ANIVERSARIO DE UN DISCO

Un muro que está en construcción hace cuatro décadas: "The Wall" de Pink Floyd cumple 40

El 30 de noviembre de 1979, la banda británica Pink Floyd lanzó un disco conceptual que sería clave en su historia, y la obra cumbre de Roger Waters

La banda Pink Floyd en 1979. Foto: Archivo
La banda Pink Floyd en 1979. Foto: Archivo

América Latina estaba atravesada por regímenes militares y en Uruguay comenzaba a consolidarse el grupo de Familiares de Uruguayos Desaparecidos en Argentina. En España, la ETA cometía atentado tras atentado mientras se constituía el Senado por primera vez después de 43 años de dictadura franquista. Margaret Thatcher era elegida como Primera Ministra del Reino Unido, y Sadam Hussein asumía como presidente en Irak. El mundo estaba revolucionado, cambiando, peleando, y en ese contexto, el 30 de noviembre, la banda Pink Floyd lanzó al mundo la que sería su obra clave —no necesariamente la mejor, no la más exitosa a nivel comercial, sino la que de ahí en más la representaría hasta hoy—: The Wall, un disco doble que fue (y es) muchas cosas. El comienzo del fin. El reinado del concepto por sobre la música. La consagración de Roger Waters como creador. Un mojón importante en la historia de la música del siglo XX.

Cuarenta años de historia no han podido resolver la eterna discusión de qué lugar ocupa The Wall en un eventual ranking de la discografía de Pink Floyd. Para quien escribe y para varios de esta sección, The Dark Side of the Moon no tiene comparación alguna, aunque ante la pregunta de cuál es el mejor álbum de la banda inglesa, aparecen elogios para Wish You Were Here o para Animals. Nadie, en esta muestra para nada representativa, menciona al The Wall, y alguno se anima a confesar que nunca logró completar la escucha.

Y en parte se entiende. The Wall es un disco doble pero pensado como obra completa, así que de un tirón, ronda la hora y 20 minutos de extensión. Es un disco denso y amargo, que pasa de lo lúgubre a la furia, que hurga en lo más oscuro del ser humano entre riffs que aparecen una y otra vez, entre voces y diálogos y fragmentos que enriquecen el mensaje pero que también apabullan. No abundan los matices y las dinámicas, ni hay demasiadas canciones que despunten solas —“Another Brick in the Wall, pt. 2”, “Goodbye Blue Sky” y “Comfortably Numb”, y se les puede sumar “Mother” y “Hey You”— y no hay, casi, esperanza.

The Wall es un disco de lucha permanente contra un oponente que va a ganar, pero al que hay que seguir peleándole.

1979 - 2019

La historia y la vigencia

En 1979, el mundo estaba revolucionado y Pink Floyd también. La popularidad de la banda no había parado de crecer desde la edición del Dark Side... en 1973, y con eso vino la presión autoimpuesta de no repetirse, y una lucha de egos que nunca tendría final feliz. Eso y algunos conflictos económicos devinieron, hacia fines de la década de 1970, en una distancia obligada que en algunos casos, acarreó la proyección de carreras solistas. Para Waters, en tanto, esa pausa le sirvió para darle forma a aquella imagen que le daba vueltas en la cabeza desde que una vez, en un show en Canadá en la gira de Animals, escupió a un fan ruidoso que lo estaba molestando. Era la imagen de una relación de dominación entre la banda y el público, y de un muro que los dividía.

Eso, su historia personal, sus dramas y una evidente necesidad de imponer su voluntad por sobre la del colectivo que integraba, fueron la base de una ópera rock protagonizada por Pink, un personaje que, por si el ejercicio egocéntrico no era suficiente, es más o menos Waters.

The Wall, un relato entero que se siguió escribiendo durante décadas —con una gira, una película, un espectáculo a tono con la caída del Muro de Berlín, otra gira monumental ya en este milenio, otra película y otro disco, y hasta una ópera— nació de eso: de un rapto de desprecio en forma de escupitajo, que luego se transformaría en una fortuna.

Waters compuso y cantó el grueso de las canciones, lideró las decisiones de producción, y en el medio de un tortuoso proceso de grabación, terminó echando a Richard Wright. Así, The Wall es el último disco de la banda con los cuatro miembros centrales, y es el último en el que Waters y David Gilmour lograron hacer algo grande juntos, como “Comfortably Numb”. Es el principio del fin y es un hito a la vez pero ya se sabe, la vida está hecha de contradicciones.

“Another Brick in the Wall, pt. 2” como simple estuvo 12 semanas a la cabeza de los rankings británicos. The Wall terminó siendo el álbum doble más vendido de todos los tiempos y The Wall Live, la gira en la que Waters se embarcó en 2010 (y en la que se reunió brevemente con Gilmour y Nick Mason en un escenario), es la quinta más taquillera de la historia con 493.336.432 dólares. El precio artístico que pagó la banda por esta creación fue alto, pero el resultado alcanzado les aseguró al menos una compensación económica a la altura. Y un legado, sobre todo.

Porque si 40 años después The Wall sigue estando tan vivo es, mal que nos pese, porque la historia no ha cambiado tanto. “Es un boceto bastante certero de lo que está sucediendo ahora y de qué debe hacerse en el futuro para despojar a los poderosos que rigen el mundo del poder, el cual ostentan a costa del resto de nosotros”, dijo Waters en una entrevista. “Esa historia seguirá vigente mientras eso no se resuelva”, afirmó, y tan equivocado no parece estar.

Si en los ochenta en Uruguay, The Wall —el disco y luego la película de Alan Parker— fueron un símbolo de resistencia y fueron elementos conectores entre oprimidos que no querían estarlo, el álbum, más bien la obra, se resignificó una y otra vez a lo largo de la historia. Cambió de dimensión cuando cayó el Muro de Berlín y volvió a cambiar cuando el presidente estadounidense Donald Trump empezó a cranear una barrera para dividir México y su país. Y sigue cambiando, en tiempos de discursos cada vez más volcados a la derecha, en tiempos de estallidos sociales en la región y de crisis humanitarias en el mundo que han quedado relegadas en las noticias, en pos de las amenazas latentes de gobiernos no tan ocupados por los derechos humanos.

Que las preguntas y los reclamos y las reflexiones de estas canciones todavía estén vivas —“¿Alguna vez te preguntaste por qué tuvimos que correr por refugio, cuando la promesa de un mundo nuevo y valiente estaba desplegada bajo el cielo azul?”, dice “Goodbye Blue Sky”— hoy, 40 años después, en un mundo de niños crecidos y de sueños cambiados, trasciende con holgura cualquier discusión sobre qué disco es mejor.

Si un disco abrió un relato 40 años atrás y todavía no se termina, nadie puede discutirle nada.

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