PERFIL

¿Quién es Peke 77, el trapero uruguayo que no para de crecer y ahora llega a La Trastienda?

Pekeño 77 se llama Facundo Cedres, vive en Montes de Solymar y destaca en el trap rioplatense: filmó la película "Panash" y estará en el Buenos Aires Trap

El trapero Pekeño 77 (Facundo Cedres). Foto: Mateo Vázquez
¿Quién es Peke 77, el trapero uruguayo que no para de crecer y ahora llega a La Trastienda?

“Uno tiene una expectativa y va sacando temas, sacando temas, gastando plata; hasta juntaba chatarra yo, y la llevaba al chatarrero, para juntar plata para los temas. Y no salían las cosas, y uno se desmotivaba. Pero al final se dio, y eso te enseña que el esfuerzo y la perseverancia es lo primero. Y que si uno quiere, puede”, dice Pekeño 77, el uruguayo que en un par de años se convirtió en un nombre con peso en la escena del trap rioplatense. Con canciones que superan los ocho millones de reproducciones en Spotify, el veinteañero de Montes de Solymar, que participará de la película de rap argentino Panash y que el 30 de noviembre se presentará en el Buenos Aires Trap, en el Hipódromo de Palermo, junto a figuras como Duki, Khea o el español C. Tangana, está a punto de hacer su primera Trastienda.

Mañana a las 21.00, Peke 77 dará su primer recital apto para todo público, en compañía de los argentinos de Barderos, en la sala donde en agosto sorprendió a todos los que fueron a ver a Duki (hay entradas en Abitab). El suyo fue el primer número de la noche y, dicen todos los que estuvieron, fue lo mejor. Peke es el primer trapero local en dar un show propio en la sala de Fernández Crespo, todo un precedente. Y a él y a su mánager Agustín Escuder se acaba de integrar el mánager de No Te Va Gustar, Nicolás Fervenza, como socio estratégico para el desarrollo general del artista, y en la producción artística del recital está Fran Nasser, tecladista de NTVG.

¿Pero quién es Pekeño 77?

El trapero Pekeño 77 (Facundo Cedres). Foto: Mateo Vázquez
Pekeño 77 en un ensayo previo a La Trastienda. Foto: Mateo Vázquez

A Facundo Cedres no se le da fácil hablar de su vida, seguramente por la cámara, por el micrófono, porque somos desconocidos en la casa en la que se crió. Sin embargo, a Facundo se lo puede conocer por sus tatuajes: se puede, siguiendo el mapa de las pistas que están en su cara, su cuello, sus brazos, piernas, pecho, saber qué le importa, qué le pasa, qué quiere.

Sus tatuajes se dividen entre los vínculos, un costado más oscuro, y la estética y los gustos, por así decirlo. Para la primera categoría lleva los nombres de sus padres, un sinograma en la frente que significa “amor”, la palabra charrúa “N’XALA” en un pómulo, que significa “hermano”; y en la muñeca, del lado interno, se tatuó él mismo “TITI”, sobrenombre de su amigo, su compinche, el que está en todas y también en esta entrevista.

Para la última categoría se podrían anotar el rosario que se le enreda en el antebrazo y que “no es por Dios ni nada”, aclara; unos palitos de sushi en la pantorrilla aunque nunca comió sushi, quizás una vez sola; un teléfono en llamas, tres clavos, el logo de una banda de trap, el nombre de otra, y ya.

Y en la segunda quedan una metralleta, unas manos encadenadas junto a la frase “Me voy a ir al infierno, pero de esta no me sacan”; tres puntos que significan “la vida loca”, la palabra “tentación” y los dos más evidentes: el 77 que lleva en su cuello, por el código que usa la policía para referirse a quien está libre de antecedentes, “el código de la legalidad”, dice; y “vida mala”, cuyas letras se reparten en sus dedos. “Pero no porque mi vida sea mala, sino porque considero que la vida es mala”, dice Peke 77, y agrega: “Medio emo, pero bueno".

Uno de los tatuajes del trapero Pekeño 77. Foto: Mateo Vázquez
Uno de los tatuajes del trapero Pekeño 77. Foto: Mateo Vázquez

Las canciones del trapero uruguayo que más ascenso ha tenido en los últimos años, hablan casi todas de asuntos referidos esta categoría recién mencionada. Hablan de armas, de drogas, de mujeres curvilíneas, de irse “pa’ la joda”, de la noche, de vivir de noche.

“Hoy, ponele, no dormí nada”, dice Peke 77 sentado al sol, en el frente de la casa de sus padres, de donde se fue hace poco. Sufre de ataques de ansiedad, tiene despersonalización/desrealización, y la música fue, en parte, algo que le permitió “entretenerse, para no enfocarse en eso”. Hoy, el devenir de las cosas le permite estar dedicado exclusivamente a su veta de cantante, pero la rutina no existe. “Hoy mi vida es levantarme e ir a ensayar, o levantarme e ir a grabar un tema, estar toda la noche despierto, yo que sé. Un relajo, digamos. Es día a día”.

—¿Y estás bien con eso?

—Más o menos, ahí. La voy llevando (se ríe). Ahí voy.

EL INICIO

Trap para poder enfocarse

Facundo, hijo único, dice que tuvo una “infancia muy linda, pero a la vez, con momentos feos. Porque como tenía problemas de ansiedad y no sabía, tuve mis momentos feos. De grande me empezaron a cerrar las cosas. Pero la infancia acá fue muy linda, siempre con los gurises del barrio, éramos todos compañeros. Y la adolescencia bueno, fue un poco más fuerte. Viste cómo es la adolescencia, más dura”. Alguna vez contó, en una nota, que “andaba callejeando mucho, malos ambientes”. “Pero hoy no”, dice a El País. “Uno decide abrirse de eso porque entiende que, no es de malo, pero hay gente que no le suma a uno”.

