La previa de una visita histórica

Rolling Stones: rockeros que se burlan del tiempo

El País estuvo en el inicio de la gira de la banda que el 16 llegará a Montevideo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Los Rolling Stones confirmaron que son los mejores en lo que hacen. Foto: Reuters

Se tarda tres horas en avión en llegar a Santiago, con buen clima. Se tarda unos 20 minutos en ir del aeropuerto al centro de la ciudad, y otros 15 en ir desde ahí al barrio Ñuñoa. Con calor, sin agua para tomar y con mucha gente en las veredas, rodear caminando el Estadio Nacional de Chile debe llevar entre 20 y 30 minutos, que parecen eternos. Calcular el tiempo que se necesita para asimilar lo que significa ver un show de los Rolling Stones en vivo es una misión imposible.Sin embargo, el día antes de que se inaugure la esperada gira latinoamericana de la banda de rock británica, la capital está tranquila. Cientos de personas caminan por las calles y resulta abrumador para una uruguaya que, cualquier día con descuentos, padece caminar por la Avenida 18 de Julio. Para los chilenos y los argentinos que están de visita no hay nadie; en febrero, dicen, Santiago es una ciudad fantasma, ya que sus habitantes toman vacaciones.

Quienes circulan por la Alameda (que en realidad se llama Avenida Libertador General Bernardo OHiggins y es la vía principal) siempre a paso rápido, no parecen ni enterados de que a algunos kilómetros de allí Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts, descansan y preparan el primer recital que darán en Santiago en 21 años.

Ni siquiera se percatan de los afiches pálidos que resisten en algunas paredes, o de los anuncios que aparecen en las pantallas que se despliegan en los enormes edificios. Nada. La banda sonora de la calle es reggaetón y por la noche, en la zona de bares del barrio Bellavista, no hay ni señales de rock británico: los gritos de los fanáticos de la Universidad de Chile, que verían a su equipo caer ante el River de Juan Ramón Carrasco por la Copa Libertadores, se mezclan con las canciones de Pitbull, Bruno Mars y lo más pesado del metal. Es como si la ciudad quisiera guardar un secreto, dejar que las más de 50 mil personas que irán al recital conserven sus ilusiones bien intactas.

El lunes, cuando los cuatro Stones fueron al Estadio a probar sonido y bajaron de los autos para saludar con cortesía al público y a la prensa, había poca gente. El entorno del hotel San Cristóbal Tower, donde los músicos se alojaron próximos al cerro homónimo, tampoco se vio demasiado alterado durante su larga estadía de cuatro noches.

De hecho, hubo entradas en venta hasta minutos antes del concierto (y varios rezagados comprando) y las localidades no se agotaron, como en Montevideo. Está claro que el público argentino es más rolinga: en La Plata darán tres shows (el primero es esta noche) y las entradas se terminaron en horas.

Pero el miércoles se inaugura la América Latina Olé Tour y, ese día sí, el paisaje de Santiago es diferente, como si la ansiedad sólo pudiera liberarse a último momento. Desde el hotel se escucha desde temprano a una banda que hace covers de The Beatles; por lo menos el clima se templa. Y las remeras con lenguas empiezan a reproducirse. Quienes las usan hablan español (con acentos varios), portugués o inglés, y cuando se cruzan se miran cómplices y sonríen.

En la tarde ya es bastante difícil llegar a Ñuñoa. Hay que tener paciencia y dinero para comprar bebida: hace calor y el sol, en calles sin sombra, es insoportable. El público forma larguísimas colas afuera del Estadio Nacional y los vendedores ofrecen de todo: desde agua mineral a energizante, de fajitas vegetarianas a vinchas, de imanes a galletas de cannabis "para alucinar con el show". El primer logro es entrar al predio porque ahí sí se escuchan las canciones de los Rolling Stones y eso sólo quiere decir una cosa: en horas empezará un show muy esperado.

¿Valdrá la pena?

Show.

Como pasa en Argentina con La Beriso y Ciro y los Persas, la banda que telonea en Chile a los Stones está más que consagrada. Es Los Tres, la del hit de MTV "Déjate caer", y el público la recibe con entusiasmo a pesar de que a las 19.30 todavía es de día. Dan un buen show y hacen bailar con la presencia de Macha, el cantante del grupo Chico Trujillo.

