Crítica

Reseña: Roger Waters trajo al Centenario una película que no se repetirá

El sábado en el Centenario, 40.000 personas vivimos una experiencia musical insólita

Roger Waters en Montevideo. Foto: Leonardo Mainé
Roger Waters en Montevideo. Foto: Leonardo Mainé

Los disparos. Las voces horribles salidas de una pesadilla. Unos visuales tan estimulantes que son imposibles de abarcar, que resultan abrumadores. El rock and roll. Una guitarra que no estará tocada por David Gilmour, pero que igual se mete por debajo de la piel y llega al corazón. Las coristas salidas de alguna vieja película futurista. El gran concierto en el cielo. La crisis humanitaria. Las chimeneas humeantes, el chancho que vuela, la pirámide sobre nuestras cabezas. El Hammond en “Welcome to the Machine” que se infiltra en la mente de manera inconsciente. La resistencia, la permanencia, la conciencia.

¿De qué está hecho un show como el que Roger Waters presentó el sábado de noche en el Estadio Centenario? De millones de dólares, obvio: los detractores del costado más político de Waters no se cansan de recordarlo en las redes sociales. De tecnología de avanzada, del trabajo fino de un montón de gente y del diseño milimétrico que no da lugar a fallas, de canciones históricas, de cada uno de los elementos mencionados en las primeras líneas de esta crónica. Pero por encima de eso, un show como este está hecho de sustancia, de concepto: acá, cada movimiento y cada sonido y cada pieza están puestas para decir algo, para generar impacto.

El mensaje explícito es que hay que resistir y dar batalla ante las atrocidades del mundo. El implícito es que en lo más profundo de cada uno, la música es, quizás, la única cosa que puede salvarnos, que puede rescatarnos ante la desesperanza.

Esa línea conceptual atravesó toda la presentación de Waters y su banda desde que, a las 21.00, la proyección de una mujer sentada de espaldas a la cámara y de frente al mar, sola con el sonido del viento y el agua y los pájaros que poco a poco nos envolvió a todos; y hasta que esa mujer, al final, encontró la compañía y recuperó la sonrisa, y nos dejó a todos un poco más tranquilos, menos perturbados.

Lo del sábado fue una película que nunca más se repetirá, con 40.000 espectadores que a la vez fuimos extras en una experiencia monumental, que rondó las tres horas y tuvo lo que cualquiera podía esperar de una presentación de Roger Waters, amante de las puestas en escena así de ambiciosas. Y tuvo mucho más: a esta sociedad a la que todo le entra por los ojos, Waters y su equipo le dieron la pantalla gigante más larga que se ha visto en el país, luces, fuegos artificiales, láser. Pero le dieron otro factor diferencial: un sistema de sonido envolvente con torres distribuidas por todo el Estadio Centenario, que fue capaz de hacernos llegar desde cada frente una sólida construcción de paisajes sonoros que invitaba, aún cuando había tanto para mirar, a cerrar los ojos para tratar de conectar con aquello que le da origen y sustento al megadespliegue de parafernalia.

Y si bien toda esa tecnología estuvo puesta al servicio de un gran espectáculo, vino de la mano de un discurso social y político tan estremecedor, que no se podía consumir como entretenimiento. Hubo momentos en los que lo que estimuló a cada sentido fue tanto, tan contundente y requirió de tanta atención, que la conexión emocional con la canción, más allá de la forma en la que estaba presentada, fue confusa.

En el escenario, sin embargo, todo fue claro. Waters prescindió de palabras y apenas dio un discurso de cuatro minutos, porque todo su mensaje de resistencia; de rechazo a la guerra, a las fuerzas militares y al avance de la derecha; está clarísimo en la música y la puesta.

“Another Brick in the Wall”, con su carga histórica y la participación de los chicos del coro Giraluna, fue el momento en el que ese mensaje que propaga hace por lo menos 50 años, tomó forma física y nos obligó a gritar y a levantar el puño. Los registros en mi celular me erizan la piel.

En lo musical, Waters destacó sobre todo cuando le tocó el turno a las líneas de bajo más icónicas de Pink Floyd (“One of These Days”, “Money”), y además tocó la guitarra, recorrió el escenario arengando a un público quieto; y cantó con corrección y con el respaldo de los también buenos guitarristas Jonathan Wilson y Dave Kilminster (el solo de “Time” fue un momentazo), y las coristas Jess Wolfe y Holly Laessig, que brillaron en “The Great Gig in the Sky”. Su figura alta y flaca y su sonrisa algo cínica, se impuso en el escenario donde un par de veces se involucró en lo teatral.

La banda, siempre impecable, se ajustó a las versiones originales y en “Pigs”, ahora resignificada como un manifiesto contra Donald Trump, alcanzó su momento cumbre. El final con “Comfortably Numb” fue simplemente demoledor.

El ejercicio de bajar tanta sensación a las líneas de esta página es ingrato, y no importa el esfuerzo que haya detrás. No sé cuánto tiempo me va a llevar ordenar, mental y sentimentalmente, lo vivido el sábado de noche. Sí sé que lo que sentí cuando sonaron “The Great Gig in the Sky” y “Wish You Were Here”, sólo lo puedo comparar con aquel día de 2014 en que Paul McCartney cantó “Hey Jude”, sobre esa misma tribuna.

Ante manifestaciones así, ante semejante belleza, mezcla de nostalgia y de extrañar a los que no están y de entrega y algo de esperanza por un futuro mejor, uno se siente tan pequeño, tan insignificante, que entiende que si no hay música ni ganas de dar una batalla colectiva, es mejor que no haya nada.

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