Vaivenes de una carrera que supo ser meteórica y aún es trascendente.

Una terapia abierta a los oídos del mundo

Cuando salió como una tromba que se llevaba puesto lo que le pusieran adelante (con el segundo disco, The Slim Shady LP, en 1999) pocos imaginaban que se convertiría en el solista que más discos vendió en su país durante la década 2000-2010. Para empezar, era blanco.

Y el rap sigue siendo un asunto casi exclusivamente negro. Y para seguir, las letras de Eminem eran cualquier cosa antes que condescendientes o agradables. Con rimas en las que la misoginia, la homofobia, los insultos y la violencia predominaban, el éxito de Eminem parecía improbable. Pero lo logró. En parte, lo consiguió gracias a una casi inquietante capacidad de revestir sus furiosas diatribas de un ropaje atractivo.

Junto a Dr. Dre le daba los temas ritmos y estribillos irresistibles. Además, su manera de rapear es tal vez la más depurada técnicamente. Es rapidísimo, ingenioso y tiene una excelente dicción. Pero fueron sus letras las que fueron decisivas, no solo para meterlo en problemas (y generarle titulares), sino también para llevarlo a los más altos puestos de las listas de ventas. Porque a diferencia de la enorme mayoría de sus colegas, Eminem no rapeaba sobre su propio éxito, sino que hacía lo opuesto: fueron sus fracasos los que lo colocaron en la cima. Su fallida relación con la madre de su hija, el resentimiento hacia su madre, sus carencias como padre... Todo parecía parte de una gran sesión de terapia primal, donde el personaje ventilaba -entre alaridos de dolor y furia- todos sus complejos y rasgos más oscuros.

Aún así, siempre había lugar para el humor, por más que éste fuera tan negro como el alquitrán o diera cuenta de un machismo difícil de aceptar. Eso se ha perdido en la segunda parte de su trayectoria, y Eminem hoy suena más domesticado y adaptado a las convenciones.

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