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Un sentimiento que lo soporta todo

Viajaron desde Argentina o acamparon en el Centenario: cualquier cosa por sus ídolos.

Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: F. Ponzetto
Fans de los Rolling Stones. Foto: L. Mainé
Fans de los Rolling Stones. Foto: L. Mainé
Fans de los Rolling Stones. Foto: L. Mainé
Fans de los Rolling Stones. Foto: L. Mainé
Fans de los Rolling Stones. Foto: L. Mainé
Fans de los Rolling Stones. Foto: L. Mainé

El lunes eran más de las 22.00 cuando los últimos fanáticos dejaron el Sofitel, cansados de esperar por un saludo de los Rolling Stones que no llegó. Se rumoreó que ayer por la mañana iban a asomarse al balcón, pero tampoco pasó. Algunos dicen haber visto a Ron Wood, pero la presencia de una figura masculina fue demasiado breve como para identificarla y registrarla.

No importó la poca exposición que tuvieron, a excepción de las salidas de Mick Jagger (ver página anterior). Hubo fanáticos desde las 07:00 en las afueras del Sofitel, que mantuvo un amplio vallado y un estricto control de seguridad, incluso con sus huéspedes.

Una treintena de personas anduvo merodeando y soportando el sol intenso; durante algunos minutos, una horda de argentinos provenientes de Mar del Plata enloqueció la zona, con el cántico de "Olé" que le dio nombre a esta gira.

Leonardo Hovsepian era uno de los pocos con la estética de los Stones por allí, usando una remera del Tattoo you. Si hubiese podido elegir una canción para que tocaran, elegiría una de ese álbum, justamente: Little T&A.

Escucha a los Stones desde los 12 o 13 años, "de la nada", ya que su padre escuchaba tango y su madre a Sandro. Los vio en Argentina en su última visita, 2006, y recuerda con claridad la famosa efervesencia del público. "El show es increíble. Me acuerdo que arrancó y me apretaban, es una masa que te asfixia", recordaba de aquel recital. Esperaba que el de Uruguay, al que iba a ir con su novia Natalia Cuña, fanática de Keith Richards, fuera más tranquilo.

Nahuel se vino de Avellaneda: llegó ayer de mañana, se fue al Estadio a levantar la entrada y de ahí directo al Sofitel. Fue a los últimos tres recitales de La Plata, y no descarta ir al show de Rio de Janeiro, aunque reconoce que es "carísimo" el viaje.

En Montevideo se encontró con su amiga Vanesa, quien llegó desde Rivera y a la que el argentino conoció en uno de los recitales de Paul McCartney.

En un hombro, Vanesa tiene tatuada la lengua stone; en una muñeca la firma de Paul McCartney y en los dedos de una mano la palabra "Paul", porque con esa mano lo logró tocar. Ezequiel cuenta que pudo conseguir un autógrafo del exbeatle, pero acercarse a los Stones es más difícil.

En el Estadio se cruzó con una pareja de ingleses de 50 o 60 años, que se dieron cuenta que era argentino y le confesaron: "estuvimos la semana pasada en dos shows y no sabíamos si mirar a los Rolling Stones o mirar al público".

El propio Jagger dijo en las redes sociales que los de la vecina orilla hacen "el mejor pogo del mundo", y unos miles vinieron a traer algo efervescente de esa energía a este lado.

"Yo tenía 12, 13 años; eran los 40 años de los Stones y habían sacado Forty Licks con Dont stop, dice Ezequiel sobre el origen de su pasión. Vanesa se contagió de adolescente, con Vodoo Lounge. Le gustan todas las de ese disco; se queda con Love is strong.

En el Centenario, pasado el mediodía, el movimiento era intenso. Los vendedores se esparcían por el Parque Batlle, y las colas iban creciendo en todos los pórticos; incluso en la boletería, donde muchos levantaban el ticket que habían comprado en internet.

Para entrar lo antes posible al sector de campo, los hermanos Wilmar y Gonzalo Piedra fueron a la medianoche del martes dispuestos a acampar. Jugaron al truco, tomaron mate, se turnaron con otros que fueron llegando o que estaban de antes (los primeros aparecieron sobre las 19:00) para descansar, y procurar alimento y bebida.

Iban a ver a los Stones por primera vez y no ocultaban su emoción: son cinco hermanos (uno no pudo estar, y sintieron su falta), y a todos les inculcó la misma pasión su tío Albert Liencres, que del otro lado de la fila conversaba con los demás.

Fueron a comprar las entradas para el recital el día que se pusieron a la venta, y esa vez también pasaron la noche esperando. Estuvieron en la cola 13 horas hasta lograr su objetivo, menos que esta vez.

Y, como aquella vez, los Piedra resaltaron la convivencia con el resto de los fanáticos, que hace que todo sea más llevadero. Incluso se hicieron "amigos" de un alemán que vino al concierto, intercambiaron mails y compartieron un buen rato. "Y eso lo generan los Stones", comentaron.

De hecho, a su lado está Ruben Brazeiro: lo conocieron hace horas y ya parecen familia. Ruben llama la atención porque es uno de los pocos mayores que se estuvo bancando el sol desde muy temprano.

Se alternó para hacer la cola con sus hijos y está entusiasmado con volver a ver a los Stones, banda a la que escucha desde que tiene tres o cuatro años. En su casa no se escuchaban; las primeras canciones le llegaron por un profesor de inglés. Toca la guitarra desde muy chico, todo por estos británicos. Y toca rock and roll, sólo rock.

Con una bandera de Nacional al cuello, Ruben se refiere a las canciones con los nombres con los que llegaban acá. Su favorita es "Saltarín", comenta: habla de Jumpin Jack Flash.

"Reniego de los últimos 20 años, porque ahora hacen otra cosa. Pero los primeros cuatro discos son los mejores: cuando desafinaban, se escuchaba todo horrible, pero eran canciones puras. Eso son los Stones", dice.

A Ruben, hombre de Carnaval, le llegó la invitación por medio de algunos amigos del ambiente para ir el lunes de noche a la casa del Lobo Núñez, donde Jagger bailó candombe. Y dijo que no: iba a ir al Teatro de Verano, y después se iba a dar una vuelta por el Estadio, donde sus hijos hacían cola para ver a los Stones. De noche esperaba cobrarse revancha, volviendo a ver a Jagger en el escenario.

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