MÚSICA

Murió un poeta y docente de voz generosa y única

Washington Benavides impulsó una generación musical.

Washington Benavides. Foto: Marcelo Bonjour
Washington Benavides. Foto: Marcelo Bonjour

Washington Benavides, una de las figuras fundamentales de la poesía y la música popular uruguayas de la segunda mitad del siglo pasado, falleció ayer a los 87 años, según informó a través de Facebook, su hijo, el artista plástico Pablo Benavidez.

“Amigos, queridos todos. Mi padre, el compañero de Nené, el profesor, el poeta, Don Bocha, Washington Benavides acaba de fallecer. Va camino a Sansueña. Salú papá, hasta prontito”, escribió el hijo del poeta.

Benavides había nacido en Tacuarembó el 30 de marzo de 1930.

Además de poeta, fue docente, traductor, ensayista y comunicador y tuvo relevancia como letrista de alguna de las grandes canciones de la música popular uruguaya: suyas son “Como un jazmín del país”, “Tanta vida en cuatro versos” que interpretaran desde Alfredo Zitarrosa a su sobrino Carlos Benavidez o “El instrumento”, que popularizara Eduardo Darnauchans, de quien fuera mentor y compositor de muchas de sus canciones.

En 2012 recibió el Gran Premio Nacional a la Labor Intelectual que el MEC otorga cada tres años a “aquella persona que se haya destacado en actividades culturales que signifiquen honor para la República y por la obra realizada a lo largo de su vida”. Fue más que merecido.

Su carrera como poeta comenzó con un escándalo: la edición en 1955 de su primer libro, Tata Vizcacha, fue comprado en su totalidad por un movimiento ultraderechista tacuaremboense y quemado en la plaza pública; en 2012, se reeditó y fue presentado en el mismo lugar.

Desde entonces no paró de publicar en una carrera que lo convirtió en el poeta más importante de su generación con una veintena de libros entre los que, los especialistas suelen destacar Las milongas de 1969 y Hokusai de 1975. El año pasado, la Fundación de Cultura Económica mexicana publicó una recopilación de su poesía, Sansueña.

Escritor imparable en 2015 había publicado tres libros: Durandarte, Durandarte que venía con un disco con Numa Moraes, Rap y Diferencias con mirlos, editados por la Universidad del Trabajo del Uruguay.

Además desarrolló una carrera como docente en secundaria, en la época de la dictadura y en las últimas décadas en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación donde sus clases de Literatura Universal eran de las más concurridas. En ellas, manejaba información, opinión y un tono jovial que podría parecer poco académico pero era muy eficaz. Fue un gran docente, de los de antes.

Tenía una inquietud, como suele decirse, renacentista y esa amplitud se traducía en su obra que combinaba lo erudito con lo popular y lo provincial con lo cosmopolita. Su generosidad impulsó toda una generación de la música uruguaya a partir de los muchachos que se reunían con él cuando daba clases en el liceo departamental de Tacuarembó a comienzos de la década de 1970. Como para dejar claro su influencia de esas tertulias participaban en su versión más juvenil, nombres tan importantes como Darnauchans, Eduardo Larbanois, Carlos Benavídez y Héctor Numa Moraes. Allí, el poeta les presentaba sus intereses en los que combinaba los poetas clásicos y los beatniks, Bob Dylan y la música brasileña, entre otras novedades que eran recibidas y asimiladas por sus jóvenes protegidos y que luego formarían parte de sus obras.

Su don para la comunicación lo llevó a la radio. A fines de la década de 1970 y comienzos de la de 1980, en sus programas en la tardecita de CX 30 La Radio, Trovadores de nuestro tiempo y Canto popular no solo impulsó a muchos de los artistas que por entonces eran parte de la resistencia cultural, sino que además presentaba nuevos nombres internacionales.

“Me duele el alma. Maestro, compañero, amigo con mayúscula, gracias por todo lo que me ha enseñado, seguiré tratando de ser digno de ello”, escribió Larbanois en Facebook. “Se va a Sansueña un orgullo Nacional, se pierde un pedazo de país, ojalá seamos capaces de regar con amor y respeto su legado para que siga dando frutos el árbol del canto”.

Ojalá.

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