Él Mató a un policía motorizado

Santiago Motorizado: "Me da un poco de miedo esta exposición tan cruda"

Entrevista con el cantante de Él Mató a un Policía Motorizado, que toca hoy y mañana en La Trastienda

El Mató a un Policía Motorizado. Foto: Difusión
El Mató a un Policía Motorizado. Foto: Difusión

Él Mató a un Policía Motorizado toca hoy y mañana en La Trastienda, y aunque es algo que se repite con cierta frecuencia, siempre se celebra como un acontecimiento.

El quinteto platense que lidera Santiago Motorizado, y que está celebrando dos nominaciones a los Latin Grammy —a mejor álbum de rock, donde compite con No Te Va Gustar, y mejor canción de rock por “Ahora imagino cosas”—, viene con La síntesis O’Konor, un disco del año pasado que como los anteriores (o más) les ha traído satisfacciones personales, reconocimientos del exterior y, sobre todo, canciones preciosas.

El público uruguayo sabe de eso, y de ahí la avidez por volver a ver a los argentinos: quedan las últimas entradas en venta en Red UTS desde 785 pesos tanto para hoy viernes, noche en la que abren los argentinos Las Ligas Menores, como para mañana, con 107 Faunos, también argentinos, de invitados. Antes, Santiago Motorizado (en la foto, al centro) charló por teléfono con El País y reflexionó sobre los logros de su banda independiente, el fantasma de la industria, la fuerza de las letras, su forma de ser y sobre lo que vino con La síntesis O’Konor, un disco que si usted, lector, todavía no escuchó, no debería postergarlo más.

—Las últimas novedades de Él Mató a un Policía Motorizado tienen que ver con las nominaciones a los Latin Grammy. ¿Qué significa eso para ustedes?

—Es raro; es la primera vez que nos nominan a un premio tan importante. Está bueno cuando una banda como la nuestra, independiente, autogestionada, ocupa esos espacios que a priori parecen no pertenecerle, que parecen ser de la industria o las bandas del mainstream. Se abre el juego, y hay un público dando vueltas que se acerca a estas otras manifestaciones culturales. Esa es la parte más celebrable de esto, más allá de las cosas divertidas, como competir con Fito Páez y Bunbury.

—Además, para las bandas independientes que se miran en Él Mató, es una señal esperanzadora que ya no haya que acceder sí o sí a un sello, a un padrino.

—Totalmente, yo de chico odiaba eso. Hoy con las herramientas que puede tener una banda independiente, la cosa cambió. Pero cuando nosotros empezábamos y nos hacían una entrevista, nos preguntaban: “Bueno, ¿y cuál es el objetivo? ¿Ver si este disco te lo edita algún sello?”. Me molestaba que te lo preguntaran como si fuera el único camino posible, y me parecía horroroso que tu arte, algo tan propio, que siempre concebimos de una manera muy artesanal, en algún momento tenía que compartirse con un desconocido de la industria; me parecía una pesadilla. Pero hoy el camino de la independencia es mucho más viable.

—Y no es sólo compartir, es ceder completamente. Pensaba por ejemplo en los Divididos, que están regrabando para recuperar los derechos de su obra.

—Eso es increíble. Yo siempre hablé de la independencia y la industria sin saber, porque no tengo la experiencia de haber convivido con la industria en ese sentido. Y a veces uno exagera, como diciendo: son el mal, te exprimen, te matan; y corrés el riesgo de sonar medio cliché. Pero después ves cosas reales. Hace poco vi un video de Mariano Martínez, el cantante de Attaque 77, que le contaba a sus fans por qué se había retrasado el disco, y básicamente estaban peleados con la compañía, porque querían hacer un disco triple y a la compañía le parecía mucho gasto, y quería hacer uno solo. E imaginate que a una compañía millonaria no le cuesta nada hacer tres discos en un año, nada, y una banda como Attaque 77, que uno piensa que domina su arte al cien por ciento, tiene que pelear por esto. ¿Entonces qué le queda a los demás? Qué locura, qué locura todo eso.

