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El palmar, el mar y la vida: Nicolás Molina editó "Querencia", su nuevo disco

El tercer trabajo del rochense es su mejor álbum hasta la fecha

Nicolás Molina. Foto: Pablo Banchero
Nicolás Molina. Foto: Pablo Banchero

Nicolás Molina lanzó la semana pasada su disco más personal que, además, asienta una nueva etapa que ya venía recorriendo y que deja atrás a Los Cósmicos, la banda que lo acompañó en sus dos primeros álbumes. Para hacer Querencia, Molina estuvo sí rodeado de algunos de sus cósmicos, pero también reclutó nuevos compañeros que trajeron, por supuesto, nuevos matices a su música. Destacan en ese plano las teclas de Pablo Gómez, las baterías y percusiones de José Nozar, el extraordinario baterista de los Buenos Muchachos, y las voces de Paul Higgs, el líder de Algodón.

Con un equipo rearmado y con una vida rearmada, también (el nacimiento de su hija, la muerte de su padre y la vuelta a vivir a Rocha están muy presentes en el disco), el cantautor grabó Querencia entre Aguas Dulces y Montevideo, y entonces a diferencia de los otros dos trabajos, El desencanto y El folk de la frontera, este no es un disco de frontera sino de lugares y de tránsito, de recorrer una y otra vez la misma distancia y encontrarlo todo igual, o todo distinto, de odiar lo conocido o quererlo más.

Querencia es, de los tres, el mejor disco que Molina ha editado. Es de alguna manera su disco menos pretencioso, si bien es rico en arreglos, sonoridades y giros, vueltas de tuerca. Y es el disco más fuerte en cuanto a narrativa: el palmar y el mar aparecen como imágenes recurrentes, como referencias emotivas que funcionan como hilo conductor.

El disco, de hecho, bien podría llamarse “Palmar”, aunque “querencia” para Molina es eso: la tendencia del hombre a volver al lugar donde se crio, al lugar del que es parte.

El álbum se abre con una canción breve de larga y preciosa introducción instrumental, que marca el tono del disco, de melodías evocativas y de versos que funcionan como una ofrenda ante la ausencia. Pero después, “Tres flores para el mar” se desdobla hacia una intensidad rockera que es la transición perfecta para “El gran día”, otro golpe bajo con un cello elevado.

Después, el folk de aires americanos baña un repertorio en el que se esconden algunas joyitas como “¿Qué pasó?”, una canción pop/rock que suena muy Garo Arakelian, pero vestida con una percusión exquisita, con un banjo que repite una secuencia infinita y unas voces femeninas que parecen resaltar sus mejores cualidades. O “Volver al mar”, una pieza tan dramática de esas que si cantara la Pantoja, sería una cachetada imposible de superar. Hay mucho drama (y mucha crítica solapada y no a lo rochense) en Querencia, un disco de melodías y arreglos bonitos, y de una sinceridad que puede ser demasiada, pero que se agradece.

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