Jorge Drexler:

"El momento después de escribir una canción: eso es realmente el premio"

El País charló con Jorge Drexler, el músico uruguayo que ganó un Oscar y no ha parado de sacar grandes discos

Jorge Drexler
Jorge Drexler

—Esta entrevista te encuentra retomando una gira maratónica tras un mes de descanso, ¿no?

—Sí. Estuve de vacaciones y desconexión completa con la familia, que me hacía falta. Dimos conciertos en 14 países creo, perdí la cuenta en un momento; es maravilloso porque todo sale bien, me han pasado cosas que no me habían pasado antes en la carrera, pero el aparato emocional y físico del ser humano tiene límites. Y llegó un momento en que estaba aturdido de viajar tanto.

—¿Cómo es eso de que la profesión te siga dando cosas por primera vez?

—La música me ha dado Iberoamérica, de la que no era consciente cuando empecé. Estoy ahora en Cuenca, Ecuador; voy a hacer una gira por tres ciudades, los tres teatros ya están vendidos, la gente se sabe las canciones; es una locura. Hay gente muy joven viniendo a los conciertos, con todo un repertorio en la memoria afectiva, y es una cosa que para nada esperaba cuando un artículo de Elbio Rodríguez Barilari para Sábado Show me agarró tocando en un sótano en Montevideo. Pero además de eso, este año tocamos en el Beacon Theatre de Nueva York, un teatro histórico donde han tocado desde los Rolling Stones hasta Paul Simon, con entradas agotadas. Y tocamos en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, en el que fuera del circuito operístico, no había cantado nadie en español. Es muy curioso lo que está pasando en Brasil conmigo, no entiendo muy bien (se ríe).

—¿Y cambió algo en la forma de trabajar?

—Tuve un cambio operativo, porque pasé a llevar yo mismo mi management con un socio. No tengo más mánager, sino un socio, un compañero de ruta, con el que organizamos todo, y tenemos diferentes oficinas que hacen las contrataciones. Y la gira salió muy bien, se hizo todo con mucho rigor, fue una sorpresa la respuesta de la gente. Qué sé yo, es un año realmente muy bueno. De mucho trabajo, pero es lindo cuando uno ve resultados.

Jorge Drexler y Mon Laferte
"Asilo", Drexler con Mon Laferte

—Puntualizabas lo que está pasando en Brasil, pero tu música, aunque es muy criolla, tiene una sensibilidad cercana a la brasileña, además de que has trabajado con muchísimos artistas norteños. Es un poco la decantación de un proceso.

—Pero tenés que pensar que Brasil es prácticamente autosuficiente en materia musical. Hay muy pocas cosas de afuera que ellos aceptan escuchar, entonces me siento un privilegiado. Y además es el país de una parte importante de mis referentes musicales. Djavan, me ha invitado a cantar en su próximo disco y he estado escribiendo una adaptación para el disco. Son ese tipo de cosas con las que uno ni soñaba cuando empezó.

—Para vos que ganaste un Oscar y algún Grammy Latino, reconocimientos llamativos para la mirada exterior, ¿esta colaboración con Djavan o tocar en un teatro que no recibe a cantantes en español, son más relevantes que una estatuilla fría?

—(Piensa) Los premios son de todo menos fríos. Son entidades muy calientes, cargadas de subjetividad, y hay que relativizarlos porque son calientes. Yo los agradezco, me sirven para muchas cosas no sólo en el ámbito laboral, porque te dan fe en lo que hacés; pero personalmente hay otras cosas que me gustan más. Un concierto en el que las cosas salen muy bien, el contacto con una persona que te dice que una canción tuya la ayuda a salir de un trance difícil, es invalorable y te acompaña durante mucho tiempo. O el momento después de escribir una canción: eso es realmente el premio y me hace muy feliz. Aquel que se dedica a alguna disciplina creativa, sabe que el momento en que ese conjuro que uno hace da resultado, y aparece un fruto que antes no existía, es sublime.

—Más allá de la satisfacción, ¿qué responsabilidad sentís cuando alguien te dice que una canción tuya lo ayudó en algo?

—Hay una relación curiosa con eso, porque soy consciente que pasa, pero sinceramente, no he hecho un esfuerzo consciente para que suceda. No sé si es que queda algo de la vocación de servicio de la medicina, de la empatía y del reconocer que todos los humanos somos frágiles, y que en un acto de interacción humana sincera, existe la posibilidad de hacer sentir mejor a alguien. Pero es complejo porque no parte de mí con esa intención: no tengo ninguna intención de verme como un sanador (se ríe). No quiero mirar eso a los ojos ni quiero creérmelo. La única responsabilidad que tengo es la que va desde mi esternón a la hoja en blanco.

