ANIVERSARIO

Rodrigo Bueno: El Potro cordobés y cuartetero que hace veinte años se volvió mito

El 24 de junio de 2000, Rodrigo Bueno, El Potro, moría en un accidente de tránsito. La historia de un artista que soñó en grande y dejó un legado

Rodrigo Bueno, El Potro, en el Hotel Conrad en el año 2000. Foto: Archivo El País
Rodrigo Bueno, El Potro, en el Hotel Conrad en el año 2000. Foto: Archivo El País

Rodrigo tenía la desfachatez verborrágica del que se escuda atrás del ingenio y del humor para ser impenetrable, intocable, impune. Disparaba una otra vez, retrucaba cuando lo ponían contra las cuerdas, pero nunca perdía el protagonismo. Con ese carisma irresistible, hizo que Córdoba y el vino, la joda, los bailes, el fernet, el acento como marca registrada estuvieran en las gargantas de todos los “porteños” ajenos a un fenómeno histórico de tierra adentro, y de ahí lo expandió a una región que no pudo resistirse a su fuerza y a sus encantos. Un par de compases de ese ritmo conocido como “tunga tunga” y cualquiera se lanzaba a la pista con pasitos cortos hacia adelante y hacia atrás, un vaivén rápido de cadera, los brazos abiertos y la sonrisa pintada. Un par de compases y Córdoba se metía —se mete— en la piel aunque no supiéramos ni en qué parte del mapa argentino se ubicaba.

Rodrigo Alejandro Bueno, ojos claros y mirada penetrante, rasgos marcados —mentón cuadrado, labios gruesos, cejas tupidas, dientes separados— y voz ronca, ganó exposición a mediados de los noventa y en pocos años cambió la realidad de la música bailable argentina. Rodrigo, El Potro, hizo masiva una expresión folclórica y tuvo los escándalos, las adicciones, los privilegios y los dramas (de contratos nefastos a amenazas de muerte) propios de un rockstar. Sus éxitos quedaron grabados a fuego en varias generaciones y su muerte temprana el 24 de junio del 2000, hace ahora 20 años, llevó su figura de ídolo al estatus de mito.

Rodrigo Bueno
Rodrigo Bueno, El Potro. Foto: Captura de YouTube

Ángel, le dicen. Lo suyo fue ángel sobre toda diferencia social.

La historia dice que un día la maestra le dijo a la madre de Rodrigo, Beatriz Olave, que el nene le distorsionaba todo el grupo porque se pasaba cantando. Que lo cambiara de colegio o lo mandara a estudiar canto de una vez. El chico, hijo de un productor musical (Eduardo “Pichín” Bueno) y de una fanática de La Mona Jiménez, había nacido para ser artista. Lo sabía y aunque sus primeros intentos no fueron prometedores, no se frenó.

En el camino a la fama, Rodrigo rozó el rock, hizo salsa, tuvo pelo larguísimo, cargó con el apodo de El Bebote, editó un par de álbumes de menor trascendencia y sufrió la muerte repentina de su padre. El quiebre, ya con José Luis Gozalo como mánager, vino con “Lo mejor del amor”. Rodrigo era cordobés y nadie mejor que él para intentar pegarla en la capital con el cuarteto. La Mona Jiménez, para ese entonces, ya había allanado el camino con el éxito de “¿Quién se ha tomado todo el vino?”, pero había más terreno que conquistar y eso quedaría probado años después.

Ya convertido en El Potro y de la mano del sello Magenta después de un derrotero por otras discográficas, Sony incluida, en 1996 editó Lo mejor del amor y su historia cambió. El impulso que le dieron su versión de “Himno del cucumelo” de Las Manos de Filippi y el propio “Lo mejor del amor” lo aprovecharía para capitalizar un repertorio, en gran mayoría escrito por su hermano Flavio, lleno de amores clandestinos, pasiones inolvidables y relaciones imposibles.

