"NUEVA NORMALIDAD"

Samantha Navarro inauguró ciclo en El Galpón: barbijos, butacas y "ciencia ficción"

Así funcionan los protocolos en salas de teatro en esta primera fase de vuelta de los espectáculos públicos en la pandemia del coronavirus

Samantha Navarro en Teatro El Galpón, en pandemia. Foto: Gentileza Samantha Navarro
Samantha Navarro en Teatro El Galpón, en pandemia. Foto: Papina de Palma

"Qué raro todo, che. Estamos en una película de ciencia ficción”, dijo en un momento de su show del lunes, en la Sala César Campodónico del Teatro El Galpón, Samantha Navarro. Parada al medio del amplio escenario y de frente a una sala igual de amplia, la cancionista miraba posiblemente a la platea más singular que le ha tocado ver en sus más de 20 años de recorrido. Y desde la segunda mitad de la platea, la vista tampoco era “normal”.

Las luces tenues generaban una suerte de velo en la paleta del rosa, que caía sobre los asientos y fomentaba una sensación de extrañeza y de vacío. Era un paisaje nuevo, como una ciudad a descubrir.

Sin embargo, al agudizar la vista aparecían aquí y allá las personas, los espectadores, sentados en las butacas cubiertas por una pieza de tela blanca y con barbijo, siempre con barbijo. Los asientos están dispuestos de dos en dos, para que aquellos que hayan venido juntos puedan compartir el espectáculo (eso aplica máximo para dos; grupos o familias numerosas deben separarse) y se mantenga una distancia adecuada entre desconocidos.

En esto que se ha llamado “nueva normalidad” y en la fase 0 del regreso de los espectáculos públicos, ver un recital en una sala de conciertos o en una sala de teatros es una experiencia bastante distinta.

Por un lado están los protocolos. Mientras que en recintos como La Trastienda, Sala del Museo o Magnolio Sala, cuya prioridad son los espectáculos de música, el espectador debe circular con tapabocas pero en su mesa puede quitárselo (son salas que expenden bebida y comida), en lugares como El Galpón hay que permanecer todo el rato con barbijo.

La otra diferencia esencial pasa por el escenario. Si inicialmente la primera fase estableció que no podían haber más de cuatro personas en escena en simultáneo y que aquellos que no cantaran debían estar de tapabocas, el protocolo que el gobierno aprobó para las salas de espectáculos —un término más amplio— permite que todos los artistas estén sin mascarilla al momento de la actuación. Además, habla de “la regla de una persona cada cinco metros cuadrados”, por lo que la cantidad de personas en escena, que no está específicamente restringida, se limita en función del metraje del escenario.

De ahí que Sala Zitarrosa, por ejemplo, tenga previsto recibir a la banda La Mujer Pájaro (un sexteto), o que el Coro y las orquestas del Sodre ya hayan retomado su actividad en el Auditorio Adela Reta.

Si bien los protocolos aplican a espacios físicos y no a tipos de eventos (lo mismo que se vio y vivió en El Galpón el lunes pasa cuando hay obras de teatro), hay características comunes como el control de temperatura al ingresar o el extremar las medidas de higiene. Y si bien la experiencia de permanecer de barbijo durante al menos una hora y media es más pintoresca que cómoda, un espacio como El Galpón permite un disfrute global del espectáculo más allá de exigencias.

Samantha Navarro y la lluvia fue el primero de un ciclo de espectáculos que la institución generó con el sello Ayuí, y que seguirá los próximos lunes con Gato Eduardo y Ricacosa, respectivamente. En formato trío con las guitarristas Mariana Vázquez y Julia Melo, y con los aportes de la trompetista Belén Algorta y las cantantes Papina de Palma y Carmen Pi, Navarro repasó clásicos de su repertorio -hubo varios temas del excelente disco Tengo recuperación de 2000-, temas de su flamante EP Primera isla y otros que está por estrenar, como “Bowie” o “Tanto”.

Su hijo Simón (foto) y sus dotes de bailarín fueron un complemento espontáneo que arrancó varios aplausos.

Con una apuesta mínima desde lo instrumental y con nuevos arreglos, Navarro probó que está en un gran momento como cantante. Y para el público, dudoso incluso a la hora de pararse al aplauso final (nunca queda claro qué se puede hacer y qué no en este momento), fue otra prueba de que si se superan las distracciones y rarezas y los nervios de la nueva normalidad y se conecta con la propuesta, la música hace lo suyo.

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