música - entrevista con EDUARDO FERNÁNDEZ

"La música es intención y sentido"

El guitarrista dará comienzo a la Temporada de Cámara del Sodre en el Auditorio Adela Reta.Serán 26 conciertos tanto en Montevideo como en el Interior.

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"Gardel prácticamente no tocaba la guitarra, hacía algún acorde", dijo. Foto: F. Flores.

Esta nochecita, el concierto de apertura estará a cargo del reconocido guitarrista uruguayo Eduardo Fernández, quien a las 19.00 en la Sala Balzo, del Auditorio Nacional Adela Reta, hará un programa que incluye obras de Broqua, Carlevaro, Piazzolla, Giuliani y Rebay.

La carrera de Eduardo Fernández es un orgullo para el movimiento musical uruguayo. Compositor guitarrista clásico de trayectoria internacional, su estilo de interpretación ha sido comparado con el de Andrés Segovia. "Raras veces hemos presenciado un debut más notable en cualquier instrumento", escribía el crítico del New York Times en ocasión de su debut en 1977: desde entonces y por cuatro décadas, su trabajo se ha proyectado desde los mayores escenarios musicales, demás de contar con arriba de una veintena de discos y numerosos trabajos de investigación. De hecho, se lo reconoce mundialmente como uno de los mejores guitarristas clásicos de la actualidad.

En el concierto de hoy transitará por partituras de Abel Carlevaro, Alfonso Broqua y Astor Piazzolla. Fernández señala que hay grandes compositores uruguayos que han escrito para guitarra, como Lamarque Pons, Héctor Tosar y Coriún Aharonián. Y agrega que hay mucho para revalorar. "Está Broqua, que tiene toda la serie de Evocaciones criollas, que es muy, muy buena, muy interesante. Y creo que Carlevaro no se toca tanto como se debería tocar, me parece que es un compositor subestimado. Y hay mucha obra de otros compositores, más reciente, que vale la pena atender", adelanta el músico, en una calma y salpicada entrevista.

—¿Según el repertorio es la guitarra que elige para un concierto, y cuáles son las mejores?

—En general se toca con la misma guitarra. En algún caso especial uno usa la guitarra del siglo XIX para un concierto casi monográfico del repertorio de ese período. Hoy hay muchos constructores buenos, incluso muchos jóvenes, que lo están haciendo muy bien. No es como el violín, que hay instrumentos históricos que son los referentes.

—¿Y para usted, la guitarra qué encanto tiene?

—La guitarra, el encanto mayor que tiene, es que se toca con los dedos, directamente. No hay ningún intermediario de maquinaria, como en el piano, ni de mecanismos, como en otros instrumentos. Ni siquiera de arco. Se puede decir que va directamente, de los huesos y la carne hacia las cuerdas y el sonido. Eso le da una posibilidad de control del sonido, quizá mayor que otros instrumentos. Dentro de un ámbito más chico, en cuanto a volumen.

—¿La interpretación musical tiene a la vez componentes emocionales y racionales mezclados?

—Por supuesto. Es como cuando un actor hace un personaje: hay una comprensión que pasa por lo intelectual, entender al personaje, qué función tiene en la obra. Y luego hay un componente intuitivo, emocional. Acá es exactamente lo mismo: los músicos trabajamos con un texto, que en realidad no es música, sino instrucciones para hacer música. Tenemos que ponerlo en práctica, ver de qué se trata, y jugarnos la vida por él. Y tratar de adivinar la intención atrás de la música, porque la música es intención, y sentido. Entonces, si no pasa por lo racional es muy difícil llegar a lo emocional.

—¿En la notación musical ya está el ritmo, indiscutiblemente?

—Está el ritmo, las duraciones, las alturas, está hasta cuando deja de sonar el sonido, que también es importante. Está todo ahí, pero eso depende también de todo un contexto histórico, variando según la época y el compositor. Además, un tempo, una velocidad de ejecución, nunca es exacta, ni absolutamente igual.

—¿Cómo se controlan los nervios a la hora de un concierto?

