La propia discoteca

De cómo la tapa de un disco de The Doors puede llevarle el rock a un crítico adolescente

El primer disco de la banda de Jim Morrison, una disquería en Buenos Aires y las cosas nunca serían igual

The Doors
The Doors, una banda de Los Angeles llena de poesía

En la primavera de 2011, durante uno de aquellos viajes familiares a Buenos Aires, descubrí a la música de The Doors. En una recorrida por El Ateneo, me desvié de los estantes llenos de libros y me aventuré en la sección de discos. Buceando en la batea de ofertas, me encontré con una tapa que me llamó la atención. Sobre un fondo oscuro, cuatro melenudos parecían mirarme a los ojos. Entre ellos, resaltaba la mirada de un hombre que transmitía misterio y seducción. Miré el precio —10 pesos argentinos, una ganga—, y lo compré sin dudarlo. Luego supe que se trataba de Jim Morrison y que The Doors era uno de los discos esenciales del rock.

Tuve que esperar a volver a Montevideo para escucharlo. Apenas puse el álbum en el equipo de audio, la rebeldía de esa portada cobró vida. “Break On Through (To the Other Side)” tenía una batería inspirada en la bossa nova, un riff de guitarra blusero e incluía un frenético solo de órgano.

Y por encima de todo estaba la voz de Morrison, una especie de crooner, que incitaba a la apertura de la mente.

A lo largo del disco, el órgano de Ray Manzarek generaba climas psicodélicos y oscuros que le daban personalidad a las letras poéticas de Morrison. Me terminaron de conquistar con “Light My Fire”, esa zapada de siete minutos cargada de aires lisérgicos.

Al final llega “The End”, los 12 minutos de suspenso más importantes de la historia del rock. Una perturbadora despedida de la niñez a cargo de un hombre que quería matar a su padre y tener sexo con su madre.

En 1967, The Doors revolucionó el sonido de una generación; en 2011, cambió mi manera de escuchar rock.


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