—Presentás mañana tu nuevo disco, Vivo por el tango. ¿Cómo fue el proceso de hacerlo?

—Queríamos un disco en vivo, y cuando miramos las grabaciones de las giras con mi productor Max Masri, tenían algún error difícil de editar. Y nos daba mucha lástima perder el sonido en vivo, entonces a Max se le ocurrió que nos encerráramos dos días con la guitarra y el guitarrón, y grabáramos.

—Lo montevideano se acentúa en este repertorio: están "La uruguayita Lucía", "Milongones montevideanos", "Candombe de la duda"...

—Sí, porque cuando uno viaja tanto y está lejos de acá, todo lo que antes parecían cosas malas de nuestro lugar de origen, pasan a ser añorables. Entonces uno afianza su nacionalidad, sus ganas de mostrar cómo somos y sentimos. Y creo que a los extranjeros, cuando nosotros logramos ese sonido auténtico y regional, les llega.

Si no puede ver el video, haga click aquí.

—Dijiste "auténtico". ¿Te llevás bien con ese término, desde tu lugar de artista?

—Es un poco pretencioso decir que uno es auténtico con algo. Yo trato de ser auténtico con los sentimientos que tengo: no tomar al tango como una religión, sino como parte de una cultura. A mí me interesa cantar y difundir el folclore, el tango y la canción criolla de acá.

—Esta formación de guitarra y guitarrón, refuerza lo criollo.

—Sí. Nos vimos en la necesidad de pasar el sonido de banda a este formato, porque la logística de los viajes no nos permitía viajar con más de tres personas. Y el tango que grabé con Ruben Rada, por ejemplo, que es un tango moderno, ahora pasó a sonar como uno de la década de 1920.

—¿Como intérprete, en qué sentiste más el cambio?

—Estoy más solo en otros flancos, y eso me obliga a desarrollar un canto lo más perfecto y expresivo posible.

—¿Hay un canto perfecto?

—Yo busco cantar lo más perfecto posible. A veces lo logro y a veces no; a mí no me interesa mucho el histrionismo porque no soy un actor, mi anhelo a nivel canto es llegar a algo cercano a lo sublime, sin perder la capacidad de llegar al otro.

—Tu canto tiene, más que arrabal, un matiz murguero.

—Sí, y ahora que paso tanto tiempo en Argentina está bueno porque es una diferencia. Yo también lo noto, y trato de desarrollarlo estando parado en los dos lugares, sin que choquen. Me gusta tener timbres murgueros, aunque no me considero murguista.

—Estás radicado en Argentina ahora. ¿Cómo es tu vida allá?

—Estoy cruzando continuamente pero estoy la mayor parte del tiempo allá. Tomo clases, doy talleres, hago conciertos, pertenezco a un quinteto con el que hacemos bailes, y hago eventos privados que es el principal ingreso económico que tenemos los artistas. Allá, como es más grande, te permite tocar más veces: esa es la única razón de mi estadía en Buenos Aires.

—¿Cómo te integraste a esos bailes de tango?

—Allá hay muchas milongas, y yo tengo que entender que en ese momento lo más importante es el baile, y nosotros pasamos a un segundo plano. Y me gustó porque me obliga a mí a cantar de una manera diferente, al compás para los bailarines, y genera una empatía con ellos porque no nos pone en la vereda de enfrente.

—Vereda en la que años atrás supiste estar.

—Sí, pero capaz por ignorancia o por una defensa un poco irracional de la música y nada más. Por suerte, y creo que a tiempo, comprendí que estamos todos en un mismo barco.

—¿Tu actividad constante en el exterior te hizo no quedar integrado al circuito local?

—Eso capaz que es porque yo soy un poquito chúcaro. No quiere decir que no tenga ganas de compartir con otros colegas; me gusta la soledad, pero me encanta el trabajo que están haciendo acá y estoy unido a ellos en pensamiento, aunque no esté en persona.

—Estuviste radicado un año en París. ¿Cómo fue eso?

—Tenía muchas ganas de vivir ahí y lo decidí sin pensarlo mucho, que creo que es la manera en la que hay que hacer las cosas. Fui con la base de una gira de un mes, y después empecé a trabajar. Disfruté mucho, pero viví la experiencia horrible de los atentados porque en todos, menos en el de Niza, estaba allá. Fue un aprendizaje, y ahí entendí lo lejos que estaba de casa.

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