—Los nervios aparecen cuando uno está preocupado por lo que piensan de uno. Si uno se puede concentrar completamente en lo que está haciendo, no hay espacio para los nervios. Para preparar una obra uno tiene que pensar mucho tiempo cómo va a ser cada sonido, cada frase, cada tempo, cada cambio. Pienso que para un cirujano debe ser algo similar: tiene que pensar en lo que está haciendo. Salvando las distancias de riesgo, son casos similares.

—¿Usted también estudió Economía, eso le sirvió para algo?

—Estudié dos años Economía, y en realidad no, para música no me sirvió. Si acaso, me disciplinó un poquitito la cabeza, que no es poca cosa. A mí la matemática era la parte que más me interesaba. Los economistas seguramente se me van a enojar si digo que no sé hasta qué punto la Economía es una ciencia.

—Por su trabajo usted viaja mucho. ¿Va con su personalidad esa vida de viajero?

—A una parte mía le gusta, por curiosidad. Pero si pudiera quedarme en mi casa, estudiar tranquilo, y transmitir los conciertos por teletransportación, sería mucho más fácil.

—¿Usted actualmente reside en La Paz, su ciudad natal?

—Sí, es el lugar donde nací y crecí: estoy viviendo ahí porque mis padres fallecieron y me dejaron la casa. Era lógico.

—¿Qué le dio La Paz?

—No puedo responder mucho a esa pregunta, porque hice escuela y liceo en Las Piedras: ya estaba viajando desde esa época. Claro que tengo conocidos en La Paz, pero no me creé un ambiente casi familiar, ni nada por el estilo ahí.

—¿Y Uruguay qué le dio para su formación?

—Tuve la enorme suerte de estudiar con Abel Carlevaro y con Guido Santórsola. Con eso ya Uruguay está muy cumplido conmigo. Y crecí en la época en la que el Sodre era una presencia constante en la cultura. Hacíamos cola para sacar los abonos para la orquesta.

—¿Cómo fue la enseñanza que recibió de Abel Carlevaro, de quien este año se celebra su centenario?

—Bueno, yo estudié semanalmente con él, casi cinco años. Todo lo que sé lo aprendí con él, lo que no quiere decir que concuerde siempre con él, pero esa es otra historia. El ADN que tengo de guitarra es de Abel Carlevaro. Él tenía varias cualidades como maestro, pero quizá la más grande era que nunca imponía nada. Lo ayudaba a uno a desarrollarse hacia donde quería ir. Y si bien tenía ideas muy claras, en lo técnico y en lo musical, nunca hacía valer la autoridad para imponerlas. E insistía en una postura racional: si no se sabía explicar el porqué, no valía. Luego del primer año que tuve con él, donde hicimos un trabajo muy intenso para cambiar mi técnica, que tenía varios problemas, los otros cuatro años fueron una larga conversación, fascinante, sobre música y guitarra. No tengo palabras para alabarla, no me alcanzan, no hay vocabulario.

—¿Su padre era farmacéutico, y coleccionista de discos? ¿Usted tiene algo de eso?

—Sí, él era coleccionista de tango y folklore, especialmente. Pero yo no: de la farmacia nada, ni siquiera me automedico. Y del coleccionismo todavía menos. En realidad trato de no conservar las cosas, salvo lo que realmente necesito.

—¿Gardel era un buen guitarrista?

—No, prácticamente no tocaba la guitarra, hacía algún acorde que otro. Si ves las películas, no está tocando realmente: pone las manos ahí.

Los discos: la nueva tarjeta de presentación.

Fernández tiene otra gran carrera en el terreno discográfico, al que mira con cautela. "Ahora todo el mundo está en un impasse: no se sabe qué ocurre con el medio. Tengo uno que hace como tres años, que estoy terminando de editarlo, en parte de pereza y en parte por esperar un poquito y desensillar hasta que aclare", explica, y agrega: "Ahora los CDs están funcionando como tarjeta de presentación, de marketing, como para un futbolista vender camisetas con su nombre".

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