MÚSICA

Prince: el último excéntrico de la música

De visita en Paisley Park, refugio de uno de los músicos negros más grandes de la historia.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Prince

Lucy, la recepcionista del Country Inn and Suites de Chanhassen, Minnesota, se ríe. Es el tercer cambio para la cita con el taxi en apenas dos horas. "No te preocupes, puede hacerlo 10 veces más si quiere. Es Prince", dice.

No es que los retrasos sean sorprendentes. Prince ha cultivado siempre esa imagen: brillante y esquivo genio, virtuoso en docenas de instrumentos, que apenas habla ni mira a nadie a los ojos. Un ser que solo piensa en su arte, que solo él puede crear. Y la prensa no encaja en esas coordenadas.

Parece disfrutar jugando al gato y al ratón. Desperdigados por los hoteles de la zona hay cinco periodistas de cinco países. La convocatoria ha sido precipitada y vaga y llegó con dos días de antelación: Si queríamos "encontrarnos" con Prince, había que estar a las cinco de la tarde del sábado en Paisley Park. Sin grabador. Solo papel y bolígrafo. Nos dirá después: "Hice un brainstorming hace dos noches y pensé: Traigo unos cuantos periodistas, les digo que no cuenten nada, y al día siguiente lo sabrá todo el mundo. Pero amo a los críticos, porque ellos me aman. No bromeo. Mira, todo el mundo nota cuando alguien es perezoso, y ahora, con Internet, es imposible que un redactor lo sea, porque todos le señalarán. Ahora es embarazoso decir algo falso. Conviene decir la verdad".

Estamos en Chanhassen, un pueblo de 20.000 habitantes a unos 30 minutos e la urbe que componen Minneapolis y St. Paul, donde nació Prince Rogers Nelson en 1958. Un chico bajito, hijo de un pianista y una vocalista de jazz, ambos negros. Todo el mundo aquí conoce Paisley Park, un complejo de tres estudios de grabación y dos salas de conciertos. Lo más excitante que le ha pasado en 30 años a la localidad. Prince lo abrió en 1985, en el cenit de su fama. En 1984 amenazó a Warner con no renovar su contrato si no le dejaban protagonizar una película. Aparecer en la pantalla le parecía la forma de llegar a un público más heterogéneo. La multinacional prefirió concederle el capricho antes que dejarle escapar. El resultado fue Purple Rain: 20 millones de copias, Oscar a la mejor banda sonora. Y su conversión en un artista negro para todos los públicos. Fue tan grande como Michael Jackson.

El último gran excéntrico del rock, ayer dio un concierto en su feudo, cuentan. Uno de esos shows sorpresa que hace convocando por Twitter. "Va por rachas. En los últimos meses lo hizo mucho. Debe de llevar 10 o 12", cuenta uno de los camareros de un bar del pueblo.

"Cuando se fueron todos, estuve en el escenario tocando y cantando solo para mí otras tres horas. Y fue maravilloso", dirá luego Prince. Había entrado en lo que llama "la zona". "No podía parar. Es como experimentar que has abandonado tu cuerpo. Como estar sentado entre el público viéndote a ti mismo. Eso es lo que quieres. Trascender. Y cuando eso sucede…", hace un gesto con la cabeza y suelta, "oh, muchacho".

Parece de lo más cómodo y relajado. Lleva un rato sentado al piano en uno de los escenarios de Paisley Park. Ha aparecido de repente y está desgranando sus teorías sobre la música, la industria y su próxima gira. Un tour solo con piano por capitales europeas que suspenderá poco antes de su comienzo por los atentados de París.

Ni por asomo se diría que tiene 57 años. Parece mucho más joven, quizá 40. Incluso menos. Aunque es posible que ese aspecto se lo dé la luz tenue que ilumina la sala. Lleva un peinado afro, y va de blanco de arriba abajo con lo que parece la versión pijama de esos quimonos de Elvis en Las Vegas. Calza sandalias blancas de plataforma con calcetines blancos, una combinación singular.