Ella multimillonaria y él, vago atorrante; él, que no sabe cómo decirle a su mujer que ya no la quiere más; y así. Rodrigo cantaba romance con trasfondo y se metía a la clase media en el bolsillo, y de ahí para arriba. “Ocho cuarenta”, “Y voló, voló”, ““Amor clasificado”, “Cómo olvidarla”, “Cómo le digo” o “Fuego y pasión” se cruzaban con clásicos reversionados del Paz Martínez, odas a Diego Maradona o referencias al cancionero de Charly García, todo con arrabal, con barro. Más argentino no había.

“Esto no lo hago por Rodrigo ni por (su padre) Pichín, lo hago por el cuarteto. Yo quería tener un lugarcito en esta música folclórica de Córdoba que es el cuarteto, y eso no se paga con nada”, le dijo en 1999 a CMTV. Para ese entonces ya era el cuartetero más famoso de Argentina y todavía faltaba el pico más alto de su recorrido: el cuádruple Disco de Platino en menos de un mes para su álbum en vivo A 2000 más la seguidilla récord de 13 actuaciones en el Luna Park, con el escenario vestido de ring de boxeo y con él defendiendo sin rival el título de campeón argentino del cuarteto. El título, 20 años después, sigue siendo suyo.

A Rodrigo, el afán de tener un lugar impagable en el mundo del cuarteto le valió amistades famosas, romances explosivos, megaproducciones fotográficas para tapas de revistas, invitaciones a los programas más importantes de la televisión argentina, contactos influyentes, vuelos en aviones privados, dinero (pero no tanto; la mayoría se lo llevaron su disquera y su representante). Y le costó. Le costó el huracán mediático de su madre, la vida familiar, las amenazas (de balazos en lo de Olave a botellazos en los shows), las notas periodísticas que lo destrozaban, el celo feroz de sus colegas y del ambiente de las bailantas, las adicciones, la pérdida de control, la sobreexposición y, dicen algunos, la muerte. El accidente en el que falleció justo a los 27 (como varios artistas) siempre fue un asunto turbio, y aunque el conductor del vehículo que encerró su camioneta aquella madrugada fue condenado y se suicidó en 2013, quedó en el aire la sospecha de que lo que pasó fue más que fatalidad.

Rodrigo había prometido retirarse, harto de todo lo malo que había venido con todo lo bueno y, sobre todo, harto de los “puteríos”. “El Potro no se va”, se escucha entre tema y tema del registro en vivo de uno de sus shows del Luna Park disponible en Spotify, el coro espontáneo de una multitud que lo veneraba. Rodrigo fue un ídolo de masas que con energía de rock y un desparpajo encantador, le dio al cuarteto una estatura inesperada.

Su sueño fue hacerse un lugar en la música folclórica de su provincia, y eso no se pagaba con nada.

Veinte años después, y eso no lo supo, decir Rodrigo es decir cuarteto.

2000

“Me retiro para valorarme un poquito más”

En el medio de esa inusual racha del Luna Park, Rodrigo resolvió anunciar un retiro previsto para fines de 2000. “Me retiro con el título en la mano, pero eso no significa que no siga grabando discos en un futuro. Me retiro para valorarme un poquito más. Para darme cuenta desde afuera todo lo que hice. Necesito emocionarme cuando vea esto, porque no he tenido tiempo de emocionarme con las cosas que me pasaron”, decía entonces. “Me retiro porque no me gusta cómo están manoseando la música que hago y defiendo hace 10 años. Llevé el cuarteto a lo más alto y ahora quiero ver cómo lo mantienen. No puedo estar bien con este tipo de puteríos, no me gustan”, añadía, mientras le “devolvía” el título de dueño del cuarteto a La Mona Jiménez. “No me retiro porque me hayan amenazado. Si me hubieran amenazado, ni a palos me voy”, aseguraba Rodrigo.

Rodrigo, que tenía pactada una actuación en el Cilindro Municipal para ese mismo año y en mayo se había presentado en el Conrad, no llevaba cinturón de seguridad y murió en el acto en el accidente del 24 de junio de 2000. Tenía 27 años, un hijo de tres, una veintena de shows por semana y la dimensión y el potencial como para seguir apuntándose logros impensados.

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