—¿Qué fue lo más ambicioso que, desde la autogestión, se plantearon y lograron?

—Grabar este último disco, La síntesis O’Konor, en Estados Unidos, en un estudio importante que, descubrimos, salía parecido a un estudio en Buenos Aires. La apuesta era viajar, y tuvimos que deliberar un poco, pero lo decidimos como si fuera una aventura. Y valió la pena, porque con el resultado estuvimos muy conformes, pero es una inversión rara. Porque nosotros somos de la periferia de La Plata, de barrios de clase media, trabajadora, humilde. Eso no tiene ningún valor en sí, pero estas aventuras tienen el valor de llevarnos a esos comienzos, donde ni siquiera teníamos instrumentos. Y en lo individual le damos un valor extra.

"Estas aventuras tienen el valor de llevarnos a esos comienzos, donde ni siquiera teníamos instrumentos"

Santiago MotorizadoÉl Mató a un Policía Motorizado

—¿Y sentís que hubo algo consagratorio para Él Mató con La síntesis O’Konor?

—Siempre que sacamos un disco nuevo había un poquito más de expectativa que el anterior. Me acuerdo claro cuando sacamos Un millón de euros, el segundo EP, que las redes sociales de esa época eran, no sé, Fotolog, y estábamos anunciándolo y ya mucha gente —mucha gente para nuestras aspiraciones— nos escribía. Sí noté que con este disco se sumó mucha gente nueva, creo que porque está más prolijo a nivel sonoro, está más parecido a los estándares radiales.

—Pero hay algo en las letras, que al final no hablan del sentimiento sino de la sensación, de algo inmediato, que tiene que ver con la vida de hoy: nos pasan cosas que no sabemos qué son.

—Sí, siempre lo que genera la conexión son las canciones, no importa si grabaste en el mejor estudio del mundo. Cuando arrancamos con la banda, las letras me generaban un poco más de dificultad que hacer las melodías, pero con el tiempo me fui animando, fui encontrando ciertos estilos y formas, y descubrí esa conexión que por ahí no le había dado tanta importancia. Y ahora usan letras para las redes sociales, para dibujar, para tatuarse, y eso uno no lo planea, pero te genera una cosa muy satisfactoria.

—Una de las frases con más trascendencia de La síntesis... es “la depresión sin épica”. ¿Qué hay detrás de esa imagen?

—(Se ríe) No sé mucho cómo explicarlo. Una vez, hablando con un amigo, salió esa idea de este mal muy común, de que vivimos deprimidos. Vivimos en un mundo superhostil, y a la vez tenemos que continuar con nuestra rutina. Entonces la depresión hoy es tan común, que ya no la vemos como tal. Es como andar con una mochila, sin tiempo para consumir tu melancolía.

—¿Tus letras te presentan, o hay algo de personaje en Santiago Motorizado?

—No, son muy sinceras. Yo tengo la necesidad de escribir algo que realmente sienta, porque si no, no me sale y entro en un lugar incómodo. Me pasó cuando estábamos terminando el disco, escuchaba el corte final y me daba un poco de pánico, era muy triste. Por momentos me da un poco de miedo esta exposición tan cruda, pero es normal, es vergüenza. Y tampoco es para tanto. Pero en algunas canciones yo juego. En “Destrucción”, que tiene una cosa bastante pop, percusión, y es medio rara para lo que veníamos haciendo, exageré la letra de desamor en el sentido más pop. Pero en su profundidad es real.

—En el rock argentino hay mucho de “Destrucción”: canta el perdedor, que contrasta con la construcción del estereotipo de un frontman de rock.

—(Piensa) Las bandas argentinas que me gustan a mí, muchas abordan esa temática, pero en mi adolescencia consumí mucho punk, y el punk también tiene esa cosa de adolescencia medio romántica; y los Cadillacs, Calamaro, también el tango. Entonces ya es un problema de este país: hay una melancolía que atraviesa nuestro ser, todos nuestros inviernos.

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