—¿Y cuál sí es la intención de tu experiencia creativa?

—La experiencia me ha enseñado que si al momento de poner algo en un papel, te manejás en el área de la verdad personal, sin segunda ni tercera intención, lo primero que pasa es que te sirve a vos personalmente. A mí me pasa: escribir es mi principal acto terapéutico, es mi psicoanálisis, mi meditación, mi manera de centrarme y saber dónde estoy. Pero lo segundo que pasa es que si te sirve a vos, le sirve a otro. Entonces el trabajo que hago es indirecto: lo hago para mí y para la hoja en blanco, con la certeza de que al final, se recibe y reconoce esa verdad.

—Yendo a tu vínculo con tus canciones, el año pasado se cumplieron 25 años de tu debut, La luz que sabe robar. ¿Te encontrás en ese repertorio?

—Como se encuentra alguien que ve una foto suya de hace 25 años. Sos la misma persona, pero no lo sos. Miro con mucho cariño ese disco, el más difícil de todos, porque fue el primer agujero en la pared de comunicación, y no tenés certezas de qué va a ocurrir. Todo el tiempo que estuve haciendo ese disco, estaba con la sensación de que era muy probable que no saliera adelante. Fue un disco autofinanciado, me lo pagué yo con mi práctica médica, todo el mundo tuvo la gentileza de trabajar sin cobrar, y Ayuí tuvo el cariño de sacarlo. En el momento que el disco se vuelve un objeto, en este caso uno modesto, un casete, que vendió al principio una cifra también modesta de 33 copias, ya no importa el tamaño de la grieta que abrís en el muro de la comunicación: ya está el primer paso, y después sabés dónde dar con el martillo.

Un cantor con una gira y una colaboración por delante

 Drexler atendió a El País durante su estadía en Ecuador, en el marco de la gira de presentación de su último disco, Salvavidas de hielo, que luego lo llevará a El Salvador, Panamá, Puerto Rico y nuevamente a España. Para diciembre, además, estará por Montevideo para poder sacarse “una espinita”: fue convocado por la banda No Te Va Gustar para grabar, una invitación que ya había tenido lugar mucho tiempo atrás y que, por temas de agenda, no se había podido concretar. “Lo lamenté siempre”, dice Drexler.

—¿Y ahora?

—El mes pasado pasé el millón de reproducciones mensuales en Spotify. Que son cifras, y yo siempre he sido muy malo para las cifras. Pero cuando pasa hay que ponerse contento, porque venimos de un país muy chiquito, de una generación donde la gente no vivía de la música, donde Fernando Cabrera era taxista, Leo Maslíah era cerrajero y Ruben Olivera era docente.

—A la distancia, ¿te da satisfacción que ahora sea una posibilidad más tangible, más cercana, vivir de la música en Uruguay?

—Sí, y también me parece un arma de doble filo, porque cuando uno entra al mundo de las expectativas, puede olvidar cuál es la finalidad primordial de lo que hace. Cuando hice mi primer disco, lo único que quería era dejar un testimonio de una sensibilidad personal que, era muy probable, pensaba yo, no le interesara a nadie. Pero con que una persona lo escuchara y le produjera algo, ya estaba contento. Eso, que era la única intención, con el paso del tiempo me di cuenta que sigue siendo la única, y no hay otra mejor. No hay nada mejor que hacer las cosas por la necesidad de comunicarse. Y en ese sentido Uruguay está muy bien, porque aunque ahora se pueda vivir de la música, sigue siendo un país muy chiquito en medio de los dos más grandes. Pero hay que hacer las cosas por las ganas de hacerlas, porque es mucho más importante vivir para la música que de la música. Yo no era menos feliz cuando vivía para la música y de la medicina. De cualquier manera, estoy orgulloso de lo que pasa, pero de lo que pasaba en el pasado también. Yo me crie con Jaime Roos profesionalizando la música uruguaya, y estamos todos en deuda con Jaime.

—¿Lo sentís así?

—Es que yo agradezco enormemente haberme formado musicalmente en Uruguay, haber estudiado con Coriún Aharonián, haber visto a Fernando Cabrera en Ludovico (se ríe) y a Leo Maslíah en las facultades, a Ruben Olivera trabajar un año entero para presentar un disco en un teatro, simplemente para hacer algo bonito. La escuela del esfuerzo, de cuidado de los detalles que tiene la canción uruguaya, sigue dando frutos y se nota cuando estás por otros lados. Cuando llegué a España me di cuenta que tenían todo -expectativas, una industria pujante, posibilidades de escalar en popularidad-, pero no tenían ese compromiso con hacer algo que uno siente tan profundo. Esa fuerza me la dio Uruguay.

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