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El mundo utópico de David Byrne se instaló en el Teatro de Verano

El músico escocés cautivó a miles de personas con una propuesta inolvidable

Pasadas las 21.30, David Byrne apareció en escena. Foto: Gerardo Pérez
Juana Molina abrió el show con un set muy personal. Foto: Gerardo Pérez
La cantante argentina entretuvo a la multitud. Foto: Gerardo Pérez
Performático, musical, circense y reflexivo, así fue su concierto. Foto: Gerardo Pérez
El músico fue paseando al público por distintos recovecos de su cerebro. Foto: Gerardo Pérez
Y la fiesta la completó con su banda: 11 músicos que también son actores y bailarines. Foto: Gerardo Pérez
Con el equipo completo, Byrne condujo la fiesta de un modo muy particular. Foto: Gerardo Pérez
Byrne tomó su instrumento pocas veces: la mayoría del show se dedicó a cantar y bailar. Foto: Gerardo Pérez
Y desde el escenario, hizo bailar al Teatro de Verano. Foto: Gerardo Pérez
Sin dudas, su paso por el Teatro de Verano fue inolvidable. Foto: David Byrne

Por algo David Byrne tiene un libro llamado Cómo funciona la música: porque ya lo entendió todo. Anoche, en un Teatro de Verano muy concurrido y enmarcado por unas nubes que no liberaron la lluvia (por suerte), el músico escocés dio una clase de arte, de esas que ni el mejor celular puede capturar para después desparramar en redes sociales.

Tras el show de Juana Molina, el ex-Talking Heads salió a escena con esta nueva propuesta que trajo su disco American Utopia, y que ya se había podido espiar en los festivales de turno. En escena, fabricó una distopía musical para la que prescindió de todos los ornamentos estándares de cualquier recital de rock. ¿De rock? ¿Lo de anoche fue un concierto de rock, o estuvo mucho más allá de eso?

Sin instrumentos fijos, sin pantallas gigantes, sin plantas de luces y diseños espectaculares, sin brillo ni humo, Byrne se valió del ingenio y el esfuerzo físico y con eso conquistó al público. En su travesía de uniformes grises y pies aparentemente descalzos (todos usaban unos zapatos color piel), lo acompañaron 11 músicos, actores, bailarines, performers.

Durante la hora y media de recital, todos estuvieron actuando un espectáculo que a veces parecía circense, a veces teatral, casi siempre indescriptible. Todos a excepción de los coristas llevaban su instrumento inalámbrico colgado (la percusión y el teclado iban sujetas por una especie de arnés), reproduciendo con destreza las canciones que Byrne u otros artistas han registrado en discos.

Porque no es tarea fácil —no debe ser— traducir las canciones al vivo y arreglarlas para esa batería de instrumentos que incluye tantas cosas, que la lista sería demasiado larga para esta nota. Y sin embargo, siempre sale bien. A título personal, sólo a la primera mitad del clásico "Once in a Lifetime", hasta el estribillo, le faltó un poco de peso: el resto fue perfecto.

Byrne, atlético y gran cantante, fue por momentos el director técnico de un plantel futbolístico que hasta se formaba como tal (4-3-3, 5-3-2 y así) y que jugó con una pelota en el tramo final, y por momentos buscó pasar inadvertido. Había que seguirlo con la mirada porque claro, era la estrella de la noche, pero hay en esta propuesta una clara intención de repartir el protagonismo. Y así lo merecen todos.

Tal vez en esta crónica y en alguna de otros medios, falten apreciaciones musicales. Pero es que lo de anoche fue mucho más que un recital de música: fue una experiencia global, completa, rotunda.

Anoche, una amiga me mandó un mensaje que decía: "Es el futuro. Lo inventó David". Ojalá el futuro sea tan inspirador como este show.

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