Ahí estuve

Peyote Asesino tiene la fórmula para no envejecer

Crónica del show que la banda dio el jueves en Sala del Museo

Peyote Asesino en Sala del Museo. Foto: Fernando Ponzetto
Peyote Asesino en Sala del Museo. Foto: Fernando Ponzetto
Peyote Asesino en Sala del Museo. Foto: Fernando Ponzetto
Peyote Asesino en Sala del Museo. Foto: Fernando Ponzetto
Peyote Asesino en Sala del Museo. Foto: Fernando Ponzetto
Peyote Asesino en Sala del Museo. Foto: Fernando Ponzetto

Cada uno tendrá la suya, pero mi imagen de la noche del jueves pasado tiene que ver con Arquero sumergido en un pogo eufórico, sin remera, en el tramo final del show de Peyote Asesino en Sala del Museo. El pibe sevillano de veintitantos años que un rato antes estuvo sobre el escenario, primero abriendo el show con las canciones de su disco solista Aguafiestas, y después junto al DJ y productor Pan interviniendo con algunas rimas de Los Buenos Modales la clásica “Psicoterapeuta”, es uno más disfrutando entre un montón de gente que, en general, pasa los 30 años. Hace muchísimo calor y la cara de Arquero es todo sonrisa.

Después dirá en sus redes que a Dieguito La Amenaza, su faceta más divertida como rapero, se le cumplió un sueño.

Pero siempre, en cada una de las vueltas anuales que hace Peyote Asesino, está esa idea de sueño cumplido: sigue siendo la primera vez o una de las primeras veces para muchos de nosotros; y para los otros, los que siguieron la banda en la década de 1990, es la posibilidad alguna vez impensada, de seguir viendo sobre el escenario a una de sus bandas preferidas.

Porque además, en Peyote parece que nada hubiera cambiado. Hay más años, es obvio, y hay más kilos y hay nuevas caras (Matías Rada en guitarra y voz, Bruno Tortorella en teclados en este caso); pero las canciones son las mismas, la potencia es la misma, la entrega es la misma y el disfrute también es el mismo.

Y en Sala del Museo, hubo algo en el aire, una sensación, que hacía pensar que se estaba en un show de mucho tiempo atrás. La euforia, el calor sofocante, la falta de espacio y de aire; la acústica y las características de la sala, ponían lo suyo a un contexto que, en comparación, no parecía tener que ver con las últimas presentaciones de Peyote en La Trastienda o el Teatro de Verano.

El público ya se había templado con el show de Arquero y una selección musical variopinta a cargo de Sonidero Mandinga, para cuando poco después de las 22.00, Peyote se instaló en el escenario para ofrecer casi dos horas de su mezcla de rock y rap a la que los años no la modifican.

O sí: la agrandan, la hacen crecer, le agregan valor. Y eso se hace evidente en cada show.

El repertorio del jueves pasó por cada punto fuerte de El Peyote Asesino y Terraja, e incluyó “Bailando samba”, el tema editado el año pasado; “Lo que querés”, una canción que permanecía en el archivo de la banda y que había sido hecha para el disco de 1998, algún mashup y el clásico final con “El ojo blindado” de Sumo. Y quedó demostrado que “Bailando samba” no ha calado tanto todavía entre los escuchas de Peyote, que igual corearon algunas rimas; y que “Lo que querés” tiene la carga de densidad justa de la música de Peyote, y que se merece ser editada.

Pero más allá del recorrido que han hecho temas como “Cama biónica”, “Criminal”, “Guacho”, “El Peyote Asesino” y demás, cada músico ha crecido lo suficiente como para contribuir con todo lo bueno de la experiencia en vivo. Fernando Santullo y Carlos Casacuberta estuvieron a la altura de unos rapeos exigentes; Pepe Canedo y Daniel Benia se complementaron, como siempre, muy bien como el esqueleto de unos temas grooveros; y Rada reforzó el trabajo de Juan Campodónico en guitarra y le permitió jugar más. Entre ellos también estuvo el disfrute y el calor que se sintió abajo.

En Instagram, el viernes, Campodónico compartió su propia foto de la noche del jueves, sobre un costado del escenario, inclinado sobre su guitarra. “Ese era yo con 25 años, pero hoy”, escribió. “Fue un momento impresionante de conexión con el todo, el más allá, el nunca. El peyote sigue siendo un poderoso alucinógeno”, dijo, y más allá de la poética y las metáforas, tiene razón.

Hay un hechizo a prueba de tiempo, que sigue funcionando.

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