Cuando se van, decenas de personas empiezan a caminar de aquí para allá en el escenario. Un hombre cruza la pasarela que se cuela entre la gente del segundo sector vip y arenga a las masas, llevándose aplausos. Luego pasa una chica de amplia sonrisa, y registra todo con su celular. Atrás, un muchacho trepa cual mono una columna para ajustar detalles en las alturas, y se aprecia un perchero de camisas coloridas que luego irá usando Jagger. Para las 21.10 la ansiedad ya no se soporta, y cualquier movimiento altera los nervios.

Poco después las luces se apagan completamente y un video acelera el pulso. Cuando termina, la pantalla da la bienvenida a Chile y una voz hace un anuncio legendario: "Ladies and Gentlemen: The Rolling Stones!". De repente la banda está en el escenario y, entre gritos, estallan los acordes de "Start me up". Con una chaqueta brillante Mick Jagger empieza a desparramar su baile de aquí para allá, y es la única vez en la que la voz se le pierde, como si estuviera distraído. Después, su performance es tan impecable (ver recuadro 2) que hay que plantearse (en serio) si pertenece a este planeta.

Todo lo que compete a los Stones es impecable. El escenario, de grandes dimensiones y con un decorado multicolor y tribal; las pantallas de alta definición que garantizan que todos en el estadio vean bien; el sonido, el colorido, las visuales, el timing, la dinámica: nada tiene fallas. Tampoco hay exageraciones: los fuegos artificiales prometidos abren y cierran el concierto, pero luego el impacto lo logra la banda en su totalidad (ver recuadro 1).

El repertorio es arrollador. La única balada ("nos ponemos románticos", anuncia Jagger) es "Wild horses", y el resto obliga a bailar, con mayor o menor intensidad. Sorprenden con "Out of control"; encantan con "Shes a rainbow", la elegida por voto popular en las redes sociales; Keith Richards tiene su momento de la noche (como si fuera solo uno) con "You got the silver" y "Happy", en el que el cantante le cede todo el protagonismo. No dan respiro. Ellos no se dan respiro.

Y no les pesa. La maquinaria stone no falla, es cierto. Los colores llaman la atención, también. No se puede creer que tengan 70 años, sí. Pero lo mejor de ver a los Stones en vivo es ser parte de su complicidad, que basta para entender que esto no es solo un negocio: lo están disfrutando. Como si fuera la primera vez, quizás, o aun más. Cuando Ron Wood cierra los ojos y hace fuerza sobre su guitarra; cuando Richards toca con suavidad y, de repente, regala una sonrisa de costado; cuando Jagger se engancha el micrófono en el pantalón para dejar sus manos libres, cuando se levanta la remera motivado por algún instinto animal. Cuando se juntan con el resto de los músicos para bailar, como si estuvieran en algún bar de Londres, "Brown sugar" (la última antes del bis).

Antes de "Brown sugar" pasan, una tras otra, "Gimme shelter" con un desempeño brillante de la debutante corista Sasha Allen, a quien en los primeros planos se le notan las lágrimas en los ojos; "Jumpin Jack Flash" y "Sympathy for the devil". ¿Cómo ponerlo en palabras? Es realmente difícil.

Los Stones se van del escenario, las luces se apagan otra vez y antes de encenderse se siente al coro de Estudio Coral entonar los primeros versos de "You cant always get what you want". La banda se integra y en conjunto, con el público cantando el estribillo como si fuera un himno, se vive el momento más emotivo de la noche. Sólo queda la explosión de "Satisfaction" y otra vez los fuegos artificiales. Ahora sí, dos horas y algo más después, es el final.

Muchos de los que aflojamos músculos y emociones para emprender la larga retirada del Estadio Nacional, acabamos de ver nuestro primer show de los Rolling Stones en vivo. Y la sensación es intensa, pero seguramente se repita en los que los acaban de ver por segunda, tercera, cuarta vez. Es una mezcla de felicidad con escepticismo; estos señores tienen que haber hecho un pacto con el diablo, aunque no creamos en su existencia. No pueden hacer lo que hacen teniendo esa edad, habiendo vivido esa vida de excesos.

