CRÍTICA - CONCIERTO DE JOSÉ GONZÁLEZ

La segunda y regocijante visita de un sueco con pinta de latino

José González [****]. Sala: La Trastienda. Fecha: 11 de mayo

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Foto: Marcelo Bonjour

La segunda presentación en vivo de José González en Montevideo fue una confirmación de la buena impresión que había dejado cuando estuvo en 2007 en Sala Zitarrosa, como artista invitado de Juana Molina. A tantos años de su debut acá, González ha crecido considerablemente como artista, aún cuando su estilo no ha cambiado mucho.

De hecho, las canciones de González suenan casi igual ahora que en sus comienzos. Lo del cantante y compositor sueco va por el lado de los matices y los climas, no tanto por los radicales desvíos o rupturas con su propio pasado. Lo que sí es notorio es que en la actualidad González canta y toca con mucho mayor confianza.

El concierto empezó casi tímidamente, con el protagonista desgranando con serenidad composiciones de su más reciente disco, Vestiges & Claws, y también otras de su trayectoria, tanto de sus discos solistas como de los que graba con Junip, la banda que integra y que, para ser sincero, no se diferencia tanto de lo que hace por su cuenta.

A medida que González y su banda —dos percusionistas, un guitarrista y un tecladista— fueron recibiendo la aprobación de una sala casi llena, la intensidad en las canciones fue aumentando gradual y casi imperceptiblemente hasta llegar a niveles realmente inspirados. González es uno de los más personales guitarristas de la música ¿indie? de hoy. Su instrumento —que nunca abandona su torso y abdomen— es tanto acompañante como protagonista, y es un placer oírlo cuando, con los dedos ya bien calientes, recorre todo el mástil de la guitarra y las cuerdas chisporrotean con elegancia, precisión y swing.

La banda, en tanto, hizo un notable trabajo de apoyo a las canciones de González, logrando un sonido tan claro como contundente. A veces, el apego al estilo puede resultar un tanto monótono y la atención se va a pasear un ratito mientras él sigue ahí arriba. Pero casi siempre es un placer volver a las canciones, sobre todo cuando González acentúa el carácter de mantra que muchas de ellas tienen. Él, además, es uno de esos cantantes que no necesitan afectar su voz: las melodías parecen salir sin esfuerzo ni pretensiones de su garganta, aunque recorran varios registros, dependiendo del tema.

Luego de algo más de una hora, González se despidió del público con una sonrisa de oreja a oreja. Abajo del escenario, se repetía el mismo gesto en los rostros de la audiencia.

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