Y es inevitable mirar, porque estoy, literalmente, a los pies de Prince. La entrevista consiste en recostarnos sobre un escenario mientras él toca el piano. La situación recuerda una de esas láminas en las que Cristo habla a discípulos que le escuchan arrobados.

En un pasillo, un mural mesiánico —en general todo tiene un desasosegante aroma a culto a la personalidad— sitúa a Prince en el centro. A su derecha, sus predecesores: Santana, Hendrix. Un lugar destacado es para Larry Graham, el bajista que convirtió a Prince a la fe de los testigos de Jehová en 2001. "Ser testigo de Jehová ha hecho que me esfuerce más en contar las mismas cosas de otra manera. Me ha acercado a la verdad. Además, ahora los fans son mayores, tienen familia, quieren traer a sus hijos".

Un poco antes de su conversión había recobrado su nombre. Durante la década de 1990 se enzarzó en una disputa legal con su sello. Entre otras cosas, Warner había registrado su nombre y él decidió rebautizarse con un símbolo impronunciable. Está de todos los tamaños adornando las paredes de Paisley Park.

Ahora se siente apreciado, dice. "Más respetado y escuchado que nunca. Hoy puedo hacer muchas más cosas". Tras probar todo tipo de distribuciones para sus álbumes —lleva 38 en 37 años de carrera—, cree haber dado con la clave: Tidal, la plataforma que ha creado el rapero Jay Z para hacer la competencia a Spotify y Apple Music. En ella ha publicado su último disco, Hit nRun, en septiembre. Solo en formato digital. Él, que dijo que Internet había muerto. "Y tenía razón: dime un músico que se haya hecho rico con las ventas digitales. Sin embargo, a Apple le va bastante bien, ¿no?".

Se baja del escenario sin apenas despedirse. Nos espera la última sorpresa, un concierto en nuestro honor. Lo ha convocado esa misma tarde, pero la sala está a rebosar. Delante del escenario ha colocado sillones y cojines. El resto está lleno de mesas altas con taburetes. La orden es no empezar hasta que todo el público esté sentado. "¿Pero por qué tengo que sentarme?", le dice un veinteañero a uno de los porteros. Está apoyado en una pared sin molestar a nadie y, si se agacha, no verá nada. "Porque él lo quiere así", le responden. Y el joven se acomoda en el suelo. Hay cosas que no se discuten.

Una superestrella que es un secreto para las generaciones más jóvenes

Prince es la creación de Prince Roger Nelson. Un prototipo fabricado por él basándose en un modelo teórico diseñado también por él. Ha funcionado tan bien que, sin haber publicado un disco de auténtico éxito desde 2006, sigue teniendo las prebendas de una superestrella. Aunque si definimos superestrella como un personaje universalmente reconocible más allá de fronteras, razas o generaciones, Prince ya no encaja.

Genera noticias y llena estadios, pero aunque el suyo es un nombre familiar para mayores de 30 años, aquellos capaces de recordar lo que era importante entre 1984 y 1994, apenas existe para la mayoría de los menores de 25. A los que además aconseja que no firmen contratos con discográficas. Él, que firmó el primero con 17 años. "No soy quién para decirles a los jóvenes lo que tienen que hacer, pero es evidente que las compañías ya no tienen dinero. Yo no conseguí lo que conseguí por una discográfica. Si no hubiera logrado un contrato, hubiera seguido tocando. Teníamos una gran banda y tocábamos. Y cada vez que tocábamos, éramos mejores. Teníamos un estudio para grabar. Y cuanto más grabábamos, mejor lo hacíamos. Las compañías no me enseñaron nada, yo tenía mis propios maestros".

Además, asegura que a la música actual le falta riesgo. "¿Cuándo fue la última vez que te asustó alguien? En los setenta, entonces daba miedo. Ahora no hay nada que copiar".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados