Amelita Baltar

"Orgullosa, pero no me agrando"

La cantante se presenta hoy en un homenaje a Horacio Ferrer en el Teatro Solís. Las entradas se venden en la sala y TickAntel, a $ 300.

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Amelita Baltar. Foto: Agustín Mártinez

A ella muchos la siguen recordando como la musa inspiradora de algunas de las composiciones emblemáticas del nuevo rumbo que tomó el tango en los 60. Otros simplemente se refieren a ella como la voz de Piazzolla. Amelita Baltar se presentará esta tardecita, a las 19.30 horas, ante el público uruguayo, en la sala mayor del Solís, para rendir un homenaje a Horacio Ferrer, el gran poeta uruguayo fallecido el pasado diciembre.

Baltar compartirá escenario con Néstor Vaz, Jorge Nocetti y otros destacados artistas, y contará con la Orquesta Filarmónica, bajo dirección de Álvaro Hagopián.

Esta gran cantante argentina nació con la década del 40, lo que le permitió vivir los años 60 con toda la frescura de su juventud, protagonizando algunas de las páginas inolvidables de la historia del tango. Hoy, con 70 y pico, ella sigue vital, con ganas de cantar y de rendir un tributo a un compañero de ruta.

—¿Qué motivó el espectáculo que dará hoy en el Teatro Solís?

—En estos días fue el cumpleaños de Horacio, y estamos a solo a algunos meses de su partida, y realmente hacerle un homenaje era algo natural. Eso no quiere decir que vaya a cantar todas las canciones de Ferrer, porque si una fuera a hacer las decenas de canciones que hicieron con Astor, sería imposible. Además, son canciones muy densas: y otra cosa era hacerlas cuando Astor estaba en el escenario. Y yo acepté hacerlo, cantando algunas canciones de ellos, y después tangos tradicionales, que también es lo mío, y es lo que Ferrer amaba.

—¿Qué destacaría del programa?

—Bueno, Uruguay, Montevideo, va a tener la primicia que esta María de Buenos Aires, que es la María original, diríamos, que comenzó a ser escrita acá en Uruguay. Y también Dandy, que fue lo que Ferrer hizo con Alberto Magnone: por primera vez estos dos enormes personajes de Ferrer van a estar juntos, y en su Montevideo natal, arriba de un escenario: Dandy y María. También va a haber un bloque con Tabaré Leyton y Magnone, que ya tocó conmigo este verano, con canciones de Ferrer.

—¿Cómo es cantar con toda una orquesta?

—Es maravilloso, es prácticamente igual, solo que en lugar de escuchar un violín, escuchás diez, y dos cellos, y cuatro violas. Por supuesto que todo eso tiene un sonido diferente a lo que es un conjunto chico. Un conjunto chico tiene más pasión: cuando son tres, cuatro, hay una fuerza, una enjundia impresionante. Y con una orquesta una no puede divagar tanto como con un conjunto chico, donde ya nos conocemos hasta los respiros, las pequeñas pausas que yo hago.

—¿Se siente como la sobreviviente de aquel equipo maravilloso de creadores?

—Quién tuviera una enorme soberbia podría decir, ahora quedo nada más que yo, y dejar que la soberbia te salga por los poros. Pero en realidad, es una lástima que no quede más que yo. Se fueron los dos, el músico y el poeta, pero fue tanto lo que estuve al lado de ellos, tanto lo que representaron en mi vida y yo en la de ellos, que estoy orgullosa, pero no me agrando. Orgullosa: ahora que ellos dos no están, poder representarlos, como ya los represento hace tiempo por todo el mundo.

—¿Qué es lo que más recuerda de la personalidad de Ferrer?

—Cuando nos conocimos, en Buenos Aires, lo primero que me sorprendió fue lo simpático que era. Siempre fue de una carcajada fácil, muy rara. Y Astor, que era tremendo, siempre le decía, Horacio, esa carcajada no es muy varonil. Y el otro se volvía a reír de nuevo, de la misma manera, por el comentario de Piazzolla. Siempre lo admiré por cómo disfrutaba todo: íbamos a comer, le traían el plato que había pedido, y largaba una de sus carcajadas, antes de probar la comida. Disfrutaba antes, con los ojos, y con la cara, de lo que le habían servido en el plato, aunque fuera un churrasco con un puré. Eso creó una empatía entre nosotros: Astor era tan diferente.

—Pero entre ellos se llevaban bien…

—Sí. Ferrer se reía mucho de las salidas tremendas de Astor. Tenía un humor negro terrible, cruel. Era un Jaimito, que decía las barbaridades más terribles. Y a veces, en el lugar que menos tenía que decirlo, delante de gente a la que no tenía que decirlo. Me acuerdo un día estábamos en Francia, en la casa de unos franceses, y el tenía un dicho al brindar, que él estaba acostumbrado a decirlo acá: no me preguntes por qué ni de dónde lo sacó. Y dijo, "Por las víctimas de Verdun". Y los franceses empezaron, "Astor, por favor, qué dices, yo tuve dos tíos y un abuelo que murió en Verdun". Y yo les decía, "No le hagan caso, es una cosa que dicen con un amigo en Buenos Aires". Y tenía que patearlo por debajo de la mesa. Era una bestia, no pensaba, abría la boca y no pensaba. Lo contrario de Horacio, que era cauto.

—¿Cómo era trabajar junto a Piazzolla? ¿A qué distancia se ubicaba usted?

—Lo único molesto que tenía Piazzolla es que como él escribía todo muy rápido, en dos días estaba escrita la canción, pretendía que en un día me la aprendiera. Y yo cuando ellos trabajaban, con Horacio, yo orejeaba, porque a veces se cambiaba una frase musical, o poética, y yo que tengo mucha memoria, después que la aprendía, era terrible corregir. Si aprendés mal un tango, un pedacito de melodía mal, es terrible después cantarla bien. Por eso yo esperaba que ellos terminaran todo. Aunque también a veces escuchaba una palabra y yo le decía a Horacio, que para un libro estaba bien, pero para cantarla era dura. "Tenés razón", me decía, con un tono en que le salía el uruguayo. Y Piazzolla a veces decía que una palabra determinada no convenía usarla, si lo iba a cantar una mujer.

—¿Por qué gustó tanto Balada para un loco?¿La letra, la música?

—No sé, yo le preguntaría al público. Porque hay canciones más lindas. Balada para mi muerte es mi canción preferida. No quiero otro es una belleza, como otra cantidad de canciones. Yo creo que tuvieron que ver con su éxito esa melodía sencilla (no simplona), y ese valsecito —dicho con todo respecto— que le da una entrada a la canción, que predispone el espíritu. Y también la letra, lógicamente. Esa poesía sencilla, surrealista, y en ese momento, de actualidad. Porque en 1969, un día al mediodía bajaron por Callao, Neil Armstrong, uno de los que había ido a la luna, que le habían hecho un homenaje en el Congreso. Iba en un coche descapotable, y las madres con los chicos decían, mirá, es el hombre que pisó la luna. Y todo eso mezclado con el ruido de las motos. Iba hacia el bajo, seguramente hacia el hotel donde Ferrer vivió toda su vida, en el Alvear. Y él vio eso, y puso aquello de "la luna rondando por Callao". Y lo de una golondrina en el motor, es porque había una marca de nafta que decía, "póngale un tigre a su tanque". Y él puso lo de la golondrina en el motor. O sea que Horacio Ferrer utilizó elementos de actualidad, y los cargó de romanticismo.

Saber mirar lo lindo en lo cotidiano

En 1968, Piazzolla escuchó a Amelita Baltar en uno de sus shows en una peña folclórica, y descubrió en su voz de mezzosoprano y su inconfundible dramatismo interpretativo, a la protagonista de María de Buenos Aires, que había compuesto junto a Horacio Ferrer. Esa obra marca un hito en la carrera de Baltar: el encuentro con el nuevo tango y el comienzo de una fructífera relación artística que revolucionó la música popular argentina. Ferrer, Piazzolla y Baltar trascienden entonces las fronteras y saltan a Europa, y tomando como centro París y Roma, proyectan esta nueva modalidad tanguera, que causa furor. Luego llegó todo lo demás: Baltar rueda películas, graba una nutrida discografía y jalona una carrera propia: pero aquellos hitos quedarán para siempre asociados a su nombre.

"Horario Ferrer hizo como un llamado a ver las cosas lindas, cotidianas. Así estés metido en una oficina, salir y no ir todo el tiempo mirando al piso. Mirar la ciudad. Yo creo que es un canto a tener la habilidad de escaparte de la rutina. De levantar los ojos y mirar a las cornisas. Yo ando por la calle y soy una loca, y miro para arriba, y así tropiezo alguna vez. Porque miro: un penthouse con terrazas y flores. Hay unos edificios con unas cúpulas alucinantes en Buenos Aires, no solo en Avenida de Mayo. Tengo una licantropía tremenda: de noche salgo con mis perros, hay luna llena, pasa gente, y me miran como diciendo, "¿qué estará mirando esta mujer?". El porteño no aprecia esa ciudad, esas bellezas. Yo ando en colectivo, en Subte, y la gente me dice, "Amelita, ¿usted en Subte?". Y yo les digo que por qué no, si yo en París ando en el Metro".

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