Ahí, en la adolescencia, Pekeño 77 decidió concentrar la atención en sus canciones. Había conocido el rap a los siete años, gracias al hijo de la verdulera, que lo cuidaba cuando su madre se iba a trabajar. Empezó a escribir a los 14, porque le venían ataques de pánico y necesitaba distraerse. Su primer tema lo lanzó hace unos tres años, “al principio con expectativas altas. Y bueno, uno se da cuenta que no es tan así. Después, poquito a poquito, fui entendiendo que todo lleva su trabajo, no es que vas a hacer las cosas así nomás”.

Peke la pegó con su canción “Pistola II”, esa que entrevera pasión, fiesta y armas, y que grabó solo, una vez en su cuarto, otra en un estudio, otra de nuevo en el cuarto y así. “Cuatro veces lo grabé. Lo fui haciendo poquito a poquito, ya estaba desmotivado, ninguna vez salía bien, no tenía plata para hacer el video. Ahí fue que vendí la moto, y con eso pagué el video. Yo lo quería hacer perfecto (el tema), le buscaba la vuelta, y no tenía las condiciones, porque grababa acá, con un micro barato, una interfaz barata, una compu vieja; ponía unos colchones. Después hablé con un filmmaker, agarré la camionetita de mi madre, nos subimos todos los negros arriba y nos fuimos a Punta del Este”.

En el video (que fue resubido a YouTube, por lo que ahora tiene solo 400.000 visitas; tenía millones), Peke baila con un chaleco táctico, en la calle, rodeado de amigos, todos sin remera, gatillando con los dedos a la cámara. Esa estética, la base para lo que desarrollaría después —y que se ve en “Arriba las manos”, que en cinco días suma 1,5 millón de views, “Rangos”, “Tamo’ lindo”—, está inspirada en el trap yanqui, dice, pero también tiene que ver “con las cosas que uno vivió. Viste, (es) un barrio humilde, tranquilo, pero también se pone bravo a veces”. Mientras, ahí entre la Interbalnearia y Gianatassio, el sol pega en las calles sin asfaltar y los pájaros no descansan.

CANCIONES

El mensaje

“Al principio, a mis padres no les gustaba mucho, ¿viste? Pero poco a poco, fueron aceptando. No les gusta el tema de las letras y eso”, dice. “Pero las letras que hago son vivencias de uno, cosas que se escuchan, a veces cosas en joda, a veces interpretando un personaje”.

—¿Te preocupa que la gente no diferencie al personaje de la persona?

—No, no me interesa. Que digan lo que quieran. El que puede hace y el que no, habla.

—Te escuchan niños, ¿qué pasa con eso cuando están los chalecos y las armas?

—Bueno, eso se los dejo a los padres de las criaturas. Que les enseñen. Yo estoy mostrando una realidad, no estoy mostrando nada nuevo. Estoy mostrando algo que pasa; lo van a ver en la música o en la calle. Ahí, la familia tiene que enseñar al botija.

—Subiste un posteo a tu Instagram en el que te pronunciabas contra la reforma constitucional “Vivir sin miedo”.

—Ah, sí. No me gusta la reforma. No estoy de acuerdo con lo que plantea. Pero no sé, yo voto al PERI, porque es el partido ecologista, y hay que cuidar los recursos naturales. Pienso que lo que plantea el hombre no está tan mal. Tampoco sé tanto de política, no estoy tan informado para dar una opinión bien plantada, pero por lo que veo, tomé mi decisión de votar al PERI.

Peke, de 20 años recién cumplidos, está enfocado, porque aunque sus letras no sean para todo público él encontró, en las canciones, “un propósito” de vida. Y eso es lo que quiere. “Darle para adelante, y ayudar, en lo posible, a los compañeros de uno que siempre estuvieron. Como el ‘mostro’”, dice, y sonríe mirando al Titi, con quien lanzará una nueva canción.

El trapero Peke 77 y su amigo Titi. Foto: Mateo Vázquez
El trapero Peke 77 y su amigo Titi. Foto: Mateo Vázquez

Por eso armó un equipo de trabajo; por eso, para La Trastienda, ha ensayado prácticamente a diario: para no quedarse sin aire, para manejar bien el autotune, para responder físicamente. Por eso reversionó sus temas para esta presentación, y por eso ahora empezará a hacer clases de canto y, capaz, de baile. Y por eso editará, en breve, un EP.

"A mí me gustaría abrir puertas en lo musical”, dice, “y poder hacer cosas que hoy no puedo porque no tengo las capacidades, como cantar un pop, o rock. No me sale porque no sé cantar como para hacerlo bien, entonces quiero abrir puertas”.

Una vez, cuenta Peke, tocó en Durazno y “se agarraron a trompadas” para sacarse fotos con él. El desmadre fue tal que intervino la policía.

—¿Alguna vez te pegó mal la fama?

—Nunca me cayó la ficha todavía, de todo lo que pasa. Poco a poco se fue dando y dando. Pero yo sigo siendo el mismo, mantengo mis valores principales: la humildad, el respeto, la familia.

A Facundo, a Peke, se lo puede leer por sus tatuajes, que hablan de esos valores, de la inquietud, de lo que le gusta. Y además hay dos pájaros, a cada lado del pecho, que pueden ser todo eso o pueden ser, simplemente, el futuro, un pedazo de un vuelo que mañana lo hará aterrizar en La Trastienda. Después, quién sabe.

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