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Radiohead en Argentina: la anti fórmula del rock de estadios

El sábado, el grupo de Thom Yorke se presentó en Tecnópolis ante 40 mil personas

Radiohead
Radiohead en su gira en Sudamérica. Foto: EFE

Silencio. El escenario está vacío. Una melodía comienza a sonar en los parlantes. Es “Treefingers”, una canción instrumental del disco Kid A (2000). El escenario sigue vacío. Así empieza el regreso de Radiohead a nueve años de su última presentación en Argentina: sin ellos, con una canción reproducida desde una computadora. Cinco minutos, 10, 20, 30. El tema se expande en el tiempo como un loop infinito. Silencio otra vez. El telón negro del fondo se cae y Thom Yorke aparece junto a sus compañeros —en formato de sexteto, con dos bateristas— para dar comienzo a “Daydreaming”. Un estallido de luces blancas acompaña al piano fantasmal de Yorke en el principio del tema, mientras se acerca al micrófono para soltar sus primeras palabras: “soñadores, ellos nunca aprenden”.

Siguen “Full Stop” —otra de A Moon Shape Pool, el disco que están presentando en Sudamérica; ya estuvieron en Santiago de Chile y Buenos Aires, ayer les tocó Lima, y después Río de Janeiro, San Pablo y Bogotá— y “15 Step”, en la que Yorke abandona el piano para agarrar el micrófono con una mano mientras se pone a ¿bailar? dando pequeños saltos frenéticos. No hay saludo. No hay un: “tanto tiempo sin vernos”, ni un: “perdón por tardar tanto en volver”, ni tampoco lo habrá en las dos horas y media de show. La demagogia no es un arma a utilizar en el arsenal del grupo.

A diferencia de la mayoría de los shows de estadios actuales, que se sostienen con fuegos artificiales y alabanzas al público, la presentación de Radiohead descansa en su obra. Yorke no se pondrá la camiseta de Argentina, no caminará entre sus fans ni dirá que Buenos Aires es la mejor ciudad del mundo. No necesita hacerlo.

El sonido es impecable, lo que lleva a pensar que si Radiohead puede hacer un show de alta fidelidad al aire libre, escucharlos en un teatro o en una sala cerrada debe ser una experiencia no apta para melómanos. En vivo, Radiohead es un experimento. Con cada canción, pequeñas poesías malditas, la banda dibuja un paisaje sonoro que se instala unos minutos y que se destruye en el tema siguiente.

En ese juego de construcción y deconstrucción de los géneros musicales, los espectadores transitan un vals hipnótico que pasa por la electrónica —“Everything In Its Right Place”—, la psicodelia —“The Numbers”—, el grunge —“My Iron Lung”— y el jazz —“Bloom”—.

Thom Yorke
Thom Yorke de Radiohead, en su gira sudamericana. Foto: EFE

“No queremos que nadie se lastime”, dice Yorke en medio del show, después de ver caer una valla ante la presión del público, lo que lo lleva a detener al resto de sus compañeros al comienzo de “The Gloaming”.

¿El recital estaba sobrevendido? Fue una de las preguntas que más iba a circular en las redes sociales horas después. Las 200 personas en la puerta que habían comprado entradas truchas —duplicadas, hasta con un comprobante de compra falso— y el poco lugar en el predio —filas interminables para los baños, filas interminables para comprar— hacen sospechar que sí. A pesar de las buenas intenciones de Yorke, que cantó a capella una parte de ese tema de Hail to the Thief (2003) que dejaron por la mitad, la espera de 15 minutos enfrió el ambiente. Una sensación que se repitió con los silencios prolongados de dos o tres minutos que aparecieron entre tema y tema.

Después del parate, llega la segunda parte del show en la que resaltan “Feral”, “Desert Island Disk”, “Exit Music (for a Film)”, “Present Tense” y “Idioteque”, que sirven como interludio de un final sorpresivo.

Siguiendo su lógica ilógica, Radiohead decide terminar la noche con dos hits, en un recital con un setlist en el que prevalecieron los lados menos visitados de sus discos. “Paranoid Android” y “Creep” son el mejor ejemplo de que dentro de los recitales de rock, para Radiohead, dos más dos es igual a cinco.

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