Se tarda más de una hora en volver del recital al centro de Santiago, dos horas en volver a Uruguay, mucho más en asimilar lo vivido. En nueve días estarán en Montevideo y Uruguay recibirá, en un acontecimiento importante, a la mejor banda del mundo. Sepan que la entrada vale cada costoso centavo.

Una banda a la que le sobra virtud.

Más allá del estilo, la actitud y las buenas canciones, lo que ha hecho que los Rolling Stones sigan tocando todavía es el talento de cada uno. Pero además de ellos cuatro, en el escenario los acompañan otros músicos más que talentosos, que están en esta gira.

El tecladista Chuck Leavell, casi un quinto stone, está con la banda desde 1982 y oficia de director musical. El bajista Darryl Jones los acompaña desde 1994 y logra lucirse al lado de esas cuatro figuras. En los coros está Bernard Fowler (quien hace algunos años estuvo en Uruguay como invitado de Charly García) y en Chile debutó Sasha Allen en reemplazo de Lisa Fischer, que brilló sobre todo en "Gimme shelter". Además, el saxofonista Karl Denson destacó con "Brown sugar", y lo acompañó el trompetista Tim Ries.

Mick Jagger: un frontman al que le sobra oficio.

Si los Rolling Stones son la mejor banda de rock del mundo, Mick Jagger es el mejor frontman. En escena, es el líder absoluto de la banda: queda claro cuando presenta uno a uno a los músicos, incluso a sus eternos compañeros de ruta, y su nombre es el único que a nadie se le ocurre decir.

Basta ver videos en internet para saber cómo es Jagger en un show. Corre de un lado al otro (parece que vuela sobre la pasarela con la que se acerca al público), baila a su extravagante y sensual manera, se levanta la remera negra, se coloca el micrófono dentro del pantalón, agita las manos al cielo, boxea al aire.

Tiene una dinámica impresionante, y también una resistencia. Porque mientras lleva a cabo todo ese despliegue físico canta igual de bien que siempre, y no desafina. No en vano entrena a diario: para esta gira, en cada estadio pidió que se monte una zona para correr, y si hay una cancha de básquetbol o una pista de atletismo cerca, mejor.

Pero lo que no se alcanza a ver en videos es el carisma que tiene este hombre. Lejos de ser una estrella de rock fría, que por el solo peso de su nombre siente que puede tomar distancia del mundo que lo rodea, Jagger es cálido e incluso cariñoso.

En Santiago habló mucho y casi siempre en español. Lo hizo con gracia, demostrando que había estudiado para no hacer papelones, y con eso logró que el público lo quisiera aún más de lo que lo quiere.

No necesitó agarrar ninguna bandera chilena o ponerse una camiseta de la selección (se veían varias entre la multitud). Tampoco prometió volver ni dijo que el chileno es el mejor público del mundo. No necesita nada de eso.

Sin embargo, usó el lenguaje popular de Chile y tocó los temas necesarios para obtener una buena respuesta.

"Hola cabros", fue uno de sus primeros saludos a la audiencia. "Es bacán estar aquí", añadió, y bromeó respecto a la cantidad de "edificios fálicos" que han aparecido en Santiago en estos 21 años que llevaban sin tocar allí.

Después dijo que les gustaba estar de vuelta en el Estadio Nacional de Santiago, con una historia "tan accidentada". El comentario tuvo que ver con que esa cancha fue la cárcel más grande durante la dictadura de Augusto Pinochet, pero Jagger esquivó el tema con picardía y agregó: "¡Cómo que no! ¿Y la Copa América?". Risas, aplausos.

Aunque la prensa no logró ver a los Stones en ningún punto de la ciudad, el cantante aseguró que hicieron actividades culturales. Contó que fueron a la casa de Pablo Neruda y a un café con piernas (famoso negocio chileno donde atienden mujeres sensuales), y que adoptaron a cuatro perros "quiltros", callejeros.

Pero el chiste más efectivo fue el que usó para presentar a Ron Wood como "el verdadero modelo de El Pilucho". Hablaba del Discóbolo del Estadio Nacional, la estatua de un hombre sin ropa que se puede ver afuera de la cancha. Para los chilenos, "pilucho" es estar desnudo y Wood, por ser el más joven de los cuatro, se ha convertido en una suerte de sex symbol. Aunque por todo esto, los suspiros se los sigue llevando Jagger, un veterano bastante seductor.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)