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Una noche triunfal para el nuevo pop uruguayo

A mi izquierda tengo un padre con cara de cuento de Hernán Casciari. Específicamente, tiene cara de ese cuento titulado "Nunca lleves a tu hija a un concierto pop".

Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour
Concierto de Maramá y Rombaí. Foto: Marcelo Bonjour

El papá del Velódromo hizo justamente eso, además de que sumó a una amiga de su hija. Las gurisas tendrán unos diez u once años. Tienen vinchas que dicen "Márama-Rombai", están paradas sobre sus sillas y gritan a más no poder. Sonríen mucho también. Y bailan. Y vuelven a gritar.

El padre, sentado, me mira con cara de resignado sufrimiento, pero eso dura solo un rato. Por más que al principio sienta celos de los que ahora captan la total atención de su hija, el malhumor le dura poco. En un rato estará parado junto a esas sillas, sacando fotos y grabando videos, con una sonrisa bien larga en su cara, una que trasunta la alegría de ver cómo las nenas cantan, bailan y, por un rato, son felices.

La vez pasada que estas bandas habían estado en el Velódromo, en noviembre del año pasado, se llevaron no solo la aprobación de sus seguidores. También se llevaron un montón de palos por haber tenido muy pocas canciones para presentar en vivo, y por una performance que exhibía, sin filtros, carencias técnicas de la propuesta musical en vivo.

Esta vez, luego de muchos shows, se nota que han incorporado nuevos saberes, y que se manejan con un nivel de profesionalismo que para Uruguay sigue llamando la atención. Apenas minutos luego de la hora anunciada, empieza el espectáculo con una introducción digna de un espectáculo de Disney. O Kiss. No hay mucha diferencia entre una cosa y la otra a esta altura.

El escenario es enorme, con escaleras, una pantalla gigante atrás y dos más chicas a los costados. Hay humo, fuegos de artificio, bailarines y luces de muchos colores..

Abajo del escenario los gritos son apabullantes cuando, luego de la "intro", comienza el show de Rombai. O mejor dicho de Fer Vázquez. A nadie le importa, en realidad, la nueva cantante o quien esté atrás del líder, un joven fachero mezcla de Juanes, Adam Levine y actor de serie juvenil de Disney o Nickelodeon. Él está ahí no tanto para cantar sino para representar, en tándem con la rubia de turno, fantasías de amor primerizo.

Las niñas que andan cerca siguen gritando, pero una mirada más detenida descubre que el predicamento del "Pop Uy" alcanza también a gente mayor y que además hay muchos varones con ganas de cantar y bailar.

Un grupo de tres amigos, todos de más o menos diez años, van y vienen de acá para allá tratando de conseguir un buen lugar para ver a los ídolos. Tras varios amagues, se animan a traspasar entre las rejas de las vallas, y llegan más adelante. Todos menos uno, que no logra meter su cuerpo entre las rejas. "Es que engordé un poco", me dice. Le pregunto si quiere que lo ayude a reunirse con sus amigos, que están que explotan de alegría por haberse acercado un poco más al escenario. "No. Pagamos por esta sección. No está bien", me responde. Es una pose, porque su cara es de tristeza pura. Los dos que sí pasaron se dan cuenta de esa pena y solidariamente vuelven a meterse en la sección de atrás. Ríen, gritan y siguen corriendo, ahora de vuelta juntos, entre la gente.

La pausa obligada para preparar el escenario para Márama se extiende más de la cuenta, y el profesionalismo del principio se diluye en esas largas esperas que parecen ser parte integral de cualquier show realizado en Uruguay.

"Nos aburrimooosss", gritan las gurisas. Pero también gritan, mucho más a menudo, "¡A-gus-tín! ¡A-gus-tín!". El cantante de Márama es el auténtico ídolo de este binomio. Con una perpetua expresión de simpatía y espontaneidad, el personaje de Casanova es el amigo que la mayoría quisiera tener, el pibe que casi todas quisieran poder enganchar como novio y hasta el yerno que todo padre aceptaría con algo parecido al gusto. Y él parece llevar esas expectativas con naturalidad.

Mientras da cuenta de los hits de Márama (además de una más que correcta versión de "Yo ya estuve aquí" de Abel Pintos, con sección de cuerdas incluida), Casanova va conduciendo la noche hacia el final entre nuevos despliegues de luces, coreografías y cánticos masivos. El padre con la cara de cuento de Casciari baja a su hija y a la amiga de las sillas, les acomoda las vinchas y se retira. Las nenas bailaron con Márama. Misión cumplida.

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