LOLLAPALOOZA

Ser parte de un encuentro musical

El País estuvo en la versión argentina de uno de los grandes festivales internacionales.

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Lollapalooza. Foto: Difusión

Está tocando Metallica a unos metros, pero es tarde y después de más de 10 horas yendo de una punta del predio a la otra —fueron varios kilómetros bajo el sol—, miro el primer tramo desde lejos, sentada. Varios estamos en la misma, disfrutando de un espectáculo que de tan bueno, parece de mentira. El sonido, la imagen en cuatro pantallas gigantes, el equilibrado repertorio que mezcla lo viejo con el nuevo Hardwired... to Self-Destruct, el carisma de James Hetfield y el entusiasmo del siempre interesante público argentino: todo es perfecto, y eso se celebra desde el pasto y con las piernas descansadas o apretadas en el pogo, sudando la remera con el nombre de la banda más famosa del metal.

Da igual. De pie o en el piso, cantando por lo bajo o saltando hasta que el cuerpo aguante, todos los que agotaron entradas y acapararon el Hipódromo de San Isidro (a 40 minutos del microcentro) están allí compartiendo lo mismo: la experiencia. Porque eso ha sido el Lollapalooza desde que el cantante de Janes Addiction, Perry Farrell, lo creó a mediados de los noventa; y así se ha mantenido en cada ciudad en la que se ha instalado. Hoy el festival tiene base en Chicago y se replica en París, Berlín, San Pablo, Santiago de Chile, y desde hace cuatro temporadas en Buenos Aires.

Y la experiencia del Lollapalooza, que consiste en dos días de pura música internacional y al aire libre, es inabarcable. Las jornadas arrancan a las 12:30 y terminan a la una de la madrugada (más o menos), y a eso se le suman varias cuadras para ingresar al predio, y las distancias largas que se recorren entre una y otra locación.

La atención se reparte entre cuatro escenarios (los dos principales, el alternativo y el Perry que honra a su creador), y a eso se le agregan un escenario para niños (el Kidzapalooza, por donde pasó The Helmets, en la que toca el hijo de Roberto Trujillo de Metallica), dos patios gastronómicos, un espacio verde donde hay talleres, la carpa de merchandising (con remeras a 400 pesos argentinos que prácticamente se agotaron el primer día). Hay mucho para hacer y todo sin alcohol: aunque no hubo declaraciones oficiales, adentro se decía que el intendente de San Isidro había prohibido la venta de alcohol tras lo ocurrido en Olavarría, aún teniendo una marca de cerveza como auspiciante central.

Pero más allá de lo que el cuerpo permita hacer, el Lollapalooza es de esos lugares en que lo que más importa es estar. "El festival que le ganó al line up", tituló el fin de semana La Nación, y no hay manera de resumirlo mejor. Las entradas se agotan por la música, pero al final somos muchos los que aunque nos impacta tener a Hetfield y su troupe enfrente, sólo nos paramos con "Seek and Destroy", "Nothing Else Mattes" o "Enter Sandman".

La música.

Si en el Lollapalooza el concepto de festival le ganó a la grilla, en el caso de la grilla la electrónica le ganó al rock. En sus variantes, la electrónica atravesó esta edición y fue la encargada de cerrar los dos días. El viernes le tocó a The Chainsmokers, millonario fenómeno construido por dos productores neoyorquinos que, aún teniendo un repertorio desparejo que es un reciclado de todo lo que ya se ha hecho en la electrónica de pista, hicieron bailar a una multitud. Y el sábado fue el turno de Flume, un productor australiano menos explosivo pero mucho más interesante e innovador que sus colegas estadounidenses.

Poncho, Borgore, Griz, Nervo o Martin Garrix se alinearon a ese eje musical, al que también estuvieron cercanas, aunque con una impronta pop y cancionera, solistas como Tove Lo o Melanie Martínez, que protagonizaron dos puntos altos; así como el colectivo uruguayo Campo.

Al rock le quedaron Metallica y Cage The Elephant (ver recuadro) como grandes exponentes, así como The Strokes que más allá de los malos y largos chistes del cantante Julian Casablancas, no decepcionó y fue uno de los números más convocantes. Al público del festival, entre millenial y treintañero, claramente las canciones pegadizas de una de las bandas claves de los 2000 les llegan y les remueven ese costado más adolescente.

También le quedó Rancid, tocando a un volumen altísimo; y de alguna manera León Gieco y Lisandro Aristimuño, que dejó en San Isidro su versión más rockera con Hilda Lizarazu en los coros y Fernando Ruiz Díaz como invitado especial.

Casi como híbrido entre el rock, el pop y la electrónica estuvo The Weeknd, el más esperado de este Lollapalooza. Escuchando una voz limpia e impecable, sintiendo la falta de aire en medio de una masa de gente y por momentos sin poder ver ni siquiera las pantallas pero disfrutando del buen "Cant Feel My Face", esa fue una manera interesante de encontrarse con uno de los artistas del momento, y de cerrar una experiencia musical variada e inabarcable.

TRES SHOWS DESTACADOS.

El clásico - Metallica en un gran momento.

Muchos de los que fueron al Lollapalooza fueron solo por la posibilidad de volver a ver a Metallica en vivo. Y la banda estuvo a la altura de las expectativas que desde temprano se sentían en el aire. Dieron un show de primer nivel, sin fisuras y le dedicaron tanto tiempo a sus canciones viejas como a las nuevas. Cerraron con fuegos artificiales, después de varios bises y de varias ovaciones.

La sorpresa - Cage The Elephant la rompió.

Fue de lo mejor que tuvo el festival. La banda estadounidense volvió a Argentina para demostrar que en vivo es demoledora: tiene un gran vínculo con el público que se atreve a hacer pogo incluso en los temas menos agitados, y el enorme plus de su frontman. Matt Schultz, siempre angustiado y a punto de romperse, deja todo en la cancha y sabe cómo poner un poco de todo lo lindo del rock and roll.

El representante - Campo fue el único uruguayo.

Le tocó salir al escenario en plena tarde y cuando a pocos metros sonaba León Gieco. La banda uruguaya congregó a un buen público que bailó con todo su repertorio y hasta pidió canciones a viva voz. Juan Campodónico y su colectivo cumplieron con una buena presentación que le hizo lugar a su último tema, "Bailar quieto", y a "El mareo" de Bajofondo, que originalmente grabó Gustavo